Cada noviembre, con la llegada de los primeros fríos y las luces de las calles que preparan la Navidad, la memoria nos recuerda el genocidio de Paracuellos del Jarama, la mayor matanza por motivos ideológicos realizada en España en toda su historia. Y es un deber moral de todo español de bien (mucho más aún en el caso de periodistas, escritores o comunicadores) recordar este negrísimo episodio de nuestra Historia para que las nuevas generaciones, que sufren a nivel educativo la censura y la manipulación de los poderes públicos, sepan que España ha dado a la Cristiandad a cientos de mártires que murieron perdonando a sus verdugos pocos meses después del comienzo de la Guerra Civil, en 1936.
Más que insistir en lo que numerosos historiadores ya han constatado sin lugar a la menor duda (es decir, que hubo un genocidio perfectamente organizado por las autoridades del Frente Popular republicano para acabar con la vida de todo aquel sospechoso de «cercanía» con los entonces sublevados del Ejército Nacional), nos interesa en este 90 aniversario de la masacre profundizar en la idea de «odium fidei» que movió aquellos asesinatos, y que, si bien de otra forma (más propia del tiempo presente), sigue operando en las mentes de la izquierda tanto en España como en el resto del mundo. La obsesión cristianófoba casi como única consigna ideológica reconocible, toda vez que la baza de la «lucha obrera» hace décadas que declinó para siempre.
La Iglesia Católica es la depositaria de la verdad revelada, que es Cristo mismo. Esto lo sabemos los creyentes y se lo temen (porque lo intuyen) los ateos. La verdad tiene una fuerza de tal envergadura que ni los más poderosos defensores de la mentira pueden contener. Es como si uno quisiera detener la fuerza del mar poniendo un gran portón de hierro fundido. La verdad es imparable, inabarcable e irrefutable. Es eterna porque pertenece a Dios. Los que murieron asesinados en noviembre de 1936 en Paracuellos del Jarama lo sabían: por eso ninguno de ellos renegó, ni renunció a la Fe Verdadera, porque sabían que «la recompensa será grande en el Cielo» (Mateo 5:12). Y es exactamente esa dignidad hasta el final, la ausencia de miedo a la muerte, lo que sigue torturando a los adoradores de las tinieblas.
Cada uno de los mártires de Paracuellos representa la semilla del bien y de la justicia, hasta el punto de que podemos afirmar que si España es capaz de pasar página a las últimas décadas ominosas de sucesivos gobiernos criminales y corruptos, será, sin duda alguna, gracias a ellos. Toda muerte que sobreviene en estado de Gracia, y cuya sangre se entrega como ofrenda y sacrificio para la Gloria de Dios, como sucedió en el municipio madrileño, produce abundantes frutos, aunque a veces éstos se hagan esperar. Aquellos hombres y mujeres sabían por qué y para qué morían; lo resumió, con su brillantez habitual, el genial Ramiro de Maeztu, asesinado también por la barbarie roja: «¡Vosotros no sabéis por qué me matáis! ¡Yo sí sé por qué muero: para que vuestros hijos sean mejores que vosotros!»
En el llamado «Katyn español«, se produjo otro de los hechos clave que explican la naturaleza de la Transición: el máximo responsable político de la matanza, Santiago Carrillo, fue uno de los «artífices irremplazables» del advenimiento y consolidación de la democracia con la aceptación de la monarquía por parte de la izquierda. El entonces hombre de Stalin en Madrid, que aparece citado en todos los archivos oficiales como el cabecilla indiscutible de la masacre de unos seis mil inocentes, vino con peluca y traje caro a co-dirigir el futuro político de España cuando los ecos de sus víctimas ya no resonaban en la conciencia colectiva. Cuando el paso del tiempo ahogó en el silencio el sufrimiento de cientos de familias que vieron cómo Carrillo les dejaba sin lo que más querían.
Carrillo, al revés que los responsables del III Reich en Nüremberg, nunca pagó en vida por su vileza y maldad concretadas en las zanjas de Paracuellos. Muy al contrario, hasta sus más encarnizados rivales políticos le honraron con aplausos y parabienes por su «reconversión» en demócrata, al calor de la nómina fácil (pagada por todos) y el coche oficial. Sus herederos políticos, encubiertos en siglas de moda, comparten con el histórico líder comunista ideas, principios y métodos. Si pudieran, harían lo mismo que hizo él hace 90 años, no tengan ninguna duda. Nos queda un doble consuelo: que «no pasaron» entonces y no pasarán ahora. Y que el Cielo está sembrado de santos españoles «gracias» a sus enemigos; gracias a la misma anti-España, cruel y rencorosa, que nunca ha aceptado la naturaleza católica de nuestra patria.