«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Hughes, de formación no periodística, es economista y funcionario de carrera. Se incorporó a la profesión en La Gaceta y luego, durante una década, en el diario ABC donde ejerció de columnista y cronista deportivo y parlamentario y donde también llevó el blog 'Columnas sin fuste'. En 2022 publicó 'Dicho esto' (Ed. Monóculo), una compilación de sus columnas.

La victoria de los pechofríos

20 de julio de 2026

La Selección se vive de otra manera. Es verano, las ventanas están abiertas y todo el mundo ve el partido. Por las cosas de la tecnología, la imagen llega a las casas a velocidades muy distintas. En mi barrio los goles aparecían como fuegos en un valle. Alguien lo canta a lo lejos; luego, a los veinte segundos, se oye un fuerte grito de gol ya cerca, y a los cuarenta estalla un júbilo general. Yo he tenido la mala suerte de que el gol llegara a mi tele pasado el minuto y medio (la pelota aun en poder de Cubarsí), de manera que con el paso de los partidos, mi «ver España» era sí, ver a España, pero también escuchar a mi barrio. La mirada perdida en la tele, y la atención en la calle. No tanto los goles como el reflejo de los goles en la gente.

La Final era un contraste llamativo. El himno argentino se vivía con un patetismo desencajado. Me ha dado la impresión, con todo respeto por los aficionados argentinos, que en ello había también un fenómeno inflacionario. Todos tenían que ir inflando un poco la cosa. Un hincha se apasiona, el de al lado no va a ser menos, el de River, por ejemplo, no va a animar menos que el de Boca, y esto introduce una rivalidad en los medios, a ver quién es más argentino, más dramáticamente argentino, y de ahí pasa a los futbolistas, que han de darlo todo, responder a la afición, y «morir con gloria» como dice el himno, si es necesario, literalmente. Uno refuerza al otro, nadie puede bajarse (bajarse de bancar, bajarse del aguante).

Enfrente, España. Si pusieran cara de emoción en el himno, la mitad de los futbolistas encontrarían un problema al volver. Tampoco hay letra. Sonó un cuarteto de metales (valenciano, creo), y toda la pasión tembló en una línea del trombón. No hacía falta más.

Argentina salió a pechear, y consideraba a los españoles «pechofríos», una de esas palabras argentinas para el sin alma, el desapasionado, el indolente.

Pero España no necesitaba gestos efectistas, ni golpes de pecho porque tenía el fútbol. El equipo incorpora como si nada todas las revoluciones. Unai hace de libre sin darse importancia, Oyarzabal de falso nueve, los extremos invertidos, y Fabián de interior-organizativo que se desencadena de Rodri y construye por dentro, echando paredes como favores con todo el que encuentra, en lo que parece un homenaje a aquel primer fútbol del Buitre que nacía de la asociación.

España logró un Comaneci futbolístico, un 10. Una excelencia total. Le faltó la famosa «pegada», tener una superfigura arriba, ya que Lamine, el llamado a serlo, no estuvo del todo. Le hacían tantas faltas que parecía más Vinicius que Yamal.

Pero si hubiera tenido su Messi, su Cristiano, incluso su David Villa, España quizás no habría sido la misma. Logró España una revolución defensiva, un nuevo catenaccio por otros medios, llegando, mandando, jugando, Argentina era como una masa humana indistinguible de cholismo exacerbado y solemnizado coronado por el miedo de Messi, porque más que Messi era el miedo que provoca Messi, un miedo que tras veinte años se nos hizo acto reflejo. Pero durante muchos minutos, solo vimos de él una mirada Negreira que le echó al árbitro cuando osaron hacerle una falta.

El juego de España ya no es cruyffista, es español y se caracteriza, en su pico más alto, que ellos lograron, por la concentración total. Como Nadal. Es una mezcla de método, talento, disciplina e inteligencia.

La labor de España fue la lenta erosión de la roca, con pleamares de fútbol afilado y rápido, un par de jugadas a un solo toque que acababan en Oyarzabal, como si solo él pudiera trabajar a esa velocidad.

Pudo España marcar, uno se lo anularon, pero no perdió el aplomo. Controló sus emociones. Dio un ejemplo de saber estar, de elegancia en las formas como si El Estilo hubiera encontrado la vieja hidalguía.

La tensión del partido la aliviaban los famosos. Vimos a Trump coger la copa. ¿Cómo no iba a interesarse si es de oro? Era un objeto trumpiano.

En el descanso volvió Shakira. Su cadera, instrumento de globalidad a punto de separarse del cuerpo, se aviene bien con el toque español y era todo un déjà vu de Sudáfrica.

Del vestuario salían los argentinos de nuevo con un cierto efectismo. Caminan detrás de Messi como si fueran un pranato. De nuevo, sentimos esa sensación sospechosa de teatralidad. De representación de cosas alrededor del fútbol. Casi todo era otro fútbol, alterfútbol.

Scaloni lo hizo bien metiendo a Paredes, que luego se extralimitó. Eran cuatro medios con universos borgianos tatuados entre los que se movía sinuoso, altivo, introvertido y auxiliar el maravilloso jugador Fabián, modernidad suma del fútbol.

Cuando la tensión se hizo mayor, percibimos que el individualismo de Lamine, por ligero que fuera, chirriaba un poquito. Tal era la calidad del mecanismo general. O sea, el intento legítimo de una figura queriendo encarar, insistir, parecía romper una dinámica superior.

Entraron Merino, la irrupción, y Ferran, la disrupción del desmarque, y España presionó, acogotó, e hizo que apareciera el auténtico líder de esta Argentina, que yo creo que ha sido el portero Dibu Martínez y con él la amenaza de penaltis.

Había nervios, pero al ver a Sergio Ramos se nos pasaban un poco.

La selección mezcla todo, carnaval del fútbol. En la tele pública hablaban con sorna del cholismo y los madridistas ahijábamos una delantera culé.  

El gol anulado fue doloroso. Sentí el paulatino estruendo vecinal y lo celebré, hice el Higuaín pero fue como llegar último a un sartenazo.

En esos minutos, mi atención estaba ya en el ruido de la calle. El silencio me parecía temible. ¿Y si había marcado Argentina? Recordé a ese hombre mexicano que se hizo viral a principio del Mundial, cuando eliminaron a México y él lloraba desconsolado dando vueltas en el suelo como una cucaracha rociada con raid

En el descanso de la prórroga, la mayoría de las personas ya negociaba con el destino: vale, dime qué tienes preparado, pero España seguía admirablemente en «darle velocidad a la pelota», como Nadal en el tie break del último set.

Entonces sucedió.

Cuando de la calle llegó el primer grito de gol, no me lo quise creer; pero luego llegaron otros, y luego una tercera ola y luego ya el estruendo (no sé si de los abonados de Movistar) y al final de todas esas fibras ópticas, de rodillas yo en el suelo, a oscuras el salón, llegó hasta mi tele el gol de Ferran, valenciano de Foyos, tras hacer Williams la de Archibald.

Mi niña de un año, que duerme peor que un autónomo, descansaba por fin, y yo no podía gritar, pero saqué medio cuerpo de la ventana, como si fuera a limpiar los cristales, para que mi voz se proyectara fuera y, ya técnicamente en la calle, grité.

Y de mis ojos, no tengo por qué ocultarlo, caían unos lagrimones inexplicables de niño o de señor mayor.

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