El vídeo del alcalde Zohran Mamdani y el presidente Pedro Sánchez encestando bolitas de papel en una papelera en un despacho de Nueva York me ha sumido en la perplejidad. No puedo dejar de preguntarme para qué sirven tantos asesores si no son capaces de parar un disparate como ése. El asunto de los asesores merece un artículo ad hoc. Es un problemón: dispensan a los políticos de pensar, pero, como cobran de ellos, en vez de asesorarlos, los adulan. Al menos lo suficiente para que no peligre nunca su puesto de trabajo, que depende del asesorado. Encima, se los elige siempre entre los incondicionales. El círculo vicioso del asesoramiento está a la vista de todos, como sus resultados.
Véase la papelera de los dos líderes de progreso. ¿Qué sentido tiene? Muestra que son muy colegas, desde luego, casi cómplices, a tenor de lo mala que es la idea. ¿Por qué lo hacen?
Unos tipos que se la pasan jugando a meter canastas no parecen, a ojos de los administrados, grandes trabajadores. ¡Si al menos jugasen al baloncesto en una cancha y con ropa de deporte…! En un despacho, lo que transmiten es que no dan un palo al agua.
La frivolidad se agrava —si me permiten el oxímoron exacto de una «frivolidad grave»— cuando pensamos en Ceuta y la desesperación de sus ciudadanos. No está la cosa como para jugar en los despachos.
Para colmo, el vídeo resulta poco ecológico: venga bolitas de papel y bolitas de papel a la basura. ¡Si por lo menos las encestasen en un contenedor de papel reciclado!
Los tiradores tampoco quedan muy bien. No hay ni una sola toma completa en la que se vea que realmente encestan una bolita. Ni una. En todas posturean con el tiro fotogénico. Se corta el plano y sale la bolita entrando blandamente en la cesta de basura. La falsedad sí es auténtica. El mensaje subliminal es que estos tíos mienten hasta jugando. No es lo que más le conviene a Sánchez, cuya credibilidad va ya por la quinta falta personal.
Que se pueden encestar por derecho lo sé por experiencia. No hablo aquí a tontas y a locas. Soy un profesional. Cuando opositaba, llenaba folios y folios de esquemas y de artículos del Código Penal y, al final, los apretujaba hasta hacerlos una bola y la encestaba en la papelera que había puesto en la esquina más alejada de mi mesa de trabajo. Con los años no fallaba una. Para un deporte que hice con veneración y habilidad, el montaje cinematográfico de estos dos me lo desprestigia.
Canasta, lo que se dice canasta, la del feo que Sánchez sí le ha encestado —y sin corte de plano— a Trump. Para la recepción que él daba no encontró hueco en la agenda y ahora vemos a lo que dedicaba sus minutos de la basura. Quizá para él mismo y su claque de animadores esto sea una gracia personal, pero para la política española —vuelvo a pensar en Ceuta— es una torpeza de dimensiones geoestratégicas.
Pero es que a los asesores este desenfado de progresismo de salón que le pone un tapón al mismísimo presidente de Estados Unidos les hará también mucha gracia y quizá rente en votos en su estrecho nicho. Reconozcamos que puede estar calculado: con una enorme irresponsabilidad nacional, pero calculado.
Vale, pero ¿no han caído en que poner a Sánchez junto a lo que se tira a la papelera con un gesto de alivio podía despertar, a estas alturas, evidentes asociaciones en miles de españoles? Hay una parábola en toda la escena que no es la que trazan en el aire las bolas de papel. Que Sánchez no lo haya visto es raro. Que sus asesores no se hayan atrevido a decírselo es normal.