Voy a perpetrar un topicazo, aunque abrigo la esperanza de que ustedes me lo perdonen. Primero, el tópico: la opinión publicada y la opinión pública divergen escandalosamente en el análisis del pacto andaluz entre el PP y Vox. La publicada se rasga las vestiduras y la pública lo ve lo más normal del mundo. En segundo lugar, la presunción: ¿por qué tengo confianza en que me lo van a perdonar? Porque vengo a defender el punto de vista del respetable.
Que nadie en la calle está escandalizado por el pacto entre el PP y Vox es obvio. No hay más que escuchar las conversaciones. Más fútbol que pactos. Basta mirar un poco: cero crispación. Además de obvio, es lógico. Los que votaron a Vox sabían desde el principio que, de no sacar mayoría absoluta el PP de Juanma Moreno Bonilla, habría que pactar un gobierno que recogiese proporcionalmente algunas de las propuestas de Vox, como había ocurrido en otras comunidades. De eso no tenían dudas. Entre los votantes del PP, más numerosos y heterogéneos, habría de todo; pero la mayoría solvente —como la llamaría Juanma Moreno— no podía no saber lo que había pasado en Extremadura. Y en Aragón. Y en Castilla y León. El PSOE se encargaba de recordárselo a los amnésicos todos los días, erre que erre. Que Vox no entraría en el gobierno, como afirmaba con tanta insistencia como imprudencia Moreno Bonilla, no se lo creía (como se ha visto) ni él mismo.
Natural y legítimamente el líder del PP andaluz prefería la mayoría absoluta, por supuesto. Pero eso era otra historia. Una cosa es la realidad y otra el deseo. Hay un ejercicio de imaginación muy sencillo de hacer. Si las ansias de gobernar en solitario nos hubiesen abocado a unas elecciones repetidas, ¿qué habría dicho el cuerpo electoral andaluz? Entonces sí que se habría oído a la opinión pública. Y tanto que las protestas habrían ahogado los aplausos impolutos de la más complacida opinión publicada.
Bastantes columnistas, sin embargo, esperaban que Juanma Moreno Bonilla convocase esas nuevas elecciones o que, gracias a su presión, Gavira regalase sus votos. Eso sugieren; pero me malicio que ellos tampoco están tan escandalizados como escriben. Es un poco por el lío, para avivar el debate, para sacar adelante una columna diaria, que es un trabajo muy arduo. Y como metáfora, tal vez, de lo difícil que va a ser la convivencia de las dos fuerzas en un mismo gobierno, que, en efecto, tendrá sus complicaciones. Así, cuando lleguen las curvas, podrán decir: «Yo ya lo dije».
La primera complicación de verdad ya está aquí: que ambas partes hagan más caso a la opinión publicada que a la pública y acaben, entonces —profecía que se autorrealiza—, problematizando el pacto. Por ahora, Moreno Bonilla parece más sombrío que moreno. Un poco por derecho al pataleo, el presidente andaluz va por ahí reivindicando a Blas Infante. Un poco también para quedarse, ea, con la perra chica. Cierta contrariedad se entiende, con la ilusión que él tenía de arrasar en las urnas, pero yo le aconsejaría que no extremase la nota, no vaya a ser que genere una polémica donde no la había y todo el mundo empiece a buscarle los tres pies al pacto. No tiene que decirnos que hubiese preferido no pactar: ya lo sabemos.
Lo importante no es el color tornasolado del pacto, sino que cace ratones; esto es, que el pacto se muestre desde el primer momento eficaz y cumplidor. La opinión publicada y televisada, en cuanto vea que no le bailan el agua, cambiará la banda sonora. Ahora lo urgente es la tranquilidad.