«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Escritora y artista hispano-francesa. Nacida en La Habana, Cuba, 1959. Caballero de las Artes y Letras en Francia, Medalla Vérmeil de la Ciudad de París. Fundadora de ZoePost.com y de Fundación Libertad de Prensa. Fundadora y Voz Delegada del MRLM. Ha recibido numerosos reconocimientos literarios y por su defensa de los Derechos Humanos.

Cuba, España y la soberanía que nos arrebataron

20 de junio de 2026

Decir que Cuba debiera volver a ser española —con su soberanía intacta, con su dignidad intacta, con su derecho a decidir intacto— no es una frase de nostalgia colonial ni una pirueta de café en el exilio. Es, más bien, una provocación moral contra el desastre. Es mirar el mapa de la isla, ese lagarto verde tendido entre la Florida y Yucatán, y preguntarse qué hicieron con nosotros los redentores de pacotilla, los libertadores de uniforme, los padres de la patria convertidos en carceleros de sus hijos.

No se trata solamente del idioma español, aunque el idioma sea una patria portátil, una cama de hospital, una cuchara de sopa, una blasfemia y una oración. Los cubanos hablamos español incluso cuando el régimen nos ordenó masacrarlo: reduciéndolo a consignas, mutilándolo con siglas, emborrachándolo de burocracia, empobreciéndolo con la jerga del miedo. Nos dijeron «compañero» hasta vaciar la palabra de compañía. Nos dijeron “pueblo” hasta que el pueblo se volvió cola, apagón, libreta, vigilancia. Nos dijeron «revolución» hasta que la revolución acabó significando obediencia.

Pero Cuba no es española únicamente porque su lengua venga de España. Cuba lo es también por sus cementerios, por sus apellidos, por sus patios interiores, por las vírgenes mezcladas con orishas africanos, por las casas de columnas, por el sostén que ya no alcanza y por la manía de discutirlo todo como si la vida fuera una tertulia al borde del Malecón. España está en Cuba no como una bandera impuesta, sino como una capa geológica: debajo del azúcar, del tabaco, del bolero, de la guagua, de un andar de guarapachosa, y del pregón. Está en el modo en que una abuela reza, en la manera en que un niño dice «mamá», en la rabia con que el exiliado pronuncia «La Habana».

Ahora bien, volver a ser española con soberanía intacta no significa aceptar tutela, virreinato ni endeudamiento de ninguna de las partes a ciegas. Significa imaginar una reunificación civilizatoria distinta: una comunidad política de derechos, ciudadanía, circulación, protección jurídica y memoria compartida. Significa que Cuba deje de ser rehén de un régimen que sustituyó la nación por el partido, la ciudadanía por la sospecha y la historia por un catecismo, y de una política de enfrente a noventa millas. Significa que la isla pueda ampararse en una tradición democrática europea sin renunciar a su cubanía, del mismo modo que un hijo adulto puede volver a la casa familiar sin dejar de ser dueño de su propia vida.

España tampoco es inocente en esta conversación. Su historia con Cuba tiene luces y sombras, grandezas y abusos, comercio y sangre, arquitectura y látigo. Negarlo sería otra forma de propaganda. Pero también es cierto que la ruptura de 1898 dejó a Cuba expuesta a una cadena de tutelas: primero el apetito norteamericano, luego la república intervenida, después el mesianismo armado, finalmente la dictadura más larga y minuciosa que ha padecido el Caribe, y una de las más largas del mundo. La independencia formal no nos garantizó independencia real; nos dio himno, escudo y bandera, pero no siempre ciudadanos libres.

¿Qué sería, entonces, esa vuelta a España? No una anexión humillante como algunos pretenden con Estados Unidos, sino una reparación audaz. Una fórmula constitucional que reconociera a Cuba como nación soberana asociada a la comunidad española, con parlamento propio, gobierno propio, tribunales independientes y garantías europeas. Una ciudadanía compartida que permitiera a los cubanos viajar, estudiar, emprender, publicar, disentir y regresar sin pedir permiso al comisario de barrio. Una alianza que devolviera al cubano la condición de sujeto de derecho y no de súbdito tropical de una cúpula militar.

La lengua, por supuesto, importa. Importa porque en Cuba el idioma fue convertido en campo de batalla. El castrismo no sólo confiscó fincas, periódicos, empresas, escuelas y cuerpos; confiscó también las palabras. «Patria» pasó a significar partido. «Lealtad» pasó a significar silencio. «Historia» pasó a significar versión oficial. «Cultura» pasó a significar permiso. Por eso regresar a España sería también regresar a una lengua menos vigilada, a una tradición plural donde caben Cervantes y Galdós, María Zambrano y Lezama Lima, la blasfemia y el soneto, el artículo furioso y el chisme de portal.

Pero más que idioma, lo que nos une a España es una idea de continuidad histórica que el régimen intentó dinamitar. Nos quisieron fabricar una isla huérfana, nacida en 1959, sin abuelos, sin bibliotecas, sin santos, sin contradicciones. Nos dijeron que antes de ellos sólo había tinieblas, y después de ellos sólo habría traición. Volver a España sería, simbólicamente, desmentir esa mentira fundacional: Cuba no empezó con los barbudos ni terminará con ellos. Cuba viene de mucho antes y merece durar mucho después.

Habrá quien grite: «¡Eso es entregar la patria!». Como si la patria no hubiera sido entregada ya a los generales, a los burócratas, a los censores, a los espías, a los socios extranjeros que compran hoteles mientras el cubano no puede comprar leche ni comerse un mendrugo. Como si la soberanía consistiera en tener una bandera en la ONU mientras los ciudadanos huyen por mar, por selva o por aeropuerto. La soberanía no es un trapo en el mástil; la soberanía es que un cubano pueda decir «no» sin ir preso, pueda votar sin simulacro, pueda prosperar sin humillarse, pueda volver sin que le revisen el alma.

Por eso la cuestión no debería escandalizar: ¿qué patria es más digna, la que presume independencia mientras encarcela a sus hijos, o la que acepta una asociación libre para garantizarles derechos? ¿Qué bandera vale más, la que ondea sobre ruinas vigiladas, o la que protege al ciudadano de la arbitrariedad? Si España pudiera ser para Cuba no la antigua metrópoli, sino una puerta jurídica hacia la libertad, entonces la discusión merecería abandonar el insulto y entrar en la imaginación política.

Cuba, española y soberana, sería una paradoja sólo para quienes confunden soberanía con aislamiento. La verdadera soberanía no consiste en encerrarse, sino en elegir vínculos. Y quizá la isla, después de tanta consigna, tanta ruina y tanta espera, necesite precisamente eso: elegir de nuevo. Elegir la ley sobre el capricho, la memoria sobre la amnesia, la ciudadanía sobre el miedo. Elegir una España posible sin dejar de ser Cuba. Elegir, por fin, una patria donde el español vuelva a ser lengua de libertad y no dialecto del carcelero. Sólo posible con VOX y con Santiago Abascal.

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