En última instancia, la política es una rama de la teología. La idea que una sociedad tenga de lo trascendente condiciona la forma en que se gobierna.
Hace unos años, en silencio, decidimos que mejor no éramos cristianos, que eso daba un poco de grima y era muy antiguo. El problema es que el panorama de normas morales con que hemos sustituido la moral cristiana no tiene ninguna base racional. Es una especie de vaga reliquia de la Ilustración, pero sin fundamentos filosóficos serios, una especie de ir improvisando sobre la marcha.
Una de las peores consecuencias es que hemos rechazado el Dogma del Pecado Original, sin el que cualquier sociedad cae, o en una anarquía rousseaniana, o en una tiranía hobbesiana; o el ciudadano es bueno por naturaleza, y pensar lo contrario es anatema, o hay que tratarle con palo largo y mano dura para que no se desmande.
Pero, para complicar las cosas, hemos elegido como sistema la democracia liberal, que parte de las consecuencias lógicas del Pecado Original, a saber: esperar lo mejor pero temer lo peor de los individuos. Por eso existen controles y contrapesos para el poder, porque no se puede confiar en que el poder no abuse en su propio beneficio.
El juez Peinado ha revuelto el gallinero con una providencia que cualquier debería considerar de sentido común: hay que tomar medidas para que la policía no ayude a escapar a Begoña Gómez. Los propios representantes policiales se lo han tomado como si Su Señoría les hubiera escupido en la cara, llamándoles a todos facinerosos, cuando no ha hecho otra cosa que recordar que no tienen por qué ser ángeles. Por supuesto, los 61 del patíbulo han reaccionado con desmayos aún más victorianos, con el rasgado de vestiduras que repiten tan a menudo que solo tiene efecto en su vestuario.
A ver, todo el sistema se basa en que cualquiera puede pasarse al Lado Oscuro de la Fuerza. Es la premisa. Usted podría sentirse ofendido de que Hacienda le pida facturas para demostrar que está diciendo la verdad en su declaración, llamándonos indirectamente a todos sospechosos de fraude. Me recuerda a los principios de nuestra Santa Transición, cuando algún preboste socialista acusado de llevárselo calentito ponía los ojos en blanco y proclamaba su negativa a aceptar que nadie dudara de su honradez.
Pero dudar de la honradez de los políticos es toda la gracia del sistema, su mayor encanto, su anclaje en la realidad de la naturaleza humana. Y quien dice políticos, dice policías, no veo por qué no.
Una de las lacras de la derecha es esa veneración que tenemos hacia las fuerzas del orden. No dudo de su honorabilidad genérica ni, mucho menos, considero menor su labor. Pero, por lo que tengo oído, sus miembros no se reclutan de entre los coros angélicos sino que participan de los mil males que componen la herencia de la carne.
Puestos a juzgar por la experiencia, no nos parece que ese DAO (si es el término correcto, no soy muy ducho en mandos) que guardaba en su casa millones en billetes pueda alegar que el uniforme le coloca entre las criaturas angélicas o que advertir la evidencia sea una intolerable injuria a su honor.
También creo recordar que el exceso de celo en el apalizamiento de ancianos y adolescentes que protestaban hace unos años en Ferraz resultaba dolorosamente sintomático de una doble vara de medir, que poco tenía que ver con el imparcial mantenimiento del orden.
Los agentes, Dios les bendiga, tienen, como cada hijo de vecino, necesidad de que les paguen, ambiciones legítimas de medrar en el cuerpo, temores comprensibles de ser represaliados. Son, al final, asalariados y jerárquicamente dependientes para su destino profesional del Poder Ejecutivo, el mismo que tiene un interés evidente, diría que urgente, en que los jueces no completen su labor.
Así que vamos a dejarnos un poco de hipocresía y a no confundir la prudencia procesal ordinaria con insultos al honor más falsos que un euro de madera.