«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Escritora y artista hispano-francesa. Nacida en La Habana, Cuba, 1959. Caballero de las Artes y Letras en Francia, Medalla Vérmeil de la Ciudad de París. Fundadora de ZoePost.com y de Fundación Libertad de Prensa. Fundadora y Voz Delegada del MRLM. Ha recibido numerosos reconocimientos literarios y por su defensa de los Derechos Humanos.

Marjane Satrapi: morir de tristeza, morir de amor, morir de Irán

6 de junio de 2026

La autora de Persépolis, exiliada, insumisa y luminosa, murió en Francia a los 56 años, poco más de un año después de la muerte de Mattias Ripa, su esposo y compañero de creación. Este es mi homenaje a una mujer que convirtió el dolor en verdad y la memoria en resistencia.

Otra vez la muerte, «siempre la muerte, su paso breve», recordarán el verso lezamiano. Pero hay muertes que no irrumpen: se sedimentan. No llegan con estruendo, sino con una lentitud de ceniza, de sombra, de frío, hasta ocuparlo todo. La de Marjane Satrapi ha sido, me dicen, una muerte de tristeza, un año y poco después de la muerte de Mattias Ripa, su esposo, su compañero, el amor de su vida. Y yo lo creo. Lo creo porque hay dolores que no hacen ruido y, sin embargo, devastan. Lo creo porque algunas mujeres cargan no solo con su herida íntima, sino con la herida de un país entero. Y Marjane llevaba dentro a Irán como se lleva una patria perdida: clavada en la carne, respirando en cada palabra, en cada dibujo, en cada combate.

Nos encontramos varias veces para hablar de derechos humanos en Irán y en Cuba, y no exagero si digo que aquellas conversaciones permanecen en mí con una nitidez singular. No eran intercambios de cortesía entre artistas ni una de esas charlas previsibles donde la corrección política disimula la falta de coraje. En Marjane todo era verdad: la indignación, la lucidez, la memoria, la compasión sin sentimentalismo. Hablaba de la barbarie con una claridad feroz, pero también con esa ironía suya, seca e inolvidable, que era otra forma de inteligencia y también de defensa. Había en ella una valentía sin aspavientos, una manera de mirar el horror sin bajar los ojos y sin dejar que el horror le robara la belleza. Eso la hacía excepcional: su negativa a concederle al verdugo la última palabra.

La autora y cineasta franco-iraní Marjane Satrapi, creadora de Persépolis, convirtió el exilio, la memoria y la insumisión en una obra inmensa. Su vida en Francia nunca fue una renuncia a Irán, sino otra forma de seguir peleando por él. Su voz se alzó durante años contra la teocracia iraní, en defensa de las mujeres, de los perseguidos, de los encarcelados, de quienes no podían hablar sin ponerse una soga al cuello. Y quizá por eso su tristeza no venía solamente de la muerte de Mattias, aunque esa ausencia debió de partirle el alma: venía también de esa larga agonía de su país, de esa patria secuestrada por fanáticos, de esa historia interminable de verdugos y silencios.

Con Persépolis, Marjane Satrapi hizo algo muy raro y muy grande: volvió universal una experiencia sin despojarla de su raíz. Contó la revolución islámica, el fanatismo, la guerra, la represión, el exilio, la adolescencia desgarrada entre dos mundos, sin pedir permiso y sin pedir perdón. Lo hizo con una línea aparentemente sobria y con una fuerza narrativa que desarmaba cualquier coartada ideológica. Sus páginas recordaban al lector occidental algo que no debería olvidar jamás: que detrás de cada régimen totalitario hay vidas concretas, familias, amores, humillaciones, valentías, y que ninguna tiranía tiene derecho a secuestrar la complejidad de un pueblo. Por eso su obra no pertenece únicamente a la historia del cómic o del cine, sino también a la historia moral de nuestro tiempo.

Su vida en Francia, donde se instaló definitivamente en los años noventa y obtuvo la nacionalidad francesa en 2006, nunca significó una renuncia a Irán, sino otra forma de seguir peleando por él. Hasta el final alzó la voz contra la teocracia iraní, en defensa de las mujeres, de los perseguidos, de los encarcelados, de quienes eran castigados por pensar, por amar, por mostrar el cabello o por no inclinar la cabeza. En los últimos años se implicó de manera visible en la defensa del movimiento “Mujer, Vida, Libertad”, recordándole a Europa que la solidaridad no puede ser una consigna vacía ni una elegancia diplomática. Marjane sabía que el exilio no exonera: obliga. Y ella asumió esa obligación con una dignidad infrecuente.

Y estaba, además, la otra devastación: la muerte de Mattias Ripa en abril de 2025, ese compañero de vida y de trabajo que participó en tantos de sus proyectos y cuya ausencia, según dijeron sus allegados, la dejó quebrada. Existen amores que no admiten sustitución porque no es que ocupen un lugar en la vida: la organizan entera. A veces uno sigue respirando después de perderlos, pero ya no vuelve exactamente a vivir.

Me cuesta no pensar que en Marjane se juntaron ambas desolaciones: la del amor arrancado y la de la patria herida. Dos formas del desgarro, dos maneras de quedarse sola frente al mundo.

Era una gran mujer, valiente, y una artista inconmensurable. De esas que no crean una obra inmortal para asegurarse un lugar en la posteridad, sino porque no saben vivir de otro modo que diciendo la verdad. De esas que despiertan una conciencia en los demás. De esas que nos obligan a recordar que el arte, cuando es verdadero, no adorna el mundo: lo desenmascara. Marjane tenía ese don y ese coraje. Su inteligencia no era decorativa, su irreverencia no era un gesto, su libertad no era un lema. De ahí que su muerte duela más allá de la admiración. Duele como duelen las pérdidas que empobrecen la libertad, que dejan un hueco en la conversación moral de una época.

Este es mi homenaje para ella: para la mujer que hizo del dolor una forma de verdad, de la memoria una forma de justicia y de la belleza una forma de resistencia. Para la amiga valiente, para la artista inmensa, para la exiliada que jamás se resignó al silencio. Ojalá haya encontrado, por fin, la paz que ni el amor perdido, ni el destierro, ni la crueldad de los hombres le permitieron encontrar aquí. La lloramos en Francia, la lloran los exiliados, la lloran los libres. La lloran las mujeres que pelean contra la humillación, los hombres que aún creen en la dignidad y que saben amar a las mujeres por el mero hecho de ser auténticos caballeros, los pueblos que esperan despertar de sus dictaduras. La llora el mundo y la llorará el universo. Y sin embargo, mientras exista una muchacha en Teherán, en La Habana o en cualquier otra ciudad del miedo, dispuesta a desafiar al poder con su cuerpo, su voz o su memoria, Marjane Satrapi no habrá muerto jamás. Te quiero, amiga; te querré siempre.

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