«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
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Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

Esos christmas contagiosos

18 de diciembre de 2013

A la curiosidad científica todo le está permitido, así que algunos forenses se pusieron a incordiar en los huesos de los hijos del zar Nicolás II. Además de constatar que habían sido asesinados por los marxistas -entre quienes hay buenas personas, cuidado con generalizar- llegaron a otras curiosas conclusiones. Por ejemplo, que la Reina Victoria de Inglaterra, que sufría de un severo tipo de hemofilia, había expandido la enfermedad por la realeza europea. La zarina Alexandra, nieta de Victoria, y sus dos hijos, el príncipe Alexei y su hermana Anastasia, sufrían de una mutación genética asociada con esa condición hemofílica, también conocida como la enfermedad de Christmas. El nombre se debe a Stephen Christmas, el primer paciente de esa dolencia cuyo caso fue estudiado en detalle en 1952. Pues lo curioso es que Victoria no sólo propagó este tipo de christmas entre la realeza, también los otros, los de papel, se utilizan por contagio de la reina inglesa, que fue ella la primera en adoptar esa forma de felicitación navideña. Antes Dickens había restaurado la Navidad con su Christmas Carol, y un tal Henry Cole  imprimió en Londres mil tarjetas -Christmas Card- vendidas por un chelín cada una. A la reina le gustó la idea y la hizo suya, y hoy no hay casa real en Europa que no se haya contagiado de la tradición, que está incluso más extendida en las monarquías que la hemofilia. Ya no se parecen a las tarjetas victorianas y eduardianas, pero también siguen la estela británica al felicitar las fiestas con fotos de familia, -otra moda impuesta en Windsor– algo que algún día se estudiará con la misma atención que los huesos de los últimos zares, porque son toda una historia gráfica de las monarquías: sus matrimonios, sus herederos, sus divorcios -que reducían el número de integrantes de la foto-, incluso hasta aquel annus horribilis en que la reina Isabel se hartó de la familia y mandó una tarjeta en la que solo aparecían ella y su marido. Qué grande, sólo por eso Dios la tiene que salvar.

Este año, del chritmas de los príncipes nuestros se ha hablado poco. A lo mejor porque si alguien la critica te mandan al fiscal anticorrupción, como ha ocurrido con lo de Hacienda, que ya les vale. Qué equivocados andan algunos, con vocación de alfombras del poder, que creen que les van a dar un ducado o algo por defender a la Corona hasta en lo indefendible. Si aquí lo que se premia es lo otro. Hay que editar un periódico independentista, por ejemplo, y te hacen Grande de España. Es algo que también resulta digno de un estudio científico.

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