«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
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Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

Débil luz en la Europa decadente

6 de diciembre de 2013
  • El referéndum celebrado en Croacia, que ha establecido en su Constitución que el matrimonio es una institución civil formada por la unión entre un varón y una mujer, es hasta ahora la última manifestación de que una débil luz alumbra todavía la esperanza de rescatar a la Europa decadente de su postración. La sola enunciación de una obviedad como la que aprobaron los ciudadanos croatas nos da una idea del grado de desmoronamiento social y moral al que ha llegado el Viejo Continente. No nos referimos a la moral religiosa –o no sólo a ésta–, sino a la pura y simple moral natural, es decir, a los criterios de bien y mal que impone la naturaleza misma de las cosas.

    La fuerte oposición social en Francia al matrimonio civil entre personas del mismo sexo sigue activa a pesar de la aprobación reciente de la ley, y todavía hay conflictos en casos de parejas si uno de sus miembros es nacional de uno de los once países con los que París tiene establecido un convenio que prohíbe este tipo de matrimonios. Polonia, objetivo muy prioritario de los activistas de la ideología de género, rechazó por mayoría aplastante el debatir siquiera sobre este cambio en su legislación. De los seis países fundadores del Mercado Común Europeo –embrión de la actual Unión–, en Alemania e Italia el llamado matrimonio gay es ilegal; Francia, como queda dicho, lo acaba de aprobar trabajosamente en medio de una enorme polémica, y sólo los tres pequeños países del Benelux lo reconocen. Y hoy llama la atención que los países de la UE con mayor rechazo social hacia esta forma de perversión son precisamente todos los que se han liberado del yugo comunista, y la República Checa es la única que ha establecido un cauce legal para este tipo de uniones, aunque distinto del matrimonio.

    Pero hay más. El caso de Hungría, que ha aprobado una constitución firmemente anclada en la protección del derecho a la vida de todos, incluidos los aún no nacidos, ha sido una muestra de cómo unos gobernantes valerosos son capaces de enfrentarse a las presiones intolerables de la cultura de la muerte: con fondos de la Unión Europea destinados a fomentar el progreso financiaron una campaña en favor de la vida y contraria al aborto provocado. Las autoridades de la Unión, enfurecidas, han caído en su propia trampa de disfrazar lo indisfrazable con eufemismos: los húngaros los han tomado al pie de la letra, y han concluido que defender la vida es la mejor forma de fomentar el progreso.

    Al final, paradójicamente, la Europa que contribuyó con sus misioneros a cristianizar el mundo se ha convertido en tierra de misión para los rescatados del despotismo comunista. Una luz. Débil, pero luz al fin.

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