Desdramatizar la remigración 
Desdramatizar la remigración 
Por José Javier Esparza
13 de octubre de 2026

«Vente a Alemania, Pepe» es el título de una película española de 1971 firmada por Pedro Lazaga. Quería ser una paráfrasis de la emigración en clave de comedia. Y Pepe, en efecto, fue. Y con él, otros muchos cientos de miles de Pepes españoles (más de dos millones, dicen) que entre 1960 y 1970 marcharon a Alemania, Francia o Suiza para ganarse el pan. No sólo españoles: también salieron cientos de miles de portugueses e italianos. Y Pepe fue. Y Pepe trabajó. Y Pepe ganó dinero. Y Pepe, en la mayor parte de los casos, volvió al cabo de unos pocos años; a menudo regresaba con su coche alemán y, a veces, hasta con su mujer extranjera. No fue un drama. Fue un fenómeno natural. Eso es la remigración.

La emigración de carácter socioeconómico no tiene por qué ser una tragedia cósmica. Es un fenómeno enteramente natural que se ha dado siempre. Tan natural como la remigración, porque, cuando uno ha conseguido su propósito o las oportunidades mejoran en el propio país o, simplemente, se acaban las ventajas en el país de acogida, entonces lo propio es regresar. En ninguna parte está escrito que uno deba acoger de por vida a una población extranjera a la que no puede mantener. Por eso la remigración es tan natural como la emigración. Y ahora, en Europa, debería volver a serlo.

Todos los países europeos, y también España, están haciendo cuentas de lo que les ha supuesto la inmigración masiva. No la inmigración de los años 60, que ha quedado ya muy atrás, sino la estimulada en el último medio siglo por las élites políticas y económicas (y eclesiásticas y mediáticas). El balance es muy diferente al del proceso anterior. Todas nuestras sociedades padecen ahora los efectos de haber incorporado a una masa de enorme de población poco productiva. La culpa no es de los que llegaron, sino de los que provocaron su llegada y después se obstinaron en mantenerlos aquí cuando ya no teníamos con qué. ¿Y por qué se obstinaron en tal cosa? Porque el objetivo de ese movimiento, esta vez, no era sólo suplementar la fuerza de trabajo en el sistema económico, sino obrar artificialmente un reemplazo demográfico. Hoy el resultado final roza lo catastrófico.

Económicamente, el paisaje es insostenible porque ha introducido una enorme masa de población a la que hay que proveer de unos servicios escasos (en España, por ejemplo, cuatro millones de personas en ocho años). Culturalmente, ha fragilizado a las sociedades de acogida en un proceso de retroceso general en todos los órdenes. Políticamente, ha provocado el nacimiento de comunidades que ya son administrativamente europeas pero que albergan una hostilidad manifiesta hacia el país (los casos francés y belga son particularmente relevantes). Así las cosas, ¿quién ha salido ganando con todo esto? Nadie, salvo, en su día, los que pudieron bajar los salarios a voluntad y, hoy, esa otra gente que parece empeñada en disolver a todo trance la identidad de las naciones europeas. 

Proponer la remigración de una parte sustancial de la población de origen extranjero empieza a ser una urgencia. Sencillamente, como sucedió en los 70 después de la crisis del petróleo: del mismo modo que Pepe volvió a Peralejos en la película de Lazaga, que hoy vuelvan a sus casas Mohamed o Bagayoko o Yónatan César. Ya hay países proponiendo que ningún extranjero pueda permanecer en su suelo viviendo de ayudas sociales si no ha encontrado trabajo. Tiene toda la lógica del mundo. Como la tiene ofrecer «bonos de remigración» para ayudar al que se quiera marchar. Todo esto no tiene por qué ser traumático. Lo verdaderamente traumático es lo que nos está pasando ahora. Por eso hay que desdramatizar la remigración.

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