«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Ilicitana. Columnista en La Gaceta y El País de Uruguay. Reseñas y entrevistas en Libro sobre libro. Artículos en La Iberia. Autora del libro 'Whiskas, Satisfyer y Lexatin' de Ediciones Monóculo.

Hamza, «la Aduana»

7 de julio de 2026

Hablar de la situación terminal de una sociedad como la francesa es, a estas alturas, un lugar común. Contar que París se ha convertido en una gigantesca Corte de los Milagros no descubre nada a casi ningún lector, lo reconozco. La pelea política surgida en el país vecino a cuenta del aire acondicionado ha servido para entretener al personal con uno de los últimos pecios wokistas de Europa. Sin embargo, a finales de junio los efectos destructivos del liberalismo-libertario se hacían más evidentes en las calles de Paname que en la polémica sobre la climatización.

Ubicaba Javier Torres hace un par de semanas en Wembley, durante la Eurocopa de 1996, la fotografía de un mundo que estaba a punto de dejar de existir. El instante entre el final de una Europa reconocible y el inicio de otra distinta. Ese acontecimiento tiene, quizá, su equivalente francés. La llamada «Fiesta de la Música» constituye uno de los mejores indicadores de la transformación demográfica, estética y cultural que ha experimentado Francia en las últimas décadas. Por ser un evento demasiado local no hemos reparado lo suficiente en él, pero merece la pena hacerlo. Si una se guiara por los vídeos de la edición de este año, juraría estar viendo imágenes de Abiyán. Sólo la arquitectura haussmanniana y la silueta reconocible de Châtelet o de los muelles del Sena delatan que el escenario es París. 

El psiquiatra japonés Hiroaki Ota llamó «síndrome de París» al desengaño de quienes descubrían que la capital francesa no era exactamente la ciudad que les habían prometido las novelas, el cine o las canciones. Aquel malestar respondía a una ilusión excesiva. Mi extrañeza es distinta: no nace de haber idealizado la ciudad, sino de recordar demasiado bien la que era hace apenas 15 o 20 años.

Evidentemente, ahora ya nadie va a la capital francesa pensando en encontrarse con la ciudad de Amélie Poulain. Pero de ahí a ver «manadas y manadas» de nuevos franceses ocupando un bulevar entero, meciéndose al delicioso ritmo sincopado del drill, da que pensarEn primer lugar, y es lo más notorio, en el fulgurante cambio de fisionomía que están experimentando algunas villas europeas. Pero también en lo que sucede cuando nuestras sociedades abiertas incorporan poblaciones cuyos códigos culturales chocan frontalmente con los nuestros. La realidad es bastante más desalentadora de lo que se nos cuenta. Ya sabemos que no hay integración y empezamos a ver que lo que se consolida es el subsidio, la identidad de gueto, el gas de la risa y la idealización de la delincuencia. Los niños quieren ser caïds.

Es el caso de Hamza, apodado «la aduana», un chaval argelino y obeso, de catorce años, que impone su ley en el barrio del Canal de San Martín —uno de los epicentros de la burguesía-bohemia—. El sobrenombre le viene porque entre sus negocietes está el de apostarse en una de las pasarelas del canal, probablemente Douanes, y exigir a los viandantes dos eurillos por permitirles el paso. También gusta de robar en los supermercados de la zona, conducir temerariamente un patinete al que ha incorporado una silla, o empapar con pistolas de agua a vecinos y policías. Recientemente fue detenido por el hurto de un móvil en grupo. Su comportamiento, viralizado, atrae al distrito 10 a quienes buscan un selfi con el pieza. Otros ven en el adolescente asalvajado, al igual que en las imágenes de la Fiesta de la Música, síntomas de algo tan avanzado que ya no tiene solución. Hamza se ha convertido, como un Gavroche con sobrepeso, en un símbolo. No de la resistencia romántica y trágica contra la injusticia social, sino del desafío al orden desde la prestación social y la impunidad. De la decadencia macronita.

En 2025, la pasarela en la que Hamza ejerce la extorsión fue rebautizada. Tras siglo y medio de emblemática toponimia pasó a llamarse Passerelle Jane Birkin. El cambio de nombre forma parte de una política del Ayuntamiento de París para feminizar el espacio público. Si yo fuera Éric Zemmour, hablaría ahora de las consecuencias de décadas aniquilando la virilidad, la autoridad y la figura del padre. Desgraciadamente, me limitaré a ser testigo de la claudicación de una civilización que ha matado a sus dioses fuertes y los ha cambiado, como si fueran el nombre de un puente, por valores fofos y estúpidos. De cómo una sociedad perece, sumisa, ofreciendo paridad y servicios sociales a culturas que asumen la violencia, la fuerza y la muerte.

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