Ha levantado una espléndida polvareda mediática la iniciativa del incansable Pep Borrell. Se trata de una app para que los jóvenes católicos que buscan novia o novio se pongan en contacto: «Novios 100×100», se llama. Hoy crece la dificultad de siempre para encontrar pareja. Hay quien lo vive con humor y quien lo vive con angustia, pero la cuestión está ahí. Borrell, que tanto ha hecho con sus conferencias y libros por defender el noviazgo como Dios manda, se ha atrevido a proponer esta vía virtual. La intención es excelente y ánimo no le falta.
Dios me libre de criticar ninguna iniciativa valiente y buena, aunque entiendo las instintivas prevenciones de muchos. En esta cuestión del noviazgo, todos aspiramos a marcarnos un Picasso, o sea, un «yo no busco: encuentro», mucho más airoso. Pero Picasso también dijo que creía en la inspiración, si le pillaba trabajando.
El problema que Borrell encara existe y abruma. ¿Por qué ahora más que antes? Pues por una suma heterogénea de motivos que forman la tormenta perfecta. Habrá más, pero yo veo siete. Uno, el miedo general al compromiso, que se ve en lo poco que prometen ahora hasta los políticos, como decía en mi artículo de ayer. Dos, la ansiedad inducida por las carreras profesionales y por las experiencias vacacionales, tanto monta. Tres, la virtualización de la vida social, que está desencarnando las relaciones humanas, con lo importante que es la encarnación en todo y más en el amor. Cuatro, la hipergamia femenina de toda la vida, esto es, la propensión de las chicas a casarse con hombres de igual o mayor estatus. En un mundo en el que ellas son, a menudo, más exitosas que nosotros, eso les constriñe bastante el campo. Cinco, la reducción de la diferencia de edad: pandillas y parejas son cada vez más de la misma promoción. Lo que elimina la ventaja de varios años para madurar que antes las chicas nos daban a los muchachos. No pretendo generalizar, pero ése es mi caso —6 años de ventaja, 6, y ni aun así—. Seis, y aquí también pesa mi experiencia: el imperio de la imagen, con tanta foto y tanto vídeo, pasa factura a los feos interesantes, que en entornos más conversacionales teníamos nuestras bazas. Y siete, el mito de la media naranja, tan platónico, tampoco ayuda. Lo propio del noviazgo es el azahar, y ya madurarán los frutos. Buscamos la compenetración perfecta de una peli romántica o la media naranja exacta y hasta la mermelada en bote, y nos envenenamos con una sobredosis de azúcar. Y lo importante es la sal.
Con tantas cosas en contra, más aún si exiges que el pretendiente sea católico, se aplaude y se agradece que Borrell haga algo. Yo lo voy a emular y ofreceré un pequeño (pero polémico) consejo de mi cosecha. El catolicismo del novio o de la novia es estupendo, evita engorrosas discusiones teológicas y aclara el horizonte. Sin embargo, yo no lo plantearía como requisito sine qua non. Es una preferencia, eso sí, pero tan sensata y prudencial que puede parecer medrosa. Y nada asusta tanto al amor como el miedo y el cálculo.
Soy partidario (aunque admito opiniones en contra, incluidas las desdeñosas e insultantes) de salir con quien te guste mucho, te haga gracia y te admire (en los dos sentidos), siempre que esa persona sea buena y lista. Si no es católica, ya se convertirá. ¿No es nuestra fe la más divertida, honda, hermosa, humana, extraordinaria, antigua, nueva, fascinante y, además, verdadera?
En Diccionario para un macuto cuenta Rafael García Serrano que él, jovencísimo voluntario falangista en la guerra civil, se dio cuenta enseguida de que iban a ganar por un detallito. Los republicanos no hacían más que cavar trincheras, mientras que a los nacionales les bastaba un arbusto para cubrirse un poco en un repecho de su ansioso avance. En los Siglos de Oro también brilló la acometividad hispánica, como recogía un dicho: «El tudesco en campaña, el italiano tras muralla, y el español a ganalla». El español no se limita a hacer guardia, mantener posiciones o administrar prudentemente la plaza: va a ganalla. Si ahora los españoles católicos se ponen a cavar trincheras, los trinchan. Hay que ir a por todas, quiero decir, a por una, pero con todo. Como en las películas de romanos, donde la cristiana guapísima y patricia se enamoraba del marcial centurión pagano, lo enamoraba y éste al final se rendía a su encanto y al de la fe, y no acababa en los leones por un pelo, pero sí en boda.
Entiéndaseme: mejor un novio y una novia católicos a machamartillo. Además de por la comodidad, por el brillo en la mirada, la franqueza en la sonrisa y la hondura en el alma. Pero sin negarse a la conquista de un nuevo corazón para uno y para Cristo. La vida es muy larga y apasionante y, si queremos empezar por el final, no empezamos nunca.