«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Quince años en el diario líder de información económica EXPANSIÓN, entonces del Grupo Recoletos, los tres últimos años como responsable de Servicios Interactivos en la página web del medio. Luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico ALBA, escribió opinión en ÉPOCA, donde cubrió también la sección de Internacional, de la que fue responsable cuando nació (como diario generalista) LA GACETA. Desde hace unos años se desempeña como freelance, colaborando para distintos medios.

Contra Andersen

16 de octubre de 2025

Los estereotipos existen porque son ciertos casi siempre, igual que las expresiones manidas lo son porque suelen explicar eficazmente alguna realidad más o menos sutil. Por eso procuro reprimir mi injusta impaciencia ante la millonésima referencia a 1984 (el libro, no el año) o ante una nueva mención del cuento de Christian Andersen, El traje nuevo del emperador.

Ya conocen: una verdad evidente que nadie se atreve a expresar hasta que uno lo hace a voz en grito e, inmediatamente, como una presa que se rompe, todo el mundo admite la verdad reprimida en una orgía de libertad de expresión y conocimiento compartido.

Así que no, no puedo reprochar a la alegoría de Andersen que se traiga a colación en el debate público una y otra vez. Mi inquina contra el cuento es otra, a saber: que las cosas no van así, su final no es lo que hubiera sucedido en el caso de que la historia fuera cierta.

Me imagino un final más Tarentino para la historia. El niño inocente grita que el emperador está desnudo y, a su alrededor, las masas se vuelven contra él y le despedazan indignadas. Alternativamente, en un final menos ‘gore’, le ignoran o le dicen, simplemente, que deje de molestar.

Ahora, yo he abusado como el que más de la fábula y celebrado, como de cajón, su final convencional, que superficialmente parece el más razonable. Sólo que la realidad, que no siempre es razonable, me ha llevado a concluir que ese final no es realista.

Y aquí viene mi reinterpretación del cuento: no es que la gente apiñada en la plaza ignorara lo que le decían sus ojos, ni que desconocieran que sus vecinos veían lo mismo que ellos. Es que no querían reconocerlo, no les convenía reconocerlo. Era, de algún modo, una mentira tácita y colectivamente aceptada.

Desde toda la columnata facha nos desgañitamos denunciando la desnudez que quieren hacer pasar por vestido majestuoso, y sólo nos llevamos indiferencia o palos. Es desolador.

Es imposible no ver todo lo que tenemos delante. Es imposible no ver que nuestros gobernantes son una panda de facinerosos que nos desprecian y cuya única preocupación es el reparto del botín, con más prisa cuanto menos queda.

Es imposible no ver que a los españoles no se nos gobierna desde España, que las decisiones que se toman no nos favorecen y que, casualmente, coinciden con las que se adoptan en todas partes, con independencia de la voluntad popular o el interés nacional.

Es imposible no ver que nuestras democracias son una farsa, que en el asunto que más nos importa, la sustitución demográfica, nuestra opinión es despreciada olímpicamente por nuestros presuntos representantes.

Es imposible no ver que todo lo que se aprueba va en la misma dirección siniestra de empobrecernos, controlarnos y esclavizarnos; de constituir dos castas incomunicadas, los que tienen todo y los que no tienen nada (y no, no son felices).

Mientras, un verificador oficial con el dedito levantado explicará a la masa que, en realidad, el traje de Su Majestad Imperial es de una muselina traslúcida tan delicada y sutil que, bajo el efecto de la luz a determinadas horas del día, transmite al populacho ignorante cierta impresión de desnudez, que el fascismo se obstina por oscuros intereses en interpretar como que está en pelota picada.

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