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Rafael L. Bardají (Badajoz, 1959) es especialista en política internacional, seguridad y defensa. Asesor de tres ministros de Defensa y la OTAN, en la actualidad es director de la consultora World Wide Strategy.
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Rafael L. Bardají (Badajoz, 1959) es especialista en política internacional, seguridad y defensa. Asesor de tres ministros de Defensa y la OTAN, en la actualidad es director de la consultora World Wide Strategy.

Casado no tiene quien le llame

El centro-derecha español no deja de asombrarme por la facilidad con la que cae en el ridículo. Véase, por ejemplo, el lamentable espectáculo que se está montando en torno a la renovación del Poder Judicial. El Gobierno de Sánchez acusa al PP de impedir el mandato constitucional y Pablo Casado argumenta que no está dispuesto a negociar nada mientras no le llame el presidente de Gobierno, porque “no se fía”. 

La verdad es que da pena. La ambición del Gobierno social-comunista es bien clara: conseguir una mayoría de jueces afines en los órganos de gobierno del Poder Judicial como un paso decisivo en su batalla de acabar con la separación de poderes de toda democracia que se precie. Lo suyo es una guerra por el poder y el control absoluto. Enfrente, un PP que lo que ansía es que se le conceda el privilegio de ser el líder de la oposición de manera indiscutible, porque ahora es más que discutido ese papel. Casado quiere presentarse como el interlocutor único para al alcanzar eso que antes se llamaban “pactos de Estado”. Que éstos sean buenos o malos, da igual.

De momento, Pablo Casado sigue pegado al teléfono, para cuando le llame Sánchez, sin darse cuenta de la humillación a la que se somete 

La realidad es que ni el Gobierno ni el PP están por la labor de despolitizar por completo la elección de los jueces y no se plantean modificar la elección del Consejo general del Poder Judicial, sujeta a cuotas partidistas como todo lo que parió institucionalmente el régimen del 78, que más que democrático es partidocrático. 

La primera equivocación estratégica del equipo de Pablo Casado, mayúsculas a estas alturas de la vida política, es seguir creyendo que este Gobierno es un gobierno normal, uno más, que respeta y respetará el orden constitucional y que permitirá una alternancia en el poder sin traumas ni problemas. Vamos, la equivocación de creer que el problema es Podemos y no el PSOE de Pedro Sánchez. Su segunda equivocación es seguir persiguiendo un bipartidismo que es imposible de revivir, por más que le pese a Génova (por cierto, esa sede en arresto de la que se iban a ir pero en la que siguen). La absorción de Ciudadanos, que los actuales dirigentes del PP veían como algo natural e inexorable, no se acaba de producir a pesar del reguero de cargos locales que han ido cambiando de la formación naranja a la azulona. Ni parece que vaya a ser el caso antes de las siguientes elecciones generales a tenor del reducido pero constante apoyo popular al partido de Arrimadas.

Esperar a que caiga la fruta madura es su estrategia. Y una vez en La Moncloa repetir con Vox lo que Pedro Sánchez hace con Podemos

En cuanto a una posible fusión de Vox con el PP, haría el ridículo quien lo planteara. No lo quiere nadie en Vox ni muchos del PP. Por lo tanto, ese flanco no lo puede cubrir Casado. Para alguien a quien le gusta citar a Ronald Reagan, la creación de esa gran tienda que abarque a todo lo que esté a la derecha del PSOE, en la estela del planteamiento que llevó a José María Aznar al poder en 1993, se le escapa. Su arrogancia a veces -como durante la moción de censura que planteó Santiago Abascal-, sus contradicciones -que le llevan un día a parecerse a Isabel Ayuso y al siguiente a Núñez Feijóo-, y la pusilanimidad de sus planteamientos, ni le han acercado al diálogo de tu a tu con el Gobierno y, sin embargo, le ha aislado de Ciudadanos y de Vox.

El error final es creer que presentándose como el líder de la oposición, sin hacerla, va a llegar al poder porque Sánchez está condenado a perder las próximas elecciones. Esperar a que caiga la fruta madura es su estrategia. Y una vez en La Moncloa repetir con Vox lo que Pedro Sánchez hace con Podemos, marginarlos y comerse su base electoral. Porque también han confundido, me temo, el respetuoso apoyo institucional que Vox le ha brindado en muchas autonomías con una incondicional sumisión por parte del partido de Abascal.  Habrá que verlo. De momento, Pablo Casado sigue pegado al teléfono, para cuando le llame Sánchez, sin darse cuenta de la humillación a la que se somete. 

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