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Iván Vélez (Cuenca, España, 1972). Arquitecto e investigador asociado de la Fundación Gustavo Bueno. Autor, entre otros, de los libros: Sobre la Leyenda Negra, El mito de Cortés, La conquista de México, Nuestro hombre en la CIA y Torquemada. El gran inquisidor. Además de publicar artículos en la prensa española y en revistas especializadas, ha participado en congresos de Filosofía e Historia.
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Iván Vélez (Cuenca, España, 1972). Arquitecto e investigador asociado de la Fundación Gustavo Bueno. Autor, entre otros, de los libros: Sobre la Leyenda Negra, El mito de Cortés, La conquista de México, Nuestro hombre en la CIA y Torquemada. El gran inquisidor. Además de publicar artículos en la prensa española y en revistas especializadas, ha participado en congresos de Filosofía e Historia.

De la traición considerada como una de las bellas artes

«La composición de un buen asesinato exige algo más que un par de idiotas que matan o mueren, un cuchillo, una bolsa y un callejón oscuro. El diseño, señores, la disposición del grupo, la luz y la sombra, la poesía, el sentimiento, se consideran hoy indispensables en intentos de esta naturaleza». Las palabras reproducidas aparecen en el libro Del asesinato considerado como una de las bellas artes, obra que el ácido Thomas de Quincey entregó a la imprenta un lustro después de que tan extravagante miembro de la aristocracia inglesa, publicara las Confesiones de un comedor de opio, sustancia que conoció mientras estudiaba en el Worcester College.

La obra, atravesada por un agudo y macabro sentido del humor, echa a andar describiendo los crímenes de John Williams, y constituye una suerte de exquisito reglamento criminal. De Quincey, por ejemplo, aconseja escoger sujetos que gocen de buena salud para desplegar ante él todo el arte, una de las bellas artes al decir quinceyano, asesino. Asesinar sí, pero cuidando las formas, tal y como queda expuesto en el que es, acaso, el pasaje más célebre de la obra: «Si uno empieza por permitirse un asesinato pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente».

La retirada de la bandera española fue el punto culminante de una jornada que habla a las claras de hasta qué punto el rehén del golpismo que pernocta en La Moncloa está dispuesto a traficar con algo que no le pertenece

Vienen estas evocaciones literarias a cuento, porque lo ocurrido esta semana en el Parlamento de Cataluña presenta ciertas analogías con algunos de los pasajes que dan cuerpo al libro referido. Dos son, por ejemplo, bien que respaldados por poderosas facciones políticas, mediáticas y económicas, los sujetos dispuestos -el calificativo se lo dejamos al lector- a consumar un asesinato, el de la nación española, objetivo planteado en una mesa, llamada de diálogo, en la cual se ha perdido la «buena educación». Una puesta en escena envolvente del mercadeo de la soberanía española o, cuando menos, de la consolidación de privilegios, sujeta a gestos y a símbolos, los presentes y los ausentes, cargados de un simbolismo de los que mi compañero Manuel Beas, maestro del protocolo, podría ilustrarnos en profundidad. La retirada de la bandera española en el curso de una ceremonia que en todo momento trató de establecer una aparente equiparación entre dos naciones, la española y la fantasmagórica república catalana, fue el punto culminante de una jornada que habla a las claras de hasta qué punto el rehén del golpismo que pernocta en La Moncloa está dispuesto a traficar con algo que no le pertenece. Un tráfico, término que empleamos por la enorme carga de corrupción política aparejada a la asunción de una negociación bilateral, en pie de igualdad, entre un gobierno nacional y uno regional, para el cual, ningunos de los negociantes está autorizado, pues ninguno de ellos puede poner sobre la mesa lo que no les pertenece. Aragonés es, en rigor, el más alto representante del Estado en Cataluña. Aragonés preside la Generalidad de Cataluña, no una nación política, pues la Comunidad Autónoma de Cataluña no tiene semejante condición, por mucha bilateralidad que se imposte. 

Ya se reclama la puesta en marcha de mesas semejantes. En este empeño se halla, por ejemplo, el blasinfantista Juan Manuel Moreno Bonilla

Existe, no obstante, y de nuevo regresamos a De Quincey, «la disposición del grupo» o, por mejor decir, la de muchos grupos, para erosionar la nación con objetivos localistas y, por ende, disolventes. Los ya aludidos, escudados tras el genuflexo Sánchez y su ufano anfitrión Aragonés, pero también otros. De hecho, en un ejercicio de mimetismo que, al cabo, servirá para legitimar las maniobras del Gobierno y el golpismo catalanista, acaso por la vía de la reforma de la Constitución en un sentido federalizante que, en realidad, sería confederalizante, ya se reclama la puesta en marcha de mesas semejantes. En este empeño se halla, por ejemplo, el blasinfantista Juan Manuel Moreno Bonilla, habitual usuario del vocablo «cogobernanza», tan próximo al anhelo de la España multinivel, aventado por el Gobierno, y veterano integrante de un Partido Popular que cuando gozó de la mayoría absoluta no se atrevió a socavar los cimientos -educativos, propagandísticos, paradiplomáticos-, sobre los que se asienta la mesa de la traición que, acompañada por una escenografía cinematográfica y un rótulo tan cursi como el de la «agenda del reencuentro», se ha exhibido, de impúdica manera, ante el conjunto de la nación.

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