«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Gallega en Madrid. Periodista apasionada por la información, defensora de la libertad y de España. Redactora Jefe en El Toro TV y al frente de 'Dando Caña'.

What The Fav(or)

19 de junio de 2026

No sabe. No recuerda. No le consta. Lo desconoce. Un expresidente del Gobierno. Una caja fuerte repleta de interrogantes. José Luis Rodríguez Zapatero compareció ayer ante el juez de la Audiencia Nacional y dejó una de esas declaraciones que parecen escritas por un gabinete de crisis especializado en amnesia selectiva. A casi todo respondió igual: «no» o «no sé». Una estrategia defensiva tan vieja como eficaz. O al menos eso creen quienes la utilizan. El episodio tiene todos los ingredientes de una novela política española.

Una caja fuerte en Ferraz 35, sede del PSOE. Una secretaria que inicialmente asegura no disponer de la llave. Una llave que aparece poco después, justo cuando los agentes estaban a punto de buscar alternativas menos delicadas para acceder a su contenido. Milagros administrativos de última hora. Y dentro, una colección de objetos cuyo valor y procedencia han generado más preguntas que respuestas. Joyas, diamantes, zafiros, oro… y un reloj de esmeraldas que sí constaba en los registros correspondientes. El resto, según las informaciones conocidas, no figuraba donde debería figurar. A partir de ahí comenzó el habitual desfile de versiones. Primero una explicación. Después otra. Más tarde una matización. Finalmente una nueva teoría. La última apunta a regalos procedentes del rey Abdalá de Arabia Saudí. El problema no es tanto la versión como la velocidad con la que sustituye a la anterior. Un portavoz, Luis Arroyo, para olvidar. Pero el relato de las joyas, sea cual sea su versión definitiva, lo ha terminado comprando ya prácticamente todo el mundo, porque a fuerza de repetirlo acaba colando.

Pedro Sánchez salió por la tarde en defensa de su antecesor con una argumentación digna de estudio. Vino a decir que todos los presidentes reciben regalos y que, en ocasiones, ni siquiera son plenamente conscientes de ello. Una explicación llamativa. Porque cuesta imaginar que alguien acumule durante años objetos de gran valor en una caja fuerte y sencillamente se le olvide. Uno recibe millón y pico en joyas de un rey del Golfo Pérsico y se le va de la cabeza. ¡Le pasa a cualquiera! Especialmente si uno es un expresidente que dice ir a China sólo a dar conferencias, aunque los documentos judiciales muestren que una empresa china le pedía mediación para conseguir petróleo venezolano a cambio de unos monumentos. Arquitectura diplomática de andar por casa. El segundo argumento tampoco pasó desapercibido. Según Sánchez, no se puede analizar con los mismos parámetros legales y éticos la España de hace dos décadas que la España actual. Las normas cambian, los controles evolucionan y los tiempos son distintos. Un razonamiento curioso viniendo de quien ha construido buena parte de su discurso político precisamente sobre la reinterpretación constante del pasado. Cuando se habla de memoria histórica, franquismo o símbolos de hace ochenta años, el contexto rara vez sirve como atenuante. Cuando la polémica afecta a un referente de la izquierda, el contexto se convierte de repente en un elemento imprescindible para comprender lo sucedido. La doble vara de medir vuelve a aparecer justo donde siempre aparece: en la política.

Y mientras Moncloa improvisaba justificaciones, el juzgado avanzaba por su cuenta. El magistrado Calama ha decidido imputar a Laura y Alba Rodríguez Zapatero, hijas del expresidente, y también a su secretaria, Gertrudis Alcázar. Un hito más, van unos cuantos ya, en la historia reciente de la corrupción socialista. La comparecencia de Zapatero, lejos de aportar la claridad que cabría esperar de quien dice no tener nada que ocultar, no hizo sino engordar las dudas sobre su papel en los hechos que se investigan. Porque ahí está la clave: las sospechas ya no se quedan en él. Se extienden a su familia y a la persona de más confianza de su entorno, cuya responsabilidad, si la hay, sólo se aclarará con la imputación y las diligencias que ahora empiezan. El padre que no sabía nada ha conseguido, con su silencio, meter a sus hijas de lleno en el procedimiento. Y conviene decirlo sin medias tintas, porque la tentación de suavizarlo está servida: ni las hijas de Zapatero son menores indefensas que haya que proteger del foco mediático.

Lo verdaderamente extraordinario del caso Zapatero no son las joyas, ni la empresa tapadera Análisis Relevante, ni el amigo ‘Julito’, ni el misterioso negocio entre la sociedad del expresidente y la empresa de sus hijas, ‘What the Fav’, que a estas alturas, vistas las joyas, los contratos verbales y los regalos de reyes, bien podría rebautizarse como ‘What the Fav(or)’. Lo más llamativo de este asunto quizá no sea el contenido de la caja fuerte. Ni las sociedades mercantiles. Ni los vínculos empresariales. Ni las relaciones personales que aparecen en el relato. Lo más llamativo es la sensación de desconexión absoluta entre el protagonista y todo cuanto ocurre a su alrededor. Nada sabía. Nada podía aclarar. Una posición cómoda para quien responde, pero mucho menos cómoda para quienes terminan soportando el foco de la investigación y el escrutinio público. El padre que no sabe nada, que no recuerda nada, que a todo responde con el silencio cómodo del que se sabe protegido, ha dejado a sus hijas expuestas a la investigación que él rehuyó. Las ha echado a los leones. Hay que sentirse embriagado de poder, impune, para complicarle de esta forma la vida a tus hijas.

Zapatero aspiró durante años a ejercer como referente moral e intelectual de la izquierda española. El hombre que dialogaba con ETA y que luego se convirtió en el recadero venezolano de Sánchez y en defensor profesional de dictaduras con tarifa. Se ha convertido, ahora, en el primer expresidente en declarar ante un juez como imputado. Y, de paso, en el padre que no recordó absolutamente nada cuando más le importaba a sus propias hijas que lo hiciera. Hoy se encuentra en una situación muy distinta: obligado a responder preguntas que, por ahora, asegura no poder responder. La presunción de inocencia sigue siendo obligatoria. Para todos. También para él, y también para sus hijas y para su secretaria. Y precisamente por eso conviene distinguir entre indicios, sospechas y condenas. Pero también conviene recordar algo elemental: cuando una historia acumula demasiadas lagunas, las preguntas terminan siendo tan importantes como las respuestas. Y en este caso, las preguntas siguen ahí. Si todo tiene una explicación tan sencilla, ¿por qué Zapatero, Gertrudis o Arroyo no han conseguido explicarlo todavía?

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