«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Hughes, de formación no periodística, es economista y funcionario de carrera. Se incorporó a la profesión en La Gaceta y luego, durante una década, en el diario ABC donde ejerció de columnista y cronista deportivo y parlamentario y donde también llevó el blog 'Columnas sin fuste'. En 2022 publicó 'Dicho esto' (Ed. Monóculo), una compilación de sus columnas.

Decepcionantes matemáticos geniales

15 de septiembre de 2026

La Inteligencia Artificial (IA) ha resuelto recientemente uno de los problemas matemáticos más difíciles e importantes. Ha sido Open AI con las ecuaciones Navier-Stokes, uno de esos arcanos que mantenían ocupadas a las mentes más brillantes del planeta.

Por supuesto, estas mentes lo primero que han hecho ha sido quejarse. Se han puesto de acuerdo para firmar un manifiesto de tono gremial. No han puesto abajo «los genios mundiales de las matemáticas», pero casi, porque había 25 ganadores de la medalla Fields, máxima distinción del ramo.

Mientras la IA afectaba a las formas más bajas del intelecto humano, como los periodistas, no pasaba nada, o no pasaba gran cosa. Es más, había un consenso tácito en que la humanidad salía ganando. Los periodistas, incluso, han mostrado un enorme deseo de morir absorbidos por la IA y se han echado en sus brazos. Es como un gran suicidio hacia lo biónico porque en cierto modo sería ir a mejor. 

No sabíamos cómo reaccionarían los estratos más altos de la inteligencia humana porque pensábamos que la IA no iba del todo con ellos, que sería una herramienta útil para acabar con el trabajo superfluo y fácilmente sustituible, o sea, el de los demás, la morralla.

Pero más pronto de lo que pensábamos le ha llegado el turno a los genios de las matemáticas, los CI estratosféricos, esos individuos excéntricos que viven ajenos al mundo obsesionados por una ecuación. Los problemas que se mantenían ocultos en las sombras de la abstracción los desvela ahora la IA y su reacción no ha sido alegrarse, celebrar la potencia de esta nueva herramienta. No. La reacción ha sido unirse en su contra, y pedir que la detengan (a la IA), que es malvada y peligrosa, y no se puede controlar… O sea, marcarse un David Civera como todos los demás.

Los matemáticos han dicho que la resolución de los problemas, al final, es una cosa muy sobrevalorada. Era la actividad a la que se dedicaban, teoréticos y exentos, pero resolverlos en realidad era lo de menos. Lo importante era el camino, explican, también la transmisión del conocimiento, el intercambio maestro-alumno… Incluso, ya puestos, se han quejado de que la IA no cita o cita poco. No valora suficientemente el trabajo de los demás y se quiere llevar todo el mérito.

La reacción de los matemáticos es humana, aunque un poco decepcionante. Porque al fin y al cabo, sí, defienden una vía de conocimiento, una disciplina, pero también un modus vivendi. Y el periodista, el contable o el oficinista, cuando defienden su oficio, lo defienden contra la ley inexorable de la economía; la IA hará más o menos lo mismo, solo que más barato, así que solo les queda esgrimir la poesía del error humano. 

Pero en el caso de los matemáticos lo que hay enfrente no es solo un posible ahorro de costes sino el beneficio de la humanidad, desvelar antes, por ejemplo, una ley del cosmos. Llegar más lejos. ¿No se supone que iba de eso el conocimiento? ¿Bajo qué criterio se renuncia a ello? La soberbia, ay, es la primera víctima de la IA porque nos pone en nuestro sitio. Los matemáticos se habían llegado a pensar que las matemáticas eran suyas.

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