Son muchos los que atribuyen la decadencia de la civilización musulmana, tan gloriosa en su día, al ‘cierre de las puertas de la ijtihad’, cuando se dio carpetazo a la interpretación del Corán y se impuso una mentalidad fatalista. Si todo depende en exclusiva de la voluntad de Alá, si todo lo que existe y sucede es causado directamente por Alá, no tiene mucho sentido esforzarse, innovar, emprender, descubrir.
Lo sorprendente es que nuestra civilización occidental moderna, basada en el principio contrario, el del progreso, está cayendo de lleno en un pozo similar de fatalismo oriental, al menos en la esfera política. ¿Se han dado cuenta? La respuesta a las reivindicaciones de muchos es a veces ideológica, pero más a menudo es meramente determinista: no se puede, es imposible.
Hay como una forma de parálisis de la voluntad que afecta a todas las medidas que podrían sacarnos del abismo en que estamos cayendo. No sólo es inmoral desear una patria razonablemente homogénea y cohesionada; es, además, inalcanzable. No se trata sólo de que nos llamen malvados desde la Conferencia Episcopal por desear la deportación de los que han entrado ilegalmente en nuestro país: nos dicen que está, además, más allá de las posibilidades de la política práctica.
Pero cuando uno está a punto de alzarse de hombros suspirando un resignado «¡Inshallah!» ante tantas confesiones de impotencia política, descubre, por otro lado, todo lo contrario, el absoluto opuesto. Desear algo que siempre hemos tenido, como una sociedad española formada abrumadoramente por españoles, cierta seguridad en la calle, una vivienda asequible y esa vieja promesa de que nuestros hijos vivan mejor que nosotros (o que nos quedemos como estábamos, en el peor de los casos) lleva a nuestros políticos a negar pacientemente con la cabeza, como el padre a quien su hijo pequeño pregunta por qué no saca millones de euros del cajero automático.
Las cosas no funcionan así, vienen a decirnos. Misteriosamente, lo que hemos tenido siempre es ahora un imposible, es vivir en un mundo de fantasía y creer en las hadas. Pero, al mismo tiempo, nos dicen con el gesto más serio del mundo que, chasqueando los dedos, podemos convertirnos en mujer siendo hombre, o viceversa, a todos los efectos.
Nos dicen que el encarecimiento de la vivienda no tiene nada, pero nada que ver con el hecho de que entren de golpe uno o dos millones de gente de fuera sin que se construyan nuevas viviendas.
Nos dicen que esa misma entrada de millones de países donde se cobra una miseria y no hay derechos laborales no va a afectar a los salarios ni a la calidad del empleo.
Nos dicen que un tipo que acaba de llegar del Sahel sin saber nada de España y chapurreando apenas el español es, en el mismo instante en que se le da un DNI, tan español como Blas de Lezo.
Es como si pudiéramos tener las cosas más locas, las más imposibles y fantásticas, pero se nos negasen las más sensatas y pedestres.
Pero en esta concordancia de extremos, entre la concesión de lo más fantástico y la negativa de lo más común, se da una diferencia fundamental dentro del espacio político: la izquierda siempre puede; la derecha, nunca. La izquierda se atreve; la derecha se achica. El PP recuerda a los padres de Ned Flanders, de los Simpson, excusándose ante el psicólogo de su hijo: «¡Hemos hecho nada y ahora ya no sabemos qué más hacer!».
De Rajoy sospechamos que hizo fotos al llegar a la Moncloa para dejarlo todo como estaba cuando volvieran, inevitablemente, sus legítimos dueños, los socialistas. No es que gobernara mal, es que no gobernó en absoluto, se limitó a administrar. Ahora nos dicen, un poner, que no pueden tocar las aberrantes leyes del aborto vigentes porque ya hemos pasado página. O sea, que nunca se lo creyeron o es que ahora mover el asunto exigiría una dosis de eso que les es tan ajeno, voluntad política. Mejor no tocar nada, no vaya a ser que rompamos algo.
A la larga, uno acaba sospechando que no es que no puedan, es que no quieren. Es que son los comparsas de los socialistas, el trinquete, ese engranaje que impide a la rueda dentada girar hacia la derecha. Los socialistas imponen una política absurda y suicida y luego llega el PP para convertirla en «posición conservadora».
Pero ahora tenemos otra derecha. O tenemos, al fin, derecha, por mejor decir, una derecha que, queremos creer, sí se atreverá a cambiar y asumir los costes. Crucemos los dedos.