De manifa
De manifa
Por Carlos Esteban
15 de junio de 2026

Que sí, que claro, que hay que hacer algo. Pero creo que lo de las manifas ya llega tarde. Presionar con «la calle» es muy siglo XX, una cosa muy civilizada, de democracia sana y consolidada. No es el caso cuando nos están robando la cartera a mano armada.

Tampoco es que haya sido un entusiasta de marchas, que siempre me han sonado a izquierdas hasta cuando son de derechas. Mi inquina a las iniciativas para «tomar la calle», para «ocupar el espacio público» me han valido severas críticas de lo que podría llamar, en sentido amplio, mis correligionarios. Que si desde Twitter (ahora X, pero vale) no se cambia nada, que si las redes sociales no son el mundo (como si algo, aparte del mundo, pudiera ser el mundo; como si los medios tradicionales o patearse unos metros de anchas avenidas fueran el preludio de una revolución), que si guerreros del teclado soñando con cambiar la sociedad con un meme ingenioso, y claro que tienen un punto. Un puntazo.

Pero mi convicción no ha ido a menos con los años, sino a más. Y mi convicción es que las manifas son el baile de la victoria del bando ganador, nada más.

Porque la verdadera marcha aparece al día siguiente en los órganos del régimen: si nadaban a favor de corriente, digamos, el aquelarre del 8-O, entonces el pueblo ha hablado y al gobierno no le queda otra que hacerse aún más feminista, todavía más lesivo con el varón. Pero si nada a contracorriente, se sacan planos cortos, se habla de fracaso en la convocatoria y se busca y rebusca entre la montaña de fotos una bandera con el águila de San Juan, que eso nunca falla.

Las manifestaciones sólo existen en las pantallas y en el papel. Lo que hayan sido en la vida real es irrelevante. Sobre todo porque tampoco son la vida real, ni de lejos. ¿Allí había tropecientos mil manifestantes? Pues bueno, para empezar te lo voy a negar; y para seguir, eran muchos más, siempre, los que no acudieron.

En mi vida he procurado ir sólo a las manifestaciones consideradas imprescindibles, todas espectacularmente multitudinarias. En una, provida, recuerdo haber visto pasar a un sonriente Aznar y otros tantos prohombres peperos. Unos meses después llegaron al gobierno y dejaron lo del aborto como Juan Ramón la rosa, sin tocar. Nunca, jamás, cambiaron nada. Las otras manifas, las a favor, tampoco, entiéndanme, pero sirven de excusa y coartada para aprobar lo que se quería aprobar, como si se vieran arrastrados por el pueblo.

Para caer mal a más gente, lo diré: el recurso a la manifa es muy búmer, es un recurso del imaginario búmer, transicionita. Lo peor no es que no se vaya a conseguir absolutamente nada así, salvo, quizá, desahogarse y sentirse en enfurecida comunión, que por supuesto; lo peor es que los organizadores crean estar haciendo algo. «Al menos, nosotros hacemos algo, no como tú, todo el día en X, desde tu sofá»; «¿cómo es que los españoles no salen a la calle, con lo que están haciendo?». Es casi conmovedor.

Es casi conmovedor porque creen, quizá, que el gobierno mira con inquietud las fotos que le llegan del descontento popular. Pero el gobierno desprecia todo eso, y con razón. Saben que ninguno de esos vociferantes va a tomar la Bastilla (muchos, en cambio, van a tener que tomarse la pastilla si se exaltan demasiado).
Porque si nunca fue muy útil, hoy pertenece a otra época por completo. Huele a firmar un manifiesto de intelectuales o a un discurso feroz en el Ateneo. Polvoriento, mohoso, envejecido como los pantalones de campana. Libertad sin ira.

Dicho de otra manera, no es disuasorio para el poder, empezando porque la manifestación nunca habrá triunfado en la versión oficial. Pero, ¿qué efecto real puede tener en un gobierno que sigue tan campante mientras los tribunales les están llamando por las obras una banda de gángsters el que unos millares se den una vuelta todos juntos por una calle de la ciudad, gritando cosas? ¿Cuál es la relación de causa y efecto, que se me escapa?

No es que los vaya a promover, lejos de mí, pero los medios que exige una situación tan desesperada como la presente son otros. Algo más adecuado, en el sentido de algo que de verdad pueda fastidiarles: desobediencia masiva (pago de multas, pago de impuestos, sobre todo), sabotaje y boicot. Pero estas medidas serían ilegales, y conllevarían el riesgo de ir a la cárcel para, al menos, un puñado. Mucho más cómodo, dónde va a parar, un paseo por la ciudad en buena compañía para hacer apetito antes del almuerzo o la cena.

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