«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Nació en Madrid en 1975. Es Doctor en Periodismo por la Universidad San Pablo CEU. Ha dedicado casi toda su vida profesional a la radio. Ha publicado los libros "España no se vota" y "Defender la Verdad", "Sin miedo a nada ni a nadie" y "Autopsia al periodismo".

El despertar de la ira

14 de junio de 2026

Es digna de estudio la reacción que se produce siempre en los pilares del sistema (políticos mendaces, sus medios subvencionados y los tontos útiles) cuando hay una respuesta airada por parte de los españoles o europeos tras un ataque de «los de siempre»: los que no comen jamón. Esa hiperventilación sistémica que amenaza alipori, ahora ya veraniego, es el primer síntoma exigible a todo el que se considere un demócrata fetén, que ya saben ustedes que es el título más elevado al que se puede aspirar en nuestro tiempo. Quien no sufra de sofocos intrauterinos o prostáticos al ver una reacción contundente de los nuestros, es un faccioso repugnante. Y punto.

En Belfast, sin embargo, se ve que a los vecinos se la viene trayendo más bien floja lo que digan los gobernantes y sus periódicos, y se han echado a las calles para responder «comme il faut» al intento de decapitación de un hombre de 40 años, Stephen Ogilvie, a manos de un sudanés que nunca debió entrar en Irlanda del Norte. Llevaban tiempo aguantando y callando, aunque no tanto como aquí , donde nos hemos hecho pastueños en el último medio siglo. Y, como siempre ha ocurrido y ocurrirá a lo largo de los siglos, un suceso que en otro momento hubiera pasado casi inadvertido, al no generar una respuesta legal proporcionada por los gobernantes, ha terminado encendiendo la mecha. Porque la paciencia casi siempre tiene un límite.

La terrible escena de Belfast, con un irlandés pidiendo auxilio en vano mientras un musulmán sudanés levantaba victorioso un puñal con el que trataba de segar el cuello de su víctima, ya la hemos visto, desgraciadamente, muchas veces en distintos escenarios europeos. Los agresores son siempre los mismos, y las víctimas, por desgracia, también. Las respuestas de los políticos son invariablemente siempre iguales: «No hay nada que justifique una respuesta violenta», que han sido las palabras exactas del socialista Starmer, quien podría estar viviendo, por cierto, sus últimos meses al frente del Gobierno británico por el creciente rechazo que le muestra su partido. El político progre mantiene siempre el mismo esquema mental: comprensivo con el agresor (siempre que sea musulmán), intransigente con quien se atreva a responder (especialmente si es blanco, heterosexual y europeo).

El sudanés que intentó decapitar a Ogilvy en plena calle de Belfast entró en las islas a través de un sistema de «vía rápida» introducido durante el Gobierno del ex primer ministro británico, Rishi Sunak (de ascendencia india). Este asesino en potencia simplemente tuvo que rellenar un cuestionario de apenas diez páginas, expedido por el Gobierno del Reino Unido, para poder formar parte de la sociedad británica, en lugar de someterse a los controles que eran normales hasta no hace muchos años, y que garantizaban la correcta identificación de aquellas personas que verdaderamente podían considerarse como refugiados. Es uno de los muchos coladeros, totalmente legales pero desde luego ilegítimos, con los que Europa se está literalmente suicidando lentamente.

Mientras esto ocurre, hay cientos, miles de familias europeas que se resisten a ver cómo lo pierden todo a manos de estos desalmados. Porque ya no es sólo que sean atendidos en los hospitales antes que nosotros, o que les den las viviendas públicas que a nosotros nos niegan, o que reciban pagas, ayudas y pensiones que se regatean a los nacionales. Es que imponen sus costumbres, rebanan el clítoris a sus mujeres, atracan a punta de navaja a nuestros chavales, y violan en callejones oscuros a nuestras hijas. O por lo menos, lo intentan. Y deberíamos perder toda esperanza de que haya un cambio sustancial en este desastre si continuamos cruzados de brazos en prácticamente todos los lugares de Europa, salvo en Belfast y alguno más.

El buenismo progre tiene un precio altísimo, concretamente el precio de la sangre de los inocentes. El precio de las vidas de las personas normales, los trabajadores y sus familias, que no pueden permitirse vivir en palacios amurallados como Starmer, Macron o Pedro Sánchez. Son esas personas, las que no tienen nada que perder, las que hemos visto salir a las calles de Belfast para responder a un intento de decapitación que, recordemos, provocó que la policía irlandesa fuese a regañar a la víctima mientras se desangraba. El tiempo del silencio y de la quietud ya se está terminando. Y la incompetencia y dejadez de los políticos provocarán, no lo duden, el despertar de la ira.

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