«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Santanderino de 1965. De labores jurídicas y empresariales, a darle a la pluma. De ella han salido, de momento, diez libros de historia, política y lingüística y cerca de un millar de artículos. Columnista semanal en Libertad Digital durante once años, ahora disparo desde La Gaceta. Más y mejor en jesuslainz.es

Demasiado Dios

23 de marzo de 2026

El 11 de junio de 1931, recién instaurada la República, El Sol publicó una entrevista en la que Blas Infante declaró su deseo de «unir en un latido común por Andalucía a trescientos millones de seres a quienes la tiranía eclesiástica destruyó su cultura». Y auguró que una nueva guerra en Europa podría provocar que «1.200.000 andaluces que viven sus nostalgias de Tánger a Damasco, y los trescientos millones de hombres de Afro-Asia que sueñan por nuestra cultura, intervendrían para destruir de una vez la influencia del Norte». Coincidió en esto el dirigente andalucista con quienes creen tener el derecho de recuperar las tierras islámicas irredentas, fundamentalmente Al-Ándalus. ¿Habrá, pues, que entregar a Italia las tierras europeas, africanas y asiáticas conquistadas por las legiones romanas, o este caso no funciona por carecer de la legitimación proveniente de Alá y su profeta?

Por otro lado está la opresión de la sharía a los ciudadanos de algunos países musulmanes y el deseo de millones de fundamentalistas de extenderla a una Europa menguante y con población musulmana en crecimiento galopante. Y también está el odio que el mundo musulmán siente por Israel, ese quiste en medio de las tierras del islam –última y por lo tanto definitiva revelación–, con epicentro nada menos que en Jerusalén, la ciudad desde cuya Cúpula de la Roca Mahoma ascendió a los cielos, por lo que se entiende que Palestina es una tierra dada por Alá a sus creyentes. Pero esa misma roca es tenida por los judíos como el lugar en el que Dios creó el mundo y en el que Abraham tendió a su hijo Isaac para sacrificarlo. 

Pero estos resbaladizos asuntos teológicos no acaban aquí. Cuando el agnóstico Theodor Herzl comenzó a elaborar su reclamación de un hogar nacional judío, explicó que no le movía ningún impulso religioso, pero ante la presión de sus compañeros creyentes comprendió el poder aglutinador de la que llamó «potente leyenda» de la tierra prometida. Y así proclamó que «Palestina es nuestra patria histórica inolvidable». Desde entonces todos los dirigentes israelíes han sostenido lo mismo. Cuando en 1903 Joseph Chamberlain, ministro británico de las Colonias, ofreció Uganda para establecer allí el Estado judío, el Congreso Sionista lo rechazó por considerar que sólo Palestina era aceptable. Chaim Weizmann explicó poco después a Lord Balfour que «sólo una profunda creencia religiosa, expresada en términos políticos modernos, puede mantener vivo un movimiento semejante, y esa convicción debe basarse en Palestina. Cualquier renuncia a ella sería considerada como una especie de idolatría». Moshé Dayan proclamó en 1967, recién terminada la Guerra de los seis días, que «si poseemos la Biblia y si nos consideramos el pueblo de la Biblia, deberíamos poseer las tierras bíblicas». Golda Meir, algunos años después, declaró que la existencia de Israel era el cumplimiento de una promesa hecha por Dios; y Menahem Begin, que «esta tierra nos fue prometida y tenemos derecho a ella». En 1993 Ariel Sharon propuso a su partido, el Likud de Netanyahu, que adoptara la recuperación de las fronteras bíblicas como política exterior oficial.

La promesa proviene de autoridad insuperable. En Génesis 15, 18 Yahvé prometió a Abraham que «a tu descendencia he dado esta tierra desde el río de Egipto hasta el Éufrates». Y en Deuteronomio 11, 23-25 se establece que «Yahvé arrojará a todos los pueblos más numerosos y poderosos que vosotros; cuanto pise la planta de vuestros pies, vuestro será, y vuestras fronteras se extenderán desde el desierto hasta el Líbano, desde el Éufrates hasta el mar occidental».

El tercer ingrediente del cóctel es el cristiano, en concreto el protestante. En 1845 el escritor y embajador John L. O’Sullivan acuñó la doctrina del Manifest Destiny según la cual los estadounidenses están destinados por la voluntad de Dios a imponerse a los demás pueblos americanos. A los pieles rojas locales y los mexicanos no les quedaba más remedio que someterse. Sus primos europeos no se alejaron mucho de este enfoque. Por ejemplo, Conan Doyle sostuvo en 1929 que el Imperio Británico gozaba de la protección divina y que Cecil Rhodes había sido enviado por el cielo para conquistar África: «Estoy convencido de que quien trabaja para el Imperio Británico trabaja para Dios». Tampoco anduvo escaso de patrocinio el káiser Guillermo II, que solía presumir de que «Dios es un antiguo aliado de mi familia». Extrañamente, no parece que ni esa alianza ni el Gott mit uns le sirvieran de mucho.

Regresando a Oriente Medio, entre los protestantes estadounidenses abunda la convicción de que es necesario apoyar a Israel para procurar la segunda venida de Jesucristo. El senador republicano Lindsay Graham, por ejemplo, ha explicado que «si USA le da la espalda a Israel, Dios nos dará la espalda a nosotros». En fechas recientes se ha podido ver la entrevista de Tucker Carlson al prominente republicano Mike Huckabee, candidato a la nominación republicana en 2008 y 2016, pastor baptista y actual embajador en Jerusalén. Huckabee declaró que Israel es «la tierra que Dios dio, a través de Abraham, al pueblo que eligió». Cuando Carlson le preguntó si estaba de acuerdo con que, según lo establecido en Génesis 15, 18, Israel tiene derecho a poseer todos esos países, el embajador respondió: «Estaría bien que se lo quedaran todo».

Según comenzaron los bombardeos sobre Irán, Trump recibió en el despacho oval la bendición de varios pastores protestantes para que Jesucristo le inspire en su labor de conducir a USA hacia la victoria. Su secretario de Defensa, Pete Hegseth, ha pedido hace unos días a los ciudadanos que recen por la victoria «de rodillas, con la familia, en las escuelas, en las iglesias, en nombre de Jesucristo».

El problema de los argumentos divinos, con tres bandos convencidos de tener a Dios de su parte, es que con ellos no cabe ni paz ni acuerdo, por lo que nos toca sufrir la consecuencia de que la Humanidad marche en bloque y a velocidad creciente hacia el valle de Josafat.

Y en el mejor de los casos, mientras las tres religiones del Libro se exterminan entre sí, China, ajena a la disputa sobre un Dios que ni comparte ni comprende, observa, sonríe y espera.

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