Zapatero está hundido. Con independencia de lo que finalmente resuelvan los tribunales, su figura es ya políticamente irrecuperable para una izquierda que lo había elevado a los altares de la fe progresista y que ahora se apresura a condenarle. Lo interesante es que, en esta operación, lo que se hunde no es sólo un hombre, sino un determinado sistema político que nació precisamente con él. El «caso Zapatero» no se reduce a la eventual corrupción de un ex presidente, o de una trama o de un partido, sino que es toda una época la que se desmorona, porque Zapatero abrió una manera de entender la política española y esa época se ha prolongado hasta hoy. Con alguna frecuencia se habla de la «segunda transición» —sin que se sepa muy bien qué quiere decir eso— como un incierto horizonte de transformación institucional de la democracia española. Pues bien: esa segunda transición, en la realidad objetiva de los hechos, es lo que abrió Zapatero. Y es lo que ahora debería cerrarse.
Visto con perspectiva, en efecto, Zapatero abrió una segunda transición. Por explicarlo sumariamente, la primera transición, la que desembocó en el sistema de 1978, empezó en rigor antes del asesinato de Carrero Blanco en 1973 y se planteó desde el origen como una suerte de reedición de la Restauración canovista del XIX: una gran fuerza moderada de centro-izquierda y una gran fuerza moderada de centro-derecha como pivotes del sistema, y con la monarquía envolviéndolo todo; la novedad, ahora, era que se introducía a los nacionalismos regionales «moderados» en el sistema de poder. Pero Zapatero cambió eso de manera radical. A partir de 2004, aupado en el trauma gigantesco de la matanza del 11-M, surgió un nuevo sistema presidido por el pacto entre una izquierda radicalizada y unos nacionalistas cada vez más abiertamente separatistas. Se desempolvaron los huesos de la guerra civil, se predicó un «cordón sanitario» contra la derecha, se ensayó un fuerte programa de ingeniería social (más aborto, adoctrinamiento escolar, políticas «de género», apertura a la eutanasia, etc.), se modificó el mapa mediático para eternizar la hegemonía de la izquierda, se introdujo a los terroristas en la vida pública, se acentuaron las rupturas sociales (y se crearon rupturas nuevas), se alteró la política internacional del país… Todo eso configuró, en la práctica, un sistema nuevo poder. La posterior mayoría de Rajoy, miope hasta la ceguera, no lo vio o no lo quiso ver, y nada rectificó. La España de Sánchez no ha sido sino el desarrollo del mismo programa: una fase nueva, y más explícita, en esa segunda transición que nunca quiso decir su nombre y que está desembocando en una pseudodemocracia de formas cada vez más autoritarias y acelerada descomposición del tejido nacional.
Ahora todo se deshace en una atmósfera como alucinada y un tanto grotesca, como la figura del propio Zapatero. El hombre que quería dedicarse a contar nubes, el hombre que reflexionaba sobre el infinito, el hombre que predicaba que la tierra no es de nadie sino del viento, el hombre según el cual «ser socialista es tener muy poco y dar mucho», es el mismo que elevó a los etarras a la cualidad de «hombres de paz» y que incendió el siempre inflamable separatismo catalán. Y ahora ese hombre chapotea, torpe, en una ciénaga de petróleo venezolano, comisiones chinas, cuentas opacas, fiscales «amigos» y funcionarios corruptos, mientras sus discípulos socialistas y sus socios separatistas tratan de limpiar las salpicaduras con bastante poca fortuna. Todo era, sí, una gran mentira. La segunda transición de Zapatero, al cabo, ha resultado no ser mas que una gigantesca estafa para envolver en retórica progresista la mayor operación de latrocinio de todos los tiempos. Merece hundirse. Y no volver a emerger jamás.