«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Enrique García-Máiquez (Murcia, pero Puerto de Santa María, 1969). Poeta, columnista y ensayista. Sus últimos libros son 'Verbigracia', (2022) poesía completa hasta la fecha; y 'Gracia de Cristo' (2023), un ensayo sobre el sentido del humor de Jesús en los Evangelios

En su sitio

5 de agosto de 2026

No me quejo, pero me duele ver que, en la gravísima crisis multiorgánica de España, tantos que podrían estar en Ceuta o en gabinetes de crisis o sencillamente serios hayan retomado tan campantes sus actividades vacacionales. Como si aquí no hubiese pasado nada. 

Sin embargo, antes de criticarlos, me miro a mí mismo. Tras tres tristes artículos sobre la crisis y el hundimiento de España, estoy a punto de volver a escribir sobre pájaros y flores, veraneantes y vientos o recuerdos e ilusiones. ¿Es posible que esté exigiendo a los demás lo que no cumplo yo mismo?

Sí. Aunque tengo una coartada. Yo, como Ulises, soy nadie, salvando las distancias. No tengo puesto, cargo, sinecura ni representatividad ninguna. José María Pemán lo llevaba a gala. Cuando consiguió zafarse por tercera vez del ofrecimiento de una cartera ministerial, explicaba: «Los muchos españoles que creen que nadie puede, de verdad, no desear ser ministro, tendrán esta repetida y siempre esquivada cercanía, por fracaso o torpeza. Yo lo tengo apuntado entre los más garbosos «quiebros» con que, en mi vida torera, he logrado no ser alcanzado por ningún toro gazapón y de malas intenciones». Yo no he tenido que esquivar ningún ofrecimiento jamás, pero la intención de Pemán la entiendo y la comparto: «La vida del escritor y la defensa de su arte tienen que estar constituidas por una serie de «fugas» y de renunciamientos, por un constante descomprometerse con las avalanchas exteriores para salvarse a sí misma».

En efecto, si uno vive una vida privada, puede privarse de asumir responsabilidades públicas. Y, además, no tiene más remedio, porque no tiene responsabilidades que asumir. Con todo, está en su derecho —y en su deber— de exigir a los que nos representan que nos representen, a los presidentes que se presenten y a los responsables que respondan.

Parece que los cargos en España están para ambicionarlos, no más, y para mantenerlos después el mayor tiempo posible. Como una cucaña. Y no es así, sino al revés. Los cargos están para cargar con ellos como Frodo el anillo. Un rey, por ejemplo, es una figura sacra para los monárquicos no tanto por su historia ni por el fervor de cretoné de los cortesanos como por una nobilísima disposición al sacrificio. Pedirle eso a un político profesional es quizá demasiado, pero representarnos a todos con una presencia presente sí debería entrar en su sueldo (y sus prebendas).

Su oficio conlleva una disponibilidad, una dedicación y una vigilancia que no puede pedirse a quienes no tenemos un radio de acción tan amplio ni atribuciones de ninguna clase. Los demás nos ocupamos, como Pemán, de la poesía lírica o, como cualquier hijo de vecino, de su zapatería o su oficina. Nosotros deberíamos exigir a los políticos y demás cargos institucionales de la Iglesia y del Estado su cuota de preocupación y presencia al menos con la misma puntualidad y obligatoriedad con que Hacienda nos reclama los impuestos. Quizá más sea imposible, pero menos es impresentable.

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