«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Julián Montenegro no existe. Existe un hombre que firma así, y para una columna basta. Durante veinte años se ganó la vida en Buenos Aires escribiendo memorias de otros: empresarios retirados, un campeón wélter venido a menos, alguna viuda con archivo y rencor. Antes había hecho lo mismo en España, con la diferencia de que aquí sus clientes salían en los periódicos. Entre encargo y encargo hizo noches en la recepción de un hotel de la Avenida de Mayo, donde aprendió más de España que en España. En sus recuerdos, que nadie puede comprobar, hay un boxeador de Marsella, un farero portugués y un camarero de Valladolid que servía el vino como quien administra la extremaunción. Puede que alguno sea inventado. Él sostiene que eso no los hace menos ciertos. Ha vuelto a Madrid con dos maletas, una agenda llena de muertos y la intención de firmar por primera vez con un nombre. Este, que tampoco es el suyo.

Todo en regla

3 de septiembre de 2026

La madrugada del 10 de febrero, a las tres y diez, Herminio Salces Otero encendió el horno de la panadería La Espiga, en Cervera de Pisuerga, como lo había encendido su padre y como antes lo encendió su abuelo, que levantó el obrador en 1953 con un saco de harina fiado y un reloj de pared al que puso diez minutos de adelanto para que el pan no esperara nunca a nadie. El reloj seguía allí, con su mentira piadosa intacta, y seguía la liturgia entera: la masa madre alimentada la víspera la artesa donde la masa se despegaba con un sonido de bota saliendo del barro, el silencio de la calle, el olor que a las siete y cuarto cruzaba la plaza y se colaba por los balcones entornados como un vecino de confianza. Herminio tenía sesenta y un años, las cejas siempre blancas y un oficial, Braulio, que llegaba a las cuatro en un Citroën Berlingo con la radio puesta y los faros comidos de polvo.

En marzo subió de una asesoría de Palencia un muchacho de gafas sin montura que olía a colonia de coche nuevo y traía una tableta bajo el brazo. Explicó lo que venía: el registro de jornada iba a ser digital, el papel quedaba prohibido, cada entrada y cada salida dejarían un rastro que nadie podría tocar y la Inspección podría asomarse a las horas del obrador desde un despacho lejano, sin pisar la harina. El muchacho no era mala gente. Cobraba por traducir el boletín al cristiano y lo traducía con esmero. Herminio firmó donde le señalaron. Desde esa noche fichó: apoyaba el índice enharinado en la pantalla y la tableta contestaba con un pitido cortés de microondas. Al cerrar el primer mes, el muchacho volvió con los números y se los enseñó con pena de médico. «Tus madrugadas no caben, Herminio», dijo. «El pan no lo ve nadie. Las horas las ve todo el mundo».

Herminio probó todo lo que un hombre honrado puede probar. Probó a fichar a las seis y amasar antes a oscuras, con la tableta dormida, hasta que le explicaron que aquello tenía un nombre feo y una multa de las nuevas, de las que se cuentan por cada trabajador. Probó a repartirse la noche con Braulio, y de aquel reparto salió otra cuenta imposible y un oficial que se dormía contra la amasadora. Probó incluso a explicarle al muchacho que la masa lleva sus tiempos, que fermenta cuando quiere y no cuando conviene, que el pan de verdad se hace mientras el pueblo sueña, y el muchacho asintió mucho, apuntó algo en la tableta y prometió elevar la consulta. La consulta, que Herminio supiera, seguía subiendo. En el pueblo nadie se enteró de nada, porque estas guerras se pelean de noche y en silencio, entre un hombre y una pantalla, mientras el pan sigue saliendo caliente y el pueblo sigue creyendo que el mundo está en orden.

En junio pasó una tarde entera con un lápiz de carpintero y el cuaderno de los pedidos, y tomó la decisión. Dejó de amasar de noche. Un polígono de Valladolid le mandaba ahora el pan congelado en una furgoneta blanca con una espiga estilizada en el costado, la misma espiga de todos los polígonos de España, barras dormidas en sus bandejas de plástico, y él las metía al horno a las ocho y diez, ya fichado, ya dentro de su casilla, con Braulio al lado bostezando a una hora por fin legal. El olor dejó de cruzar la plaza: se quedaba en la tienda, corto, como de cosa recalentada. Los viejos del bar dijeron que el pan sabía a nuevo, que es lo peor que puede decirse de un pan. Aquella misma semana, Herminio se subió a una silla y puso en hora el reloj del abuelo por primera vez en setenta y tres años. Ya no había pan al que esperar.

A finales de julio volvió el muchacho a cerrar el trimestre. Miró la pantalla, donde las jornadas cabían todas en su casilla verde, y sonrió con el alivio de quien devuelve a un enfermo al pasillo de los leves. «Enhorabuena», dijo, guardando la tableta. «Todo en regla». Y era verdad.

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