«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Santanderino de 1965. De labores jurídicas y empresariales, a darle a la pluma. De ella han salido, de momento, diez libros de historia, política y lingüística y cerca de un millar de artículos. Columnista semanal en Libertad Digital durante once años, ahora disparo desde La Gaceta. Más y mejor en jesuslainz.es

Consenso inconsensuado

29 de junio de 2026

Ya llegó el verano, ya llegaron las olas de calor nunca vistas, ya llegaron las noticias alarmantes, los horrores apocalípticos y los insultos a los ignorantes que siguen empeñándose en pedir calma y en llevar la contraria.

En esta envidiable época nuestra de democracia y libertad de expresión, las discusiones sobre el cambio climático antropogénico se suelen zanjar con el argumento de que el debate está cerrado por consenso científico universal. Pero ni este ni ningún otro debate científico puede estar cerrado puesto que siempre se pueden descubrir nuevos datos que cuestionen lo que antes fue tenido por indiscutible. Un ejemplo clásico fue el debate entre geocentrismo y heliocentrismo. Y otro, muy candente en la antropología de los siglos XIX y XX, fue el que enfrentó a los partidarios del monogenismo con los del poligenismo.

Además, las verdades científicas nunca se han establecido por consenso, sino por demostración, incluidos los casos en los que la opinión finalmente demostrada como cierta fue sostenida por uno contra el mundo. Darwin, por ejemplo. La aplicación del sufragio universal al terreno científico es la mayor aberración imaginable de la ciencia y de la democracia.

La primera acusación falsa que se lanza contra los que no comparten el llamado consenso es que son negacionistas, algo así como si se negaran a aceptar la evidencia de que la Tierra no es plana. Pero ninguno de ellos niega que el clima cambie. Evidentemente, el clima no puede dejar de cambiar del mismo modo que el tiempo cambia de un día para otro y de una hora para otra.

Lo que sí niegan, o al menos ponen en duda, es la magnitud de eso que se llama cambio climático antropogénico porque constatan que el principal determinador del clima de la Tierra es el sol. Frente al poder de la estrella de nuestro sistema, cualquier otro factor es irrelevante, empezando por un CO2 que nunca ha influido en el cambio de temperatura y en cuya generación tiene el ser humano tan poca responsabilidad. Pero los adalides del consenso no admiten discusión: el responsable es el ser humano. Un ejemplo entre un millón: en julio de 2023 se presentó el informe climático de la Organización Meteorológica Mundial y el Servicio de Cambio Climático Copernicus, cuyo director, Carlo Buontempo, sentenció que “las emisiones antropogénicas son la causa última de estos aumentos de temperaturas”. Haciéndose eco de este informe, el secretario general de la ONU António Guterres insistió en que “para los científicos es inequívoco: los humanos son los responsables”. Punto final. Hasta el papa Francisco, en su exhortación apostólica Laudate Deum, de 2023, pontificó que “ya no se puede dudar del origen humano –antrópico– del cambio climático”. Y atribuye la culpa a los gases de efecto invernadero, en concreto al CO2.

¿También se sale uno del consenso por dudar de la capacidad del ser humano, al menos en el actual estado tecnológico, para predecir cómo será el clima a largo plazo? Hasta los más ignorantes legos que atendemos a los pronósticos meteorológicos del telediario sabemos que la predicción no es posible más allá de unos pocos días. Ningún científico puede asegurar cómo va a ser el tiempo en determinado lugar dentro de un mes. Sin embargo, se nos anuncia como hecho demostrado y consensuado lo que sucederá en siglos futuros.

No poca de la información con la que se nos bombardea para convencernos de la indiscutibilidad del cambio climático antropogénico está muy lejos de ser indiscutible, como asimismo explican esos científicos que osan salirse del consenso. Uno de los temas estrella es, sin duda, el del aumento del nivel del mar y la subsiguiente inundación de las costas debido al derretimiento de los hielos polares. Más del 90% del hielo de la Tierra se encuentra en la Antártida, que, por cierto, ha ganado hielo en las últimas décadas mientras el Ártico lo perdía. Además, la temperatura media anual del continente polar meridional es de -15º, y la de su interior, donde se acumulan los mayores espesores de hielo, de -57º, por lo que, incluso con el hoy por hoy indemostrable aumento de dos o tres grados que los más pesimistas prevén para el final de este siglo XXI, seguirá estando muy por debajo de la temperatura de derretimiento.

Groenlandia, por su parte, representa el 9% del hielo mundial. Por lo que se refiere al hielo ártico –menos del 1% del hielo mundial y cuyo 89% ya está sumergido–, al derretirse devolverá al mar el mismo volumen de agua que tomó cuando se congeló. El nivel del agua no sube cuando el hielo flotante se derrite. Su eventual derretimiento, por lo tanto, no afectaría a la subida de nivel de los océanos. Compruébenlo echando un par de cubitos de hielo en un vaso de agua lleno hasta el borde. Esperen un rato y comprobarán que, cuando se hayan derretido, no se habrá derramado ni una gota.

Pero, ojo, no se lo comente a su vecino ni a su cuñado, pues se arriesga a que le acusen de ignorante negacionista que no acepta el consenso científico. Y ése será el insulto más suave.

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