Verano de 1996. Los ingleses aún no han cometido el error de derribar el antiguo Wembley. Paul Yong entona God save the Queen minutos antes del Inglaterra-Alemania en las semifinales de una Eurocopa inolvidable. La atmósfera es de una calidez y una elegancia abrumadoras. Los once futbolistas, sin excepción, cantan el himno nacional. Ninguno mira al suelo o chapurrea con desgana. La capital del antiguo imperio británico se muestra al mundo en unas coordenadas reconocibles. Ni todos son lores ni todos hacen balconing, pero son ellos, los vemos, casi los sentimos.
Miramos a nuestro alrededor y apreciamos un tiempo que palidece ante la superioridad estética noventera. Cómo es posible que unos tipos de corto desprendan semejante estilo. Esas imágenes nos transportan a otro planeta. Insuperable aura, como ahora dicen los chavales. Las camisetas, los colores…
Pero hay algo más. Los rostros que vemos en los futbolistas y en las gradas suscitan una reflexión. Vivimos ese mundo, lo disfrutamos y creímos que era para siempre, ahora no existe. Aquella Europa reconocible en césped y gradas ha mutado en otra cosa. El vídeo lo han compartido estos días en las redes sociales y va acompañado de un comentario que, además de contextualizar una realidad marciana para los nacidos en el XXI, suena a epitafio civilizatorio: esto éramos antes de que la multitud woke convirtiera amar a tu país en algo malo.
En el momento de los himnos el cámara graba a pie de césped. En el paneo aparecen leyendas como el capitán Tony Adams, el goleador Alan Shearer —ese año pichichi de la Premier—, Gascoigne (me pongo en pie), Sheringham, Platt, Southgate, McManaman, Gary Neville, el exótico David Seaman… más que futbolistas son actores interpretando cómo era nuestro mundo antes del colapso. Jugadores y público cantan al unísono. Hay una comunión entre el pueblo y sus futbolistas, lágrimas por los héroes que visten de gris, como dicen en Three Lions, el tema que compuso The Lightning Seeds para la Eurocopa y cuyo estribillo (football’s coming home) seguimos escuchando.
Horas después el algoritmo, siempre caprichoso, nos lleva al mismo vídeo, esta vez subido por un usuario inglés, que deja este perla: «Esto es Inglaterra. Cualquier político que pueda devolver esta pasión tiene mi voto». Si queda un asesor con olfato en la Pérfida Albión, que tome nota porque no hay mayor escaparate que el fútbol. En realidad, no estamos ante un vídeo futbolístico. O no sólo. Son apenas 40 segundos que muestran una especie de tráiler de una vida pasada, algo parecido a lo que ven los que dicen que han estado a punto de morir, como si toda una vida pasara en unos flashes.
La sensación es de absoluta orfandad y añoranza civilizatoria. Treinta años después no sólo ha habido un cambio étnico en toda Europa. El rasgo esencial es que el poder se ha conjurado contra sus propios nacionales. Los ingleses lo saben bien y su comportamiento en Texas durante este Mundial nos da alguna pista. Los hemos visto en rodeos, pubs y terrazas exportando el país que les robaron y ya no les dejan defender en casa. Maldita paradoja, han tenido que viajar hasta Dallas para desplegar la cruz de San Jorge sin miedo a que la policía de Starmer la confisque.
El fútbol lo inventaron los ingleses y uno siempre estará en deuda por tantas horas de felicidad como aficionado (de Eindhoven a Budapest) y jugador. Por haberlo practicado sobre la hierba de Parker’s Piece, en Cambridge, testigo del primer partido que sienta las bases del fútbol moderno a mitad del XIX. 1996 queda lejos pero también 2010, Mundial que a un joven español le sorprende en las islas con el recuerdo intacto del olor a madera del pub mezclado con cerveza cuando Steven Gerrard marca contra EEUU. Una multitud desata un estruendo (“yeaaahh”) y arroja las pintas al techo ante unos resignados camareros que, precavidos, ese día no sirven vasos de cristal.
No puede ser casualidad que el ocaso del fútbol y el de Occidente vayan de la mano, es probable que algún día escribamos sobre ello. El vídeo se viraliza y lo volvemos a ver una y otra vez. En cada reproducción percibimos un detalle nuevo. Justo detrás de los futbolistas que cantan el himno unos niños sujetan la bandera inglesa. Vemos sus caras con detenimiento y ahora comprendemos que eran la Inglaterra del mañana, la Inglaterra de hoy.