Alfonso Ussía Muñoz-Seca. Madrid 1948 Escritor. Premios. Mariano de Cavia, González-Ruano, Jaime de Foxá y Baltasar Iban. Especial Ejército, Fundación Guardia Civil y FÍES de periodismo. 53 libros. Distinciones. Gran Cruz del Mérito Naval. Gran Cruz de la Orden del 2 de Mayo. Medalla de Oro de Madrid. Cruz de Plata de la Guardia Civil. Entre ABC, Tiempo, Época, y La Razón, más de 20.000 artículos. Pluma de Plata y Pluma de Oro.

Dado que últimamente – me refiero a 30 años-, no estoy muy pendiente de lo que sucede en Cataluña, me entero por casualidad de que en Barcelona no tienen una avenida, calle, plaza, travesía o culo de saco a su nombre ni Salvador Dalí, Montserrat Caballé o Juan Antonio Samaranch, tres catalanes universales. Sí en cambio se recuerda a Sabino Arana y al terrorista ajusticiado en la agonía del franquismo Puig Antich. Lo que confirma lo sectaria, ignorante y burra, en el sentido escolar de la palabra, que es su alcaldesa, Inmaculada Colau. 

Montserrat Caballé es la cima de la gloria en la Ópera y el “bel canto”. Barcelonesa y española. De ambas y convergentes realidades se sentía profundamente orgullosa

Dalí si tiene su espacio en Madrid, como Miró, el malagueño afincado en Barcelona durante su juventud Pablo Picasso, Pau Casals y hasta el poeta Joan Maragall, que le ha robado la calle al heroico Capitán Haya. Y en Madrid hay una calle dedicada al genocida Santiago carrillo. Vayamos por partes. Dalí fue un genio universal. Dejó su herencia a la localidad de Figueras y al Estado Español. No hay rincón en el mundo donde se cuestione quién era Dalí. Para colmo, en su provechosa, magnífica y extravagante vida, Dalí mantuvo un lance amoroso con el gran poeta Federico García Lorca, que según Pepín Bello, el amigo de todos los poetas de la gongorina Generación del 27, no era de izquierdas. Lo asesinaron unos falangistas desalmados por ser homosexual. Por el mismo motivo que tres decenios más tarde El “Che” Ernesto Guevara mató a decenas de cubanos por sus tendencias homosexuales. 

Montserrat Caballé es la cima de la gloria en la Ópera y el “bel canto”. Barcelonesa y española. De ambas y convergentes realidades se sentía profundamente orgullosa. A su entierro, el Gobierno de la Generalidad mandó en su representación a un individuo insignificante. En unas elecciones fue presionada y Convergencia y Unión incluyó su nombre en el último lugar de la papeleta electoral. Le llovieron críticas por esa debilidad. Ya habían enseñado la patita los convergentes y para colmo, la gran diva barcelonesa estaba empadronada en Andorra. Pero nadie ha llevado por el mundo a su Cataluña y a su España con tan unánime éxito como la señora Caballé.

Y Samaranch, quizá menor que los anteriores, pero fundamental para que Barcelona alcanzara su triunfo y prestigio internacional en el Siglo XX. Sí, con la ayuda del Rey, de los poderes del Estado y de los impuestos de todos los españoles, pero los Juegos Olímpicos de Barcelona-92 han dejado huella por su maravillosa organización, y la ciudad se transformó durante aquellos años. Samaranch era el Presidente del Comité Olímpico Internacional, y había sido previamente Embajador de España en Moscú. Consiguió para la candidatura de Barcelona todos los votos de las naciones del Este. Tenía una habilidad asombrosa comiendo guisantes. Cuando Don Juan viajó a Lausana para exhumar los restos de su madre, la Reina Victoria Eugenia, y de sus tres hermanos varones Alfonso, Jaime y Gonzalo, reunidos en el cementerio de la localidad suiza, algunos españoles le acompañamos. Guillermo Luca de Tena, Luis María Ansón, Pepe Mario Armero, los Condes de San Román y los Gaitanes, el Duque de Alburquerque… Convidó a comer a quienes le acompañamos al Hotel Royal Savoy, y convocó a Samaranch, que asistió al acto fúnebre porque en Lausana se ubica la sede del COI. El primer plato, guisantes salteados con jamón. Samaranch, como un pájaro carpintero en ataque de nervios picoteando un tronco de pino, troceó con el cuchillo los guisantes. Posteriormente depositaba un grupo de ellos sobre la pala del peligroso y punzante cubierto, y se lo metía, así tal cual, en la boca. Le pusimos de mote “El Guisantero”, nada original. 

A principios del 92, Pujol ofreció una comida a los miembros del Comité Olímpico Español en el Palacio de San Jaime. Era su presidente el barcelonés Ferrer Salat y el vicepresidente Alfredo Goyeneche y Moreno, Conde de Guaqui y Marqués de Artasona. Le correspondió a Guaqui el asiento a la izquierda de Marta Ferrusola, la mujer, compañera de fechorías y madre de la banda de los pujolines -se sabría más tarde-, y principió la cuchipanda. Se dirigió a Guaqui en catalán. – Señora Pujol, me encantaría poder mantener con usted la conversación en catalán. Pero soy mitad castellano y mitad vasco, y por desgracia, me resulta muy difícil-; – no se preocupe- remachó la dulce esposa del Presidente de la Generalidad-; hablaremos en francés–. El conde de Guaqui abandonó su silla, se incorporó y le dijo con todo su señorío, que era grande, a Marta Ferrusola: – Hable usted en francés con la silla-. Salió a la calle, detuvo un taxi y se fue a comer en soledad a Vía Veneto, en la calle Ganduxer, templo de la gastronomía barcelonesa. La situación cultural de la Barcelona de hoy, la gran capital aldeana, viene de aquellos arrebatos pueblerinos de los tiempos de Pujol. Y de la corrupción. Pero estábamos en las calles.

Si Barcelona olvida a los suyos, que sea Madrid quien los acoja. Madrid siempre resistirá a los analfabetos, los cursis, los traidores y los idiotas.

Madrid puede dar cobijo de memoria a los grandes catalanes olvidados. Y aunque aragonés de Daroca y madrileño de vida y talento, incluir a Antonio Mingote, que nació en Sitges. No se puede entender la historia de Madrid sin la aportación caudalosa y genial de Antonio Mingote. Tiene un monumento en El Retiro, su paraíso paseado, el gran parque de Madrid del que era “Alcalde Honorario” por decisión del Alcalde Tierno Galván. Pero es poco. Miles de dibujos, escritos, óleos, acuarelas y pregones de Mingote están enraizados en Madrid. En su libro “Historia de Madrid”, nos regala un dibujo prodigioso. Los madrileños que podían haber coincidido cualquier mañana en una plazuela del viejo Madrid de los Austrias. Todos ahí, hablando con otros o evitándose. Por eso Madrid es lo que es. El Conde de Villamediana, el Greco, Agustín de Rojas, Pacheco de Narváez, Góngora,  Ruiz de Alarcón, Lope de Vega, Mateo Alemán, Cervantes, Tirso de Molina, y entre ellos, haciéndose paso, una fámula pechugona y castiza llevando de la mano a un niño llamado Pedrito Calderón de la Barca.

Si Barcelona olvida a los suyos, que sea Madrid quien los acoja. Madrid siempre resistirá a los analfabetos, los cursis, los traidores y los idiotas. No es lugar para Celáas, Colaus, sáncheces sin rumbo y estalinistas de chalé. Sea el señor Alcalde de Madrid, Abogado del Estado, José Luis Martínez Almeida quien ponga orden y honor en el páramo del resentimiento que hoy es España. Las calles son memoria.

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