La verdad es que todo esto es ridículo, puesto que no se trata más que de un deporte, un juego que sólo debería levantar el entusiasmo obsesivo de los niños. Nada que ver con la política. O al menos así debería ser en un mundo sensato. Pero como algún dios bromista nos ha impuesto la pena de vivir bajo el imperio de las masas, no nos queda más remedio que soportar que todo lo que toquen lo alteren con desequilibrio y violencia.
La patria es una cosa fea, tan fea que sólo les interesa a los fachas y demás gentes de mal vivir. Las identidades colectivas no existen porque los seres humanos no tenemos raíces sino piernas. Y el sentido de pertenencia a una comunidad es el primer peldaño hacia el fascismo. Pero en cuanto aparecen veintidós millonarios persiguiendo una pelota en calzoncillos, la patria, la identidad y la pertenencia se convierten de repente en objetos de adoración para miles de millones de personas en todo el mundo.
¿Qué tendrá que ver el patriotismo, ese sinónimo de preocupación por el bien común y apego por lo propio, con esos estallidos de histeria a los que los homos supuestamente sapiens se entregan con frenesí desde los tiempos en los que la sangre regaba el Coliseo? Millones de españoles, sordos y ciegos a los graves problemas de una patria que a duras penas se tiene en pie —desgobierno, pérdida de soberanía, corrupción universal, cainismo, desmembración, demolición del Estado—, estallan de rojigualda satisfacción cuando el grupo de millonarios que representan sus colores meten más veces que otros la pelota entre tres palos.
Pero de repente aparece Rajoy, invenciblemente torpe hasta cuando intenta hacerse el gracioso, y suelta una frase balompédica entre sensata y disparatada sobre la casi monocolor selección francesa. Sensata porque, aunque ni él mismo lo comparta, la nación, efectivamente, es algo más que la titularidad de un carné de identidad, y ese algo más es la pertenencia a una comunidad humana definible por varios elementos culturales y étnicos y fraguada en siglos de historia. Y disparatada porque la nación ya no se concibe como una estirpe histórica, como un depósito cultural de milenios, sino como la mera titularidad de un carné de identidad. Y precisamente Rajoy y su partido así han venido aplicándolo a millones de recién llegados, exactamente igual que sus aparentes adversarios socialistas. Por eso el mayor disparate de todos ha consistido en que haya sido Rajoy, el presidente del partido del bendito patriotismo constitucional, el autor de la frasecita de marras.
También debería haber tenido presente Rajoy que, en el caso de España, muchos llegados de otros países se han demostrado más dignos de reclamar su condición de compatriotas que algunos millones de vecinos de pura cepa a los que les repugna ser españoles y que llevan muchas décadas haciendo todo lo posible para dejar de serlo, imposiciones totalitarias, golpes de estado y cientos de asesinatos incluidos. Y para no salirnos de asuntos futboleros, la última prueba ha sido la de los separatistas vascos convocando a sus huestes para que el día de la final acudieran a los lugares públicos enarbolando la ikurriña y la albiceleste para apoyar a Argentina, además de la violencia habitual contra quienes osaron sacar la bandera española.
Hablando de separatistas, es divertido cómo los llamados progresistas se muestran tan comprensivos con sus aspiraciones nacionales y comparten con ellos el argumento de que la nación va mucho más allá de lo que diga el carné de identidad español. Pero esos mismos progresistas se escandalizan cuando se usa el mismo argumento para cuestionar la españolidad de millones de recién llegados de los cinco continentes. En ese caso, lo que diga el carné va a misa. Y han sido los más escandalizados por las palabras de Rajoy, palabras que habrían aplaudido con entusiasmo si en vez de a negros en la selección francesa se hubiera referido a vascos y catalanes en la española.
Para terminar de enredar el asunto, merece la pena recordar que cuando Francia ganó el mundial de 2018, Trevor Noah, presentador surafricano de una cadena estadounidense, celebró la victoria francesa como una victoria africana: «¡Africa ha ganado el Mundial! Comprendo que tengan que decir que son el equipo francés, pero miren a esos tíos. No se consigue ese bronceado tomando el sol en el sur de Francia. Si no lo han entendido, Francia es el equipo suplente de África. Una vez eliminados Senegal y Nigeria, es a Francia a la que apoyamos». Y el 15 de junio pasado, ante el partido entre su país y Francia, el presidente de la Asamblea Nacional de Senegal, Ousmane Sonko, declaró que «gane quien gane, ganará África». Risas y aplausos. Pero si lo hubiera dicho un blanco, a la hoguera.
¿Acertó, pues, Rajoy, aunque no lo comparta ni él?