«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Hughes, de formación no periodística, es economista y funcionario de carrera. Se incorporó a la profesión en La Gaceta y luego, durante una década, en el diario ABC donde ejerció de columnista y cronista deportivo y parlamentario y donde también llevó el blog 'Columnas sin fuste'. En 2022 publicó 'Dicho esto' (Ed. Monóculo), una compilación de sus columnas.

Un marroquí en su cama

9 de agosto de 2026

A Mari Trini se le cayó una estrella en el jardín y a una señora de Ceuta le apareció un marroquí en el pikolín.

Lo contó ella misma: me giré, yo pensaba que era mi marido, y ahí había un marroquí en calzoncillos.

Democracia era cuando tocaban a la puerta de madrugada y era el lechero, dicen que dijo Churchill.

Democracia avanzada, humanitaria y global es cuando te giras y a tu lado no está el cónyuge roncando sino un marroquí en gayumbos.

El marroquí entró por la ventana de un quinto. Parece mucho, pero tras saltar la valla de Europa, ¿qué es un quinto piso? Una vez dentro, le faltó que la señora, un poco amodorrada, le dijera ¿haces tú el café? para acreditar morada y no poder ser echado de la casa y casi que de la cama. ¿Están las ONG atentas? ¿Lo han estudiado bien sus abogados? Una vez que se asalta un país, el tema de la vivienda ya va de suyo, es como una prolongación natural de los derechos humanos. Ese marroquí, vulnerable como el que mas, tenía el mismo derecho que cualquier otro a ser okupa, además, ¿y si se trataba de un menor? Y no, no insistan, por favor, que fuera calvo no prueba nada.

En lugar de tener una reacción humanitaria, o de pensar como un católico profesional que donde duermen dos duermen tres, la señora emitió un grito. El grito que debió de pegar al descubrir que el bulto a su lado no era el legítimo sino un ‘migrante’ tuvo que ser morrocotudo o (lo siento) morocotudo. Se llevó un susto morocotudo, y dio el grito que tendría que haber dado la sociedad española, uno que fuera a la vez de sorpresa, indignación, terror, auxilio y, probablemente, un poquito de repelús.

La señora damnificada seguro que pensó: de todos los hogares, ¿por qué este hombre ha tenido que meterse en mi cama, pudiendo meterse en, no sé, la de un columnista de El País? Yo pagaría bastante, y no soy rico, para que, ante la duda, un marroquí migrante humanitarizable se metiera en calzoncillos por sorpresa en la cama de un columnista de El País. Pero no. Estas cosas siempre le suceden a los demás.

Antes, si abrías la ventana, te podía entrar un mosca, una paloma o como mucho un murciélago; ahora puede entrarte un marroquí. Fíjese usted bien al deshacer la cama no vaya a tenerlo instalado allí, sobre la sabana bajera; y mire dos veces antes de darse un baño, no sea que esté en la bañera con su patito de goma haciendo de hoja de parra…

El grito que la señora dio, y que no damos nosotros como país, llamó la atención del marido, y el intruso huyó. De lo contrario, ella podría ser ahora mismo un dato anónimo más en una estadística genérica sobre las cosas que hace el Patriarcado.

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