«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Nació en Madrid en 1975. Es Doctor en Periodismo por la Universidad San Pablo CEU. Ha dedicado casi toda su vida profesional a la radio. Ha publicado los libros "España no se vota" y "Defender la Verdad", "Sin miedo a nada ni a nadie" y "Autopsia al periodismo".

Cobardía culpable

24 de agosto de 2025

Una de las peores desgracias que ha vivido el mundo en las últimas décadas ha sido, sin duda, el alejamiento colectivo de Dios y de la Iglesia Católica, y el constante aggiornamento de Roma (y de sus satélites) para corresponder a las demandas progres, es decir, al relativismo moral. Perdida la regla moral católica, la pérdida de la razón colectiva ha llegado también de manera general y abrumadora, hasta el punto de que hoy vivimos en un inmenso manicomio global donde hay «matrimonios» compuestos por un hombre y una almohada, o por una mujer y su gato. Donde falta Dios huye la razón.

Con este panorama, a nadie bien informado debería extrañar las constantes meteduras de pata, incoherencias de toda índole, falta del sentido de la prudencia, etc. en que incurren constantemente los miembros de la Conferencia Episcopal española, que no «la Iglesia española». Porque, por si alguno todavía no lo sabe, la Iglesia somos todos los católicos, ustedes y yo, en la medida en que formamos parte del Cuerpo Místico de Cristo. Pero por desgracia, estos cocinillas de consensos progres cuya sede está en calle Añastro, en Madrid, se aprovechan de la ignorancia general para considerarse a sí mismos «la Iglesia española». Que es como si (salvando las distancias) Chendo se considerase el Real Madrid.

La Conferencia Episcopal no tiene ninguna autoridad moral sobre los católicos. Cero patatero, que diría aquel. Es una simple jerarquía de «obispos nacionales» con carácter administrativo, eso es todo. Nuestra obediencia moral como católicos es primero y fundamentalmente hacia Nuestro Señor Jesucristo, luego hacia el Papa de Roma (a quien debemos obediencia, siempre que sea fiel al Evangelio y al Magisterio de la Iglesia), y como mucho, después, al obispo de nuestra diócesis en lo tocante a la actividad como feligreses. Punto. La Conferencia Episcopal debería limitarse a elegir bien a sus presidentes y portavoces, y con eso ya tendría más que suficiente.

Ha sido lamentable el papelón que dicho «ente» ha protagonizado este verano, sobre todo tras la polémica en el Ayuntamiento murciano de Jumilla. Defendiendo «a la comunidad islámica» en vez de defender a los católicos, y poniendo en el mismo plano una procesión de Semana Santa que el despiece de un cordero por la calle. Rozando el travesaño de la chaladura y dando a la grey católica nuevas muestras de por qué hicieron lo que hicieron cuando se profanó el Valle de los Caídos sacando de sus tumbas los cuerpos de dos cristianos allí enterrados, y de la abadía benedictina a su prior. Silencio cobarde cuando tienen que hablar, y palabrería barata cuando más bien deberían callarse.

Es verdad que los diez eternos años del pontificado de Francisco han agravado la alarmante falta de criterio y la pereza moral de estos acomodados jerifaltes religiosos. Pero tampoco sería justo echar toda la culpa al papa argentino. La Conferencia Episcopal viene coqueteando con los modismos progre-liberales desde hace décadas, y su principal cadena de radio, muy lejos de servir al Reino de Cristo en la tierra, es en la práctica una oficina del Partido Popular. Se ve que, de tanto pedir dinero para sobrevivir, se han llegado a convencer de que es más importante la bolsa de las treinta monedas que ser fiel al Salvador.

«Les aseguro que si ellos se callan, las piedras gritarán» (Lucas, 19-40). Los católicos estamos obligados a decir la verdad y a defender a la Iglesia de quienes la quieren desnaturalizar a base de manipular su Doctrina. Los obispos que han preferido llevarse bien con Sánchez y Feijoo para no perder lo poco que les dan, antes que ser fieles al Evangelio y al Magisterio eclesial, tendrán que responder de su cobardía culpable cuando llegue el momento. Luego se preguntan, con carita de compungidos, que por qué se están quedando tan vacías las parroquias… No es porque falten aparatos de aire acondicionado.

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