En primer lugar, la mayoría de los votantes votan con el estómago, no con la cabeza. No pretendo juzgar, tan solo es un hecho. En segundo lugar, a la gente común no le influyen en absoluto los datos macroeconómicos del país, sino lo que hay o no hay en su nevera, y últimamente en España no hay. La parte que el gobierno nos quita de los bolsillos a través de los impuestos y la evolución de su sueldo a lo largo del tiempo son otros asuntos que realmente inquietan al votante, al menos al votante que no haya sido lobotomizado por Ferraz antes. Una multa de tráfico, un intento de robo a manos de un inmigrante ilegal, una absurda normativa medioambiental que prohíbe las pajitas de plástico o alguna prohibición estúpida de cualquier alcalde que afecte a la vida cotidiana de los vecinos son más importantes para el voto que las interminables hojas de cálculo con gráficos gigantescos que los políticos exhiben.
El gran problema de la audacia política es que, casi siempre, es instintiva. Tiene algo de poesía. El poeta roza la gloria después de trabajar durante horas sobre el primer boceto que le ha regalado la inspiración. El político acierta cuando afila un poco más el argumento, o el foco, que le ha dado su intuición. No es fácil ponerse en la piel de 49 millones de españoles. Pero nada te impide ponerte en la piel de aquellos, con nombre y apellidos, que sí conoces. Y, con seguridad, estarán atravesando las dificultades cotidianas de las que a duras penas se habla en una sesión de control.
El hartazgo es uno de los mejores motores electorales. A fin de cuentas, no votamos porque queramos un mundo mejor, sino porque deseamos desprendernos de este mundo de mierda, no me refiero al personal de cada uno —probablemente feliz— sino a la gran burocracia que «nos hemos dado». El cansancio del ciudadano, de un tiempo a esta parte, es eso que las televisiones mainstream, no hace tanto, consideraban un peligro porque da alas a la ultraderecha. Ahora, a esos medios, les falta descubrir dos cosas: que la ultraderecha es inexistente o residual en España, y que a la mayoría de las personas les preocupa más llegar a fin de mes que la basura esa que llaman «discursos de odio».
Cuando algún político se sale del guion y toca aquellos temas que de verdad importan a la gente común, siempre hay otro o varios que le acusan de populista. Un término, por cierto, que incomprensiblemente tiene mala fama, pero que la RAE define con brillantez nada sectaria: «Tendencia política que pretende atraerse a las clases populares». No sé cuándo se hizo la definición, pero hoy es más precisa que nunca, porque «las clases populares» hoy, en España, son casi todas. Y, de todos modos, ¿qué hay de malo en eso? ¿Acaso la política electoral no consiste en atraer el voto de tantas clases populares como sea posible?
Estamos hartos de lo que nos toca más de cerca. Es decir, de que no haya trabajo, de la sangría a impuestos, de la inseguridad, y de la amalgama de tonterías que la política nos ha obligado a cumplir, inflamando seriamente la lista de leyes: desde las pajitas de cartón hasta los coches eléctricos. Cuando la gente dice que eran más libres con Franco o en los 80, no está diciendo ninguna locura: la mayoría de las personas normales echan de menos un tiempo en que no todo estaba prohibido, un tiempo en el que no había que pagar por cualquier cosa, un tiempo en el que patria significaba que jugabas en casa, que estaba todo pagado, que podíamos ayudarnos unos a otros para lograr un mismo objetivo.
Sin ánimo —ni mucho menos— de menospreciar el brillante papel de los que se encargan de definir las estrategias electorales, tengo para mí que la clave hoy está en acercarse a los millones de españoles que están hartos, hartos de que nadie atienda sus problemas, hartos de que se les considere ultras por pedir lo más básico –trabajo, dinero, salud y vivienda- y hartos, en fin, de que la clase política, desde su púlpito, se ponga a dar lecciones sobre cómo deben vivir sus vidas los demás.