Leía el otro día que se ha estrenado una película basada en los atentados perpetrados el 17 de agosto de 2017 en Las Ramblas de Barcelona. Una de las actrices comentaba en una entrevista que en la película Cronos se plantea por qué unos jóvenes catalanes deciden atropellar a otros jóvenes catalanes.
Para llegar a una respuesta satisfactoria quizá habría que analizar primero si la pregunta está bien planteada. Lo que ocurrió en Las Ramblas ¿fue un atentado de catalanes contra catalanes?
Primero tendríamos que saber qué es ser catalán, pero quizá resulte más sencillo llegar a un esbozo de conclusión si nos hacemos algunas preguntas. ¿Catalán es el que vive en Cataluña? Sin duda parece una condición razonable, pero no suficiente. Muchos catalanes viven en el extranjero y no por ello dejan de ser tales, y otros viven aquí por razones diversas pero se ofenderían si no se los considerara oriundos de su país. Cataluña será muy bonita pero para ellos es tan solo su lugar de residencia.
¿Catalán es el que trabaja en Cataluña? Esta no parece ni siquiera una condición razonable. Muchos catalanes trabajan en el extranjero y no por ello son menos catalanes. Y muchos extranjeros vienen aquí a trabajar por un periodo de tiempo —normalmente corto— y tampoco a nadie se le ocurriría decir que son catalanes. Un buen ejemplo son los expats. Incluso quienes han vivido y trabajado toda la vida aquí y, en mayor o menor medida se han integrado y han participado de nuestra vida y de nuestras costumbres, siguen siendo alemanes, congoleños, nepalíes, colombianos o lo que fuere.
¿Catalán es el que nace en Cataluña? Pues tiene sentido que así sea pero tampoco parece condición suficiente. Si por avatares del destino —un viaje familiar, por ejemplo— un servidor hubiera nacido en Francia, sería una mancha que llevaría con pesar en el expediente pero eso no me convertiría en francés. O si por alguna razón hubiera nacido en Senegal y hubiera vivido allí los primeros quince años de mi vida, tampoco eso me convertiría en senegalés. A lo sumo, allí me llamarían blanquito, y aquí africano, pero sería algo difícil de sostener con padres, abuelos, bisabuelos y tatarabuelos catalanes.
Lo cual no es óbice para que durante ese tiempo hubiera adquirido costumbres del lugar —debería ser lo normal cuando vives tanto tiempo en otro país—, y eso habría dejado en mí una impronta imborrable.
¿Catalán es el que vive en catalán? Pues eso sería lo normal: vivir las costumbres propias, hablar la lengua del lugar, estar en este mundo de un modo concreto, distinto a otros pero, también puede haber quien viviendo así no sea catalán y quien sin vivir así lo sea aunque no viva como tal.
Y llegado a este punto, con semejante lío, se preguntará el lector qué es entonces ser catalán. Y aunque algo podemos intuir, y algo hemos dicho, también parte de la respuesta apela a algo intangible, espiritual si se quiere, y que también tiene mucho que ver con la sangre, con lo físico.
Y lo que aquí se ha esbozado parece suficiente para afirmar que lo que sucedió en Las Ramblas no fue un atentado de unos catalanes contra otros catalanes sino el choque frontal entre dos modos de entender el mundo que son irreconciliables e incompatibles. Los catalanes fueron las víctimas. Y los verdugos no eran catalanes, por mucho que hubieran nacido, trabajado y vivido aquí y aunque hablaran catalán. Porque nacer vivir y trabajar son condiciones importantes pero no siempre se cumplen, pero mostrar además una voluntad reiterada de seguir siendo otra cosa distinta —por otra parte algo muy natural— y regida por unas coordenadas completamente distintas a las del lugar, lejos de convertirlos en catalanes, los convierte en renegados del país que los acogió.
No así los hijos de mis tíos abuelos catalanes, casados con navarras y cuyos hijos nacieron unos en Pamplona y otros en Madrid. Hablan catalán y no viviendo aquí, participan de muchas de nuestras costumbres y tradiciones y vibran con todo lo catalán porque por sus venas corre, además de sangre navarra, sangre catalana.
Los de este rincón del mundo tenemos muchos defectos, pero atentar contra la vida de personas inocentes para ganarnos el cielo no es uno de ellos. La sangre que corre por nuestras venas nos hace catalanes, y algunos parecen empeñados en convertir en catalanes a quienes derramaron la sangre catalana de nuestros compatriotas.