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Itxu Díaz (La Coruña, 1981) es periodista y escritor. En España ha trabajado en prensa, radio y televisión. Inició su andadura periodística fundando la revista Popes80 y la agencia de noticias Dicax Press. Más tarde fue director adjunto de La Gaceta y director de The Objective y Neupic. En Estados Unidos es autor en la legendaria revista conservadora National Review, firma semalmente una columna satírica en The American Spectator, The Western Journal y en Diario Las Américas, y es colaborador habitual de The Daily Beast, The Washington Times, The Federalist, The Daily Caller, o The American Conservative. Licenciado en Sociología, ha sido también asesor del Ministro de Cultura Íñigo Méndez de Vigo, y ha publicado anteriormente nueve libros: desde obras de humor como Yo maté a un gurú de Internet o Aprende a cocinar lo suficientemente mal como para que otro lo haga por ti, hasta antologías de columnas como El siglo no ha empezado aún, la crónica de almas Dios siempre llama mil veces, o la historia sentimental del pop español Nos vimos en los bares. Todo iba bien, un ensayo sobre la tristeza, la nostalgia y la felicidad, es su nuevo libro.

Danza en el cementerio

Como zombies muy fumados saliendo de after, un grupo de muchachitos anduvo contorneándose misteriosamente el lunes por el Parlamento Europeo, ante la mirada confusa de los eurodiputados que habían acudido a festejar el Día de Europa con la presentación de un informe con propuestas ciudadanas para reformar la UE; no ha trascendido cuántos reformadores proponían la demolición. Al término de la coreografía lisérgica, estalló el aplauso más cínico de la historia de Estrasburgo, siendo Macron el único que batía sus manos sinceramente, al tiempo que asentía con admiración, porque no hay nada que sea lo bastante moderno y lo bastante idiota que no merezca toda su aprobación. 

Hay imágenes que definen una era y que desnudan por mucho tiempo a una institución. No es, por supuesto, el momento más bochornoso del parlamentarismo europeo, ni siquiera algo demasiado relevante; pero a cambio es icónico y elocuente. Si alguna vez alguien te pregunta qué es Europa, qué aporta Bruselas a la vida normal de los europeos, y qué es sentirse europeo en 2022, limítate a reproducirle este video en YouTube, supongo que te sale si buscas algo como “idiotas drogados contorneándose con tu dinero en Estrasburgo”. 

No queda, en fin, nada de la Europa que imaginaron los padres de aquella unión monetaria que soñaba con ser próspera, seria y eficaz

Tampoco vamos a engañarnos. Ya nadie espera nada serio del Parlamento Europeo. Es solo un lugar excéntrico y remoto, ideal para aparcar dinosaurios políticos que molestan en casa, y cuyo silencio merece la pena comprar a precio de oro, sobre todo si lo pagamos entre todos. Y, aunque quedan algunos nostálgicos de lo que pudo ser y no fue, de la UE no surge nada que mueva siquiera tímidamente a la esperanza, sino una nube de tedio, incomprensión, burocracia, y escándalos.

Al final, Bruselas es solo un emisor de interminables normativas eclécticas, la mayoría muy molestas para las personas normales y muy agradables para los seres inanimados, incluidos los gases del ozono, la tesorería de Hacienda, y el cerebro de von der Leyen. Con el único objetivo de destruir la soberanía de las naciones para garantizar su propia supervivencia, hace mucho tiempo que la UE no es una suma de intereses sino una resta de intereses: solo cuando todos los estados miembros vean disuelta su autonomía y su alma, podrán respirar tranquilos en Bruselas, con la seguridad de saber que seguirán siendo necesarios o que, al menos, estarán suficientemente consolidados en el tiempo como para garantizar su continuidad, como lo hace cualquier momia adecentada a diario por expertos en cadáveres.

Los fundadores se avergonzarían al escuchar cualquier discurso de Macron

Hace años en la carrera distinguíamos las materias importantes de aquellas prescindibles con un método infalible: si la asignatura dedicaba el 90 por ciento del temario a justificar su propia existencia como tal, se trata solo un invento progre para colocar a los amigotes y montar chiringuitos, y carece de todo interés. Lo mismo ocurre con las instituciones. Año tras año, la gran preocupación del Parlamento Europeo es autoafirmarse, cómo hacerse imprescindible, cómo hacer pasar su lucha contra el cambio climático como una contienda fundamental para la supervivencia de los europeos, y cómo hacer para que los contribuyentes amemos de corazón la logia de Estrasburgo; aunque me temo que pretender que los ciudadanos sean capaces de matar por Bruselas como lo harían por la patrona de su pueblo es estar más fumados que los de los de la coreografía. 

No queda, en fin, nada de la Europa que imaginaron los padres de aquella unión monetaria que soñaba con ser próspera, seria y eficaz. Los fundadores hoy se avergonzarían al escuchar cualquier discurso de Macron, se taparían el rostro al ver a Greta Thunberg convertida en gurú de europarlamentarios, y se arrancarían los ojos al descubrir que el Día de Europa se festeja con una danza parlamentaria absurda que, siendo tan generoso como creativo, a duras penas pasaría por ser una burda reivindicación de la legalización del cannabis. Algo que, por otra parte, no tendría mucho sentido, porque para droga, droga dura de verdad, ya tenemos la política fiscal de la UE, infierno onírico de donde sospecho que venían los bailarines antes de su alucinógena irrupción parlamentaria para gloria y disfrute del masón Emmanuel.

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