Creer en el bien, la verdad y la belleza. Creer en Dios y en la Reina de los Mares. Creer en la vida sencilla, en la ley natural, en el valor de esfuerzo, en la generosidad. Creer en los paisajes dorados de verano, en la orilla rizada y blanca del mar, en el sentido común, y en la gracia de los pájaros cantores.
Creer en los libros que nos sustentan, en los poemas de Manuel Machado, en el cine que aún no vimos, y en todos mis discos. Creer en el amor, en la familia, y en los amigos para siempre. Creer en la cerveza fría en las noches tibias de verano, en los recuerdos que guardamos en el fondo del corazón, y en la columna de humo que, como la firma nerviosa de un escritor, asciende de la chimenea cada invierno.
Creer en poco, creer en la nación que es patria, creer en el bastión de la esperanza, creer en la libertad, pero también en la responsabilidad. Creer solo en aquello que somos, que nos constituye, que queremos ser.
No necesitas una gran filosofía para ser feliz, para ocupar tu lugar en el mundo de una manera en que tus hijos puedan sentirse orgullosos de ti el día que no estés. Porque no estarás, no estaremos. En parte era esa la pesadilla de Enrique Urquijo, que nunca se cumplió, cuando cantó a su hija en Agárrate a mí María: «no quiero, si desaparezco / que nadie recuerde quién fui».
Al cabo del tiempo, alguien te llevará una flor en silencio al pie de la tumba, repasará despacio con los dedos las letras de tu nombre, retirando el polvo de los días sin olvido, y arrojará una oración al buen Dios, a medias entre la gratitud y la súplica. Entonces sabrás que lo has hecho bien. Que todo está bien aquí, al otro lado del infinito, donde aún nacen esos “nuevos cielos de escarlata” que glosó Foxá.
Las ideas mueven el mundo. Está bien que sea así. Esta es una jungla siempre en construcción y deshacer con la razón la madeja del caos y los días grises es parte de nuestro deber, el de continuar el legado de los que nos precedieron haciendo de esta cárcel un lugar más habitable. Pero en realidad tan solo nos llevaremos de aquí el amor que dimos, el bien que hicimos, y todas aquellas veces en que logramos torcerle el brazo al mal. Nos lo llevaremos y, a su vez, lo dejaremos.
En estos días de verano, cuando vuelven a conmoverme las puestas de sol marineras y la sal de los mares nos devuelve la piel suave de los niños que un día fuimos, se me aparece el fantasma de una vida sencilla, siempre añorada, como si fuera un deseo atávico. Algo para quemar un noviembre, las vaporadas del puchero a media luz, la foto amarilleada de mis abuelos, y la sonrisa serena de los que amamos.
No a la prisa, no a las grandes ambiciones, no a las pequeñas contiendas en las que enterramos nuestras fuerzas a menudo tan estúpidamente. No al terror, no a los edificios enormes que se pierden entre los cielos, no a las burocracias deshumanizantes que padecemos. No al llanto del telediario, no a la arquitectura salvaje y cruel del siglo XX, no a las mil maneras en que el mal se dibuja en la cara de todos los enemigos de la libertad. No a todo lo que no sea esta playa, este lentísimo atardecer, y esa voz familiar que nos acompaña, entre silencios, trayendo al presente recuerdos de ayer; mañana, la playa, el atardecer y la misma voz, serán otra fotografía imborrable en la memoria, cuando hablemos de «aquel verano» para referirnos a este.