Editor jefe de La Gaceta de la Iberosfera. Ex director de La Gaceta de los Negocios, Revista Chesterton y La Gallina Ilustrada. Ex vendedor de juguetes en El Corte Inglés. Voluntario de la Orden de Malta.
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Editor jefe de La Gaceta de la Iberosfera. Ex director de La Gaceta de los Negocios, Revista Chesterton y La Gallina Ilustrada. Ex vendedor de juguetes en El Corte Inglés. Voluntario de la Orden de Malta.

No podemos consentirlo

El rumor se había extendido por la sede del partido. “No podemos consentirlo”, dijo García. “Ella es un símbolo de esta lucha secular.
Si se enterase alguien, sería muy complicado…”. Satrústegui gritó: ¡Que nadie entre en su habitación! Hay que poner a nuestros hombres en los pasillos de la planta y en las escaleras de la Clínica”. Rodríguez se volvió de inmediato: “¿Está en una clínica? Me, o sea, yo, eh, me refiero, que no está en un hospital público, sino en uno privado, ¿eh?”. García miró de reojo a Rodríguez, que era un utópico, e hizo un ademán de discutir aquello más tarde. Arroyo se volvió hacia el secretario: “¿Y por qué no ponemos agentes de la Brigada? Me refiero agentes nuestros, de los leales…”. García asintió con la cabeza: “Buena idea.

 

Despierta al comisario Sánchez, dile que llamas de mi parte, él sabrá qué hacer”. Mientras tanto, Rebolledo llevaba seis horas escondido en un carro de ropa sucia de la lavandería del hospital. A una señal convenida –cuatro toques rápidos y dos pausados– de un enfermero conchabado, Rebolledo saltó del carro y se metió en la habitación. Allí estaba ella, con la mirada perdida en un esquina de la habitación y la agonía convertida en una mueca en su boca.
Rebolledo sacó de un bolsillo de la bata verde un pequeño crucifijo cuya exhibición pública estaba prohibida desde 2019. Ella miró y suspiró. Rebolledo se acercó deprisa y susurró: “Tranquila, soy cura”. Luego, hizo la señal de la cruz y se colocó de espaldas a la puerta y muy cerca de aquella mujer: “Hija mía, me han dicho que quieres confesar; dime, ¿te arrepientes de tus pecados?”. Ella cerró los ojos y una lágrima corrió por su mejilla agrietada. “Ay, padre, lo de los acuerdos con la Santa Sede…”. El sacerdote tomó su mano. “Olvídate de eso, ¿te arrepientes de tus otros pecados?”. Ella giró la cabeza y miró hacia una esquina de la habitación en la que había una sombra extraña y sobrenatural que se acercaba despacio y gimió: “Ay, sí”.

 

Él apretó su mano. “Ya está, hija, ya está, tranquila ahora”. Ella le tomó de la pechera de la bata y dijo con sus últimas fuerzas: “¿No se lo dirá a nadie, verdad?”. El sacerdote rizó una sonrisa y le dio unos golpecitos paternales en el hombro: “Tranquila, hija mía; si no es tan raro. A la hora de la verdad, todos llaman a un cura”.

 

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