Durante este verano, he dedicado algunos días a la lectura de El poder cultural de la monarquía medieval (Rialp, 2025) cuyo autor, el catedrático de Historia Medieval Alejandro Rodríguez de la Peña, es uno de los más destacados medievalistas de nuestro país. Aunque no sea ese el objetivo explícito del libro, en sus páginas queda desmontada, a través de un copioso aporte bibliográfico, la imagen que de la Edad Media nos suele transmitir cierta historiografía, a saber, una época de oscuridad y barbarie absolutas.
Entenebrecer el pasado, sobre todo cuando dicho pasado ostenta un vínculo indisoluble con la cosmovisión cristiana, constituye una estrategia dirigida a persuadir a nuestros contemporáneos de que vivimos en el mejor de los mundos posibles y —¡por arte del sufragio universal!— bajo la tutela de los dirigentes más honrados y capaces.
Sin embargo, ensayos como el presente inciden en la falsedad del tópico. Es evidente que, en lo que a las condiciones materiales de la vida se refiere, la Edad Media fue un tiempo de un rigor enorme, aunque no mucho mayor de lo que debieron de haberlo sido las épocas precedentes. No obstante, junto a las penurias propias de una edad de escasez, se le suele sobreponer a este periodo una crítica adicional basada en el supuesto de que el conocimiento y la cultura entraron en una fase de regresión que sólo se empezaría a superar a partir del Renacimiento.
El poder cultural de la monarquía medieval demuestra lo injusto de este dictamen. Si bien es cierto que en los primeros siglos tras la caída del Imperio Romano Europa experimentó una situación de suma inestabilidad que afectó a la totalidad de las esferas de la vida, también lo es que desde Carlomago en adelante «la sabiduría real desempeñó un papel ideológico y político mayor que nunca en el Occidente latino medieval».
Numerosos monarcas europeos entendieron que el patrocinio del saber y la cultura no debía operar tan sólo a modo de un elemento ornamental para el engalanamiento de sus cortes, sino que había de convertirse en uno de los más sólidos puntales sobre el que afianzar su poder. Así pues, no fue sólo el ímpetu guerrero y el afán de nuevas conquistas lo que guio la acción de los reyes. Su dominio halló asimismo un fundamento indispensable en una ingente actividad cultural fruto de la cual floreció en Europa una red de instituciones que en lo sucesivo obrarían en beneficio de la preservación y difusión del saber y darían a nuestra civilización un esplendor distintivo y único.
De hecho, a medida que este ideal se asentaba en el seno de las distintas cortes europeas, la misma figura del rey se fue revistiendo de los atributos característicos del filósofo, es decir, del hombre que hace de la adquisición de la sabiduría un ejemplo de virtud personal y un ejercicio de prudencia política. Y ello hasta el punto de que «Si no poseía cultura, su prestigio se desvanecía entre los empleados de su corte. El Rey debía sobresalir en sabiduría si quería gobernar con eficacia».
La tentación que a uno le asalta nada más acabar la lectura de este excelente ensayo es la de dirigir la mirada hacia el panorama que nos rodea y constatar, por enésima vez, la indigencia cultural en la que vive sumida la mayor parte de nuestra clase dirigente. Llamar democracia a un sistema que propicia el encumbramiento de una pseudoélite de ignaros que han hecho del sectarismo y la falta de principios sus señas principales de identidad no pasa de ser un pobre consuelo. ¿Qué grado de compromiso con el bien público han acreditado para estar donde están? ¿De qué virtudes se les supone depositarios?
Ante tales preguntas, quedamos enfrentados a uno de los problemas más acuciantes que se les plantea a las democracias actuales. En ausencia de cualquier procedimiento de selección que prime la calidad intelectual y el temple moral de los candidatos al poder por encima de su capacidad de manipular capciosamente a las masas, el sistema se dirige hacia un callejón sin salida. Llega entonces la hora de los farsantes y los demagogos, años de incompetencia, estancamiento y rapiña ocultos bajo discursos de supremacismo ideológico y enfrentamiento civil.
Libros como el de Alejandro Rodríguez de la Peña invitan a cuestionar algunos de los dogmas impuestos por el discurso dominante. El desprecio oficial hacia la Edad Media ha servido para ensalzar, por contraste, la era de progreso en cuyo centro se supone que todavía tenemos la suerte de vivir. Pero el conocimiento a fondo de la historia —que nos lleva tanto a evitar la idealización de cualquier época pasada como a no incurrir en el error de juzgarla con los parámetros actuales— nos depara una perspectiva diferente de la realidad en la que nos encontramos. Una realidad donde, a poco que rasquemos en la costra de coloridas apariencias y eslóganes alucinógenos que recubre la superficie de los días, descubrimos un desierto cuyo avance es imperativo detener.