Cuando la izquierda financia a sus enemigos
Cuando la izquierda financia a sus enemigos
Por Carlos Esteban
25 de abril de 2026

El FBI ha iniciado una investigación contra el Southern Poverty Law Center (SPLC) tras conocerse que esta asociación sin ánimo de lucro nacida para combatir el extremismo de derechas ha financiado generosamente a varios grupos supremacistas, los mismos a los que denuncia.

No es poca cosa, porque el SPLC, fundada en 1971 y especializada en elaborar listas negras y organizar protestas, denuncias y boicot contra todo lo que se mueva a la derecha de Hillary Clinton, ha instruido al propio FBI sobre las organizaciones e individuos que debe investigar.

Ser más próspero y llevar más tiempo sin guerras importantes que ninguna otra civilización en la historia ha permitido a Occidente adoptar una curiosa actitud al elegir una ideología o una postura en el debate público. Por primera vez, una enorme proporción de gente elige ideas, no porque respondan a la realidad o porque funcionen, sino porque nos dejan bien, nos hacen parecer moralmente superiores.

Hay una disociación inconsciente que faculta al occidental a, digamos, defender que todo casero es un explotador mientras se posee una docena de pisos de los que el sujeto autocanonizado por su altruista opinión no tiene la menor intención de desprenderse. Sencillamente, sabe que defender esa postura le da puntos y no hace mucho más probable que lleve al fatal resultado.

De esa liberación de la realidad, uno de los aspectos más alarmantes es la negación, tácita o explícita, de los incentivos, de que todo ser humano responde a incentivos, todos hacemos un cálculo de coste y beneficio antes de tomar cualquier decisión, hasta la más banal.

Esto es lo que ha hecho, por ejemplo, que se niegue el «efecto llamada» de medidas favorables a los inmigrantes, como si en África o Hispanoamérica no tuvieran acceso a lo que pasa en España o decidieran venirse aquí en igual número si le ponemos un piso que si les recibimos a palos.

Un corolario a esta respuesta natural al incentivo es que las organizaciones —empresas, agencias u ONG, tanto da— cuyo fin expreso es el de combatir determinada amenaza tiene un incentivo obvio para desear que esa amenaza nunca desaparezca. Nadie habrá tan ingenuo que piense que el CEO de una farmacéutica sueña con un mundo de seres perfectamente saludables que no necesiten para nada sus productos y, de hecho, más de una firma del sector ha pasado por los tribunales por, digamos, querer ampliar la población de clientes potenciales demasiado agresivamente.

Por eso, aunque no deje de ser escandaloso, es comprensible que los responsables del SPLC recen para que el supremacismo blanco esté siempre entre nosotros y nunca deje de ser una amenaza. Sólo que, en vez de rezar, con ese espíritu tan americano de «si quieres que algo se haga bien, hazlo tú mismo», se han lanzado a promocionar financieramente a sus presuntos enemigos, organizaciones tan demonizadas como el KuKluxKlan.

Hay que entenderles: en América, como en el resto de Occidente, no hay grupos supremacistas que representen amenaza alguna, así que a los pocos que pasan por tales hay que mimarles para que no se les mueran y les arruinen el negocio. Todo esto debería llevar a la gente a desconfiar de las organizaciones sin ánimo de lucro, pero he perdido esa esperanza.

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