San Pablo ya advertía de que la falta de unos cimientos fuertes que estructuren correctamente nuestro pensamiento nos deja a merced de ser «zarandeados por las olas» y «llevados a la deriva por cualquier viento de doctrina«, arrastrados por las corrientes del momento, dejándonos llevar por aquellas que más nos convencen, sin saber si son las que deberían impulsar la nave de Pedro o las que, precisamente, pretenden hacerla naufragar.
Y como nadar contra corriente siempre es un ejercicio agotador, tedioso y hasta peligroso para la propia vida, sin conocer con claridad la orilla hacia la que debemos avanzar, resulta más cómodo dejarse arrastrar. El alma se pone en peligro, sí, pero ese peligro queda difuminado por el estruendo de los aplausos mundanos. Aplausos que tanto seducen, aunque, otra vez san Pablo, advierta que: «Si tratara de agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo» (Ga 1, 10).
En este clima de confusión, algunos pastores se atreven a defender —poniendo a los pies de los caballos a sus fieles— que rezar ante un abortorio es un modo de «ideologizar la oración» o que los católicos pueden posicionarse personalmente como deseen, pero la Iglesia debe ser «neutral» en lo político.
Respecto a lo primero, conviene recordar que la nuestra es una religión encarnada. «El Verbo se hizo carne» (Jn 1, 14), y por eso nos acercamos al difunto para velarlo, acudimos físicamente a la iglesia para celebrar un nuevo matrimonio, besamos una figura del Niño Jesús en Navidad y salimos en procesión para honrar públicamente a un santo. La Iglesia enseña que la expresión exterior de la oración es parte de nuestra condición corporal. «Es necesario rezar con todo nuestro ser para dar a nuestra súplica todo el poder posible […]». Esta necesidad responde también a una exigencia divina. Dios busca adoradores en espíritu y en verdad y, por consiguiente, la oración que brota viva desde las profundidades del alma. También reclama una expresión exterior que asocia el cuerpo a la oración interior, porque esta expresión corporal es signo del homenaje perfecto al que Dios tiene derecho. (Catecismo de la Iglesia Católica 2702-2703).
Y por eso tiene todo el sentido acercarse al lugar donde el mal campa a sus anchas para implorar a Dios que actúe en favor del bien y la justicia, comprometidos por un nefasto uso de la libertad humana. No es ideología: es la lógica de la Encarnación. Tampoco es ineficaz: San Juan Pablo II recordaba que «es urgente una gran oración por la vida, que abarque al mundo entero. Que, desde cada comunidad cristiana, desde cada grupo o asociación, desde cada familia y desde el corazón de cada creyente, con iniciativas extraordinarias y con la oración habitual, se eleve una súplica apasionada a Dios, creador y amante de la vida. Jesús mismo nos ha mostrado con su ejemplo que la oración y el ayuno son las armas principales y más eficaces contra las fuerzas del mal». (Evangelium Vitae 100).
Y porque Dios escucha a quienes se reúnen en su nombre —«donde están dos o tres… allí estoy yo» (Mt 18, 20)— cada año, gracias a las campañas de 40 Días por la Vida, se salvan vidas humanas, se convierten profesionales de esos antros de muerte y muchos de ellos cierran sus puertas por milagrosas dificultades económicas.
Todo apunta, por tanto, a que el problema no es rezar delante de los abortorios, sino que no sean más quienes se acerquen, aunque eso pueda acarrearles tormentos judiciales. El último ejemplo lo hemos visto en Vitoria, donde 21 personas fueron llevadas a juicio por rezar —entre ellas, y eso es algo que llevo a mucha honra, dos tíos míos—.
Respecto a lo segundo, tampoco es cierto que «los católicos pueden apoyar lo que consideren», ni que «todas las opiniones son legítimas», ni que la Iglesia como institución sea un moderador neutral que debe observar con distancia cínica lo que sucede en el mundo. El Catecismo lo deja claro: la Iglesia debe pronunciarse incluso en materias políticas «cuando lo exijan los derechos fundamentales y la salvación de las almas» (Catecismo 2246).
Esta supuesta neutralidad, presentada como muy apostólica, es profundamente antievangélica y, además, extremadamente cómoda. Se disfraza de prudencia lo que en realidad suele ser miedo. León XIII advertía en Sapientiae Christianae que «Retroceder ante un enemigo, o guardar silencio cuando por todas partes se levantan clamores contra la verdad, es propio de un hombre falto de carácter o que duda de la verdad que profesa. En ambos casos, tal conducta es ruin e injuriosa para Dios, e incompatible con la salvación de los hombres. Esta manera de obrar solo aprovecha a los enemigos de la fe, porque nada envalentona más a los malvados que la falta de coraje de los buenos».
A algunos —pertenecientes a la Iglesia— les gustaría que ella sólo hablara de santos y de cuestiones relacionadas con la piedad popular. Como si en la raíz de todo problema (político, social, económico…) no hubiera un problema teológico. Como si la Iglesia no tuviera nada que decir sobre economía, educación, cultura, economía, etc… La máxima concesión que están dispuestos a hacerle es que, si le apetece, hable del aborto.
«La Iglesia no está ligada a ningún sistema político», dicen esos mismos, y es verdad, tampoco a la democracia, y mucho menos a la democracia cuando se eleva a fundamento de la moral, a fundamento y no a forma de gobierno.
Pero muchos de quienes defienden esa verdad ni la creen ni la practican, y seguramente ni entienden a qué hace referencia. Por eso bendicen lo que la mayoría ha decidido bendecir, y sólo abandonan esa pretendida neutralidad cuando saben que el mundo los aplaudirá. Y en cambio se aferran a ella —sacrificando así la verdad, y con ello tomando partido por el error— cuando lo que deben decir incomodará a los lectores de determinado periódico beligerante que los entrevista para convertirlos en ariete contra la Iglesia que representan.
Vivimos tiempos de batiburrillo católico. Bastaría con que los pastores asumieran el Magisterio de la Iglesia y fueran conscientes de la herencia doctrinal que han recibido —una herencia que no deben reinventar sino custodiar— para poder dar criterio verdadero. De lo contrario, acabarán corriendo detrás de novedades peligrosas.
No estaría de más que empezaran (también nosotros) por leer Quas Primas, que cumple cien años aunque sigue absolutamente vigente, también: Annum Sacrum, Ad Beatissimi Apostolorum, Immortale Dei, Libertas Praestantissimum, Diuturnum Illud, Ci Riesce, Quanta Cura, Ubi Arcano Dei, Centesimus Annus…
Puede que eso sea pedir demasiado. Son tantas las entrevistas, las inauguraciones de bibliotecas municipales y las cenas de hermandad con asociaciones vecinales en lucha por la defensa del planeta, que poco tiempo les debe quedar para la formación permanente que la Iglesia exige a sus ministros en Pastores Dabo Vobis.