(Madrid, 1966), licenciada en Derecho por la UCM. Compagina su profesión de asesoría de empresas con colaboraciones en Ataraxia Magazine, El Toro TV y la Fundación Denaes. Española por la gracia de Dios.
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(Madrid, 1966), licenciada en Derecho por la UCM. Compagina su profesión de asesoría de empresas con colaboraciones en Ataraxia Magazine, El Toro TV y la Fundación Denaes. Española por la gracia de Dios.

¿Cuándo se jodió el Perú?

¿Cuándo se jodió el Perú, Zavalita? ¿Cuándo empezamos a votar con la sensación de jugarnos la libertad, la democracia, el futuro de nuestros hijos y la existencia de nuestra patria? ¿Alguien recuerda cuándo el miedo empezó a apoderarse de nosotros?

¿Cuándo? Todo comenzó con el atentado del 11 de marzo de 2004. Algún día se sabrá qué pasó, por qué pasó y cómo pasó.  ¿Para qué murieron casi 200 personas? ¡200 personas! Lo que está claro es que lo que sucedió entre el 11 y el 14 de marzo de ese terrible año cambió el futuro de España e inició un cambio de régimen que hoy ya casi podemos tocar con los dedos. 

(Soy muy consciente de que el hecho de dudar de la verdad oficial del 11M me hace sospechosa de lo peor. No me importa en absoluto. Hasta el día de hoy —en un futuro próximo ya no sé— tengo el derecho a expresar mis dudas sobre una sentencia que dejó serias lagunas sin resolver. Insisto: hasta el día de hoy. Mañana, ya se verá).

Con la llegada de Zapatero al poder, el frentismo se fue instalando poco a poco entre los españoles como una lluvia fina, pero persistente. Muy persistente. De todos los males que trajo a España el infame ZP -que fueron muchos y variados-, uno de los más letales fue la malhadada Ley de Memoria de Histórica. Una ley promulgada con el único propósito de enfrentarnos; de hacer renacer los antiguos bandos fratricidas superados desde hacía muchas décadas. Una ley que nuestros abuelos habrían llorado con amargura. El hecho objetivo es que ahora mismo, 16 años después, desde el seno del Gobierno algunos luchan sin disimulo alguno por la República. Perdón, por las repúblicas. Nos exigen olvidar a las víctimas de ETA, pero nos machacan con Franco y la Guerra Civil. 

Muchos llamaron tonto a ZP. ¡Qué equivocados estaban! Tonto es que el que se pilla los cojones con la tapa de un baúl -disculpen la expresión, pero es bastante descriptiva- y el ínclito jamás se los pilló. Ahí está ahora Zapatero en el Grupo de Puebla, con lo mejor de cada casa y tan feliz como un cerdo en una charca, defendiendo el régimen narcoterrorista de Maduro sin pudor alguno. Se le conoce en los ambientes -en sus ambientes para ser más correctos- como el comisionista. A ver si alguien va a creer que este traidor va y vuelve de Venezuela de gratis. Cuánta inocencia, cuánta ingenuidad, cuánta estupidez y qué cara se va a pagar.

Zapatero no cuestiona la dictadura venezolana, la reivindica. Y el Gobierno de España no sólo no lo desautoriza, sino que la ministra de Exteriores invita a escucharlo con atención. 

¿Acaso alguien duda de que no se ha jodido el Perú? 

Mientras Sánchez llamaba lunáticos a los que denunciamos lo obvio, su propio vicepresidente unas horas antes ya anunció —¿amenazó?— que tenemos gobierno socialcomunista para rato”. ¿A cuál de los dos creemos? En palabras de Marx -el que tenía gracia-: ¿a quién va usted a creer, a Sánchez o a sus propios ojos?

Si Zapatero es un loco fanático del comunismo bolivariano —cosa que no le impide obtener pingües beneficios de su tara—, Sánchez es un loco ególatra sin otra ideología que el poder, capaz de vender a su madre por vivir en La Moncloa. El problema es que su madre es España. Zapatero, Sánchez e Iglesias: una conjunción diabólica.

Sería injusto terminar sin dedicar unas palabras de reconocimiento al papel de Eme Punto Rajoy en este penoso proceso. Al fin y al cabo, la misma responsabilidad tiene Zapatero que puso los cimientos para el cambio de régimen, como Rajoy que no derogó ninguna de sus leyes ideológicas.

Zapatero, Rajoy, Sánchez. Por orden cronológico. 

Pablo Iglesias es el artista invitado. Pedazo de artista.

Lo teníamos todo como nación, pero la dejadez, el desinterés, la comodidad y la cobardía nos han traído hasta aquí. Esto se ha convertido en una ciénaga infecta. Lo más fácil es culpar de todo a los políticos, pero ellos sólo son nuestro reflejo como sociedad.

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