'Ser es defenderse'
RAMIRO DE MAEZTU
Rafael L. Bardají (Badajoz, 1959) es especialista en política internacional, seguridad y defensa. Asesor de tres ministros de Defensa y la OTAN, en la actualidad es director de la consultora World Wide Strategy.

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Rafael L. Bardají (Badajoz, 1959) es especialista en política internacional, seguridad y defensa. Asesor de tres ministros de Defensa y la OTAN, en la actualidad es director de la consultora World Wide Strategy.

Cuando todo es mentira

5 de agosto de 2022

Hasta hace nada, sustituir las lámparas de gas por bombillas de filamentos fue un gran paso para la humanidad.  Llevar electricidad a todos los hogares, un signo de progreso, técnico y, sobre todo, social. Pero ya no. Pedro I el Oscuro nos lo acaba de decir alto y claro: para cumplir con la disminución de energía que le pide la Unión Europea, ha decidido que los españoles pasen calor en verano y frío en invierno (hagan el experimento de poner el aire acondicionado a 27ºC: sale caliente) y que, además, vivan en la oscuridad de la noche. 

Esta vez no se ha excusado en ningún inexistente comité de expertos, por lo que n os ha evitado el bochorno de pillarle en una nueva mentira, aunque se ha basado en un estudio de un instituto privado que no distingue la diferente cantidad de energía que es necesario emplear para bajar o subir un grado de temperatura por lo que sus cálculos lineales de que con esta medida España ahorrará ese 7% solidario con Europa es otra de sus tantas falacias. En el mejor de los casos llegaríamos a poco más de un 1%. Pero la ciencia, los números y la verdad son  cuestiones que, a Pedro Sánchez, plagiario de su tesis doctoral, o manipulador de urnas tras densas cortinas, nunca le han importado. Simplemente, para él ahora, el progreso es ducharse con agua fría y vivir a la luz de una vela.

Lo suyo es la “transición ecológica”, esto es, dejar de consumir, dejar de producir, abandonar nuestros hábitos y forma de vida, desde la carne a la luz, y congelar el progreso

Y nos explica que todo se debe a la guerra en Ucrania. Pero también, a la vez, que es por el bien del planeta. Porque miente más que habla nuestro presidente de Gobierno. Porque si la invasión rusa de Ucrania nos debería enseñar algo es que la dependencia estratégica de un país tercero es, siempre, una gravísima vulnerabilidad. Y que, por tanto, la salida a esa crisis sería el desarrollo acelerado de fuentes energéticas propias, así como el acceso a distintos mercados. Pero el Gobierno no lo quiere así. Lo suyo es la “transición ecológica”, esto es, dejar de consumir, dejar de producir, abandonar nuestros hábitos y forma de vida, desde la carne a la luz, y congelar el progreso donde estamos gracias a ridículas y carísimas subvenciones a las energías renovables. Da igual que la UE considere la energía nuclear una energía “verde”, limpia.

Para un señor que viaja en helicóptero de la Moncloa a Torrejón de Ardoz, que se sube al Falcon como quien se bebe un vaso de agua (a partir de ahora caliente) y que lleva por delante y por detrás una comitiva de transporte rodado sólo superada por la del presidente Biden, el discurso ecologista no es que suene a falso, suena a desprecio hacia todos los demás ciudadanos.

Los españoles no han llegado a comprender todavía que todo lo que motiva y todo cuanto hace Pedro Sánchez es aumentar el poder en sus manos

Como todo lo que ha hecho hasta ahora Pedro Sánchez, que ha llevado nuestra democracia a un régimen absolutista en el que él y él solo es el camino, la verdad y la vida. O ese cree: El Estado es del Gobierno; el Gobierno es del Partido; y el Partido es suyo. Igualmente, la economía tiene que estar supeditada a lo público y la sociedad civil mantenida en un estado comatoso que impida cualquier atisbo de rebeldía. Da igual lo que haya que hacer: tres decretos inconstitucionales para someter a los españoles a un régimen del terror; saltarse la ley de transparencia que tanto le gustaba antes de llegar a la Moncloa y clasificar como secreto de Estado las ganancias de su mujer; reírse del Tribunal constitucional y del Consejo del Poder Judicial; por no hablar de la conversión de la mayoría de los periodistas en tentáculos al servicio del poder.

Porque eso es lo que los españoles no han llegado a comprender todavía: todo lo que motiva y todo cuanto hace Pedro Sánchez es aumentar el poder en sus manos. Con la pandemia, la salud fue secundaria, su poder absoluto iba primero; con el asalto al poder judicial no defiende el cumplimiento de la Constitución, la viola; con sus medidas energéticas, se produce un nuevo asalto a la propiedad privada y a la libertad de las personas. Me imagino que, si pudiera, crearía un cuerpo de inspectores de termómetros para asegurar que todos los españoles —menos él y sus acólitos— nos asamos de calor y nos morimos, literalmente, de frío. Dicen que en el mes de julio 2.200 personas murieron como consecuencia de la ola de calor extremo que atravesamos. Y eso con los aires acondicionados como cada cual ha querido o podido. ¿De cuántos muertos tendríamos que culpar al Gobierno si nos obliga a comer, trabajar, comprar y dormir a más de 27ºC, justo la barrera donde el sueño es imposible de conciliar según todos los meteorólogos? Visto cómo se ha ido de rositas con el covid, me temo que muchos.

La pandemia le ha enseñado los instrumentos de control asocial; ahora su ecologismo, disfrazado de guerra de Ucrania, le sirve para hacerlos más eficaces. Le queda todo un año para llegar a entronizarse como el nuevo Rey Sol. Y si puede, lo hará.

Y mucho me temo que pueda. Tenemos una oposición que sigue sin entender lo que está en juego con Sánchez. Empezando por Feijóo cuya estrategia se basa en ser capaz de atraer a unos supuestos moderados del PSOE con cuyos votos llegar al gobierno; y con un Vox todavía noqueado por las andaluzas y, de momento, arrinconado en el papel de evitar que el PP se limite a mejorar la gestión económica pero no mueva un dedo para acabar con la hegemonía cultural de la izquierda que tan cara nos sale. En su descargo, hay que admitir que, en este verano, si los españoles tienen que elegir entre el chiringuito y la libertad, escogen la juerga y la playa. Al fin y al cabo, los sindicalistas siempre lo han tenido claro: un buen plato de langostinos bien vale su sumisión. Así que, una de gambas, aunque nos toquen las -todavía- congeladas. Es lo que tiene el progreso.

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