Editor jefe de La Gaceta de la Iberosfera. Ex director de La Gaceta de los Negocios, Revista Chesterton y La Gallina Ilustrada. Ex vendedor de juguetes en El Corte Inglés. Voluntario de la Orden de Malta.
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Editor jefe de La Gaceta de la Iberosfera. Ex director de La Gaceta de los Negocios, Revista Chesterton y La Gallina Ilustrada. Ex vendedor de juguetes en El Corte Inglés. Voluntario de la Orden de Malta.

El detective y el presidente

José Manuel Rebolledo, detective privado, se echó para atrás en su silla de madera frente al escritorio de su despacho, sacó una botella de bourbon del primer cajón, desenroscó el tapón y bebió un trago generoso. Después, Rebolledo palpó los bolsillos de la chaqueta hasta que encontró una cajetilla sobada de tabaco. El detective sacó el último cigarro, lo golpeó de punta contra el dorso de la mano y raspó una cerilla contra su barba de tres días. En el silencio de la tarde, Rebolledo echó el humo que subió hasta formar una nube densa que se quedó flotando en medio de la habitación.Justo entonces, detrás de la puerta con un cristal esmerilado con su nombre: “Joe M. Rebolledo, Private Investigations”, se recortó una figura femenina. Rebolledo creyó escuchar unos tambores lejanos mientras se abría la puerta y una mujer enlutada con un vestido pegado a un cuerpo perfecto avanzó sobre unos tacones de aguja hasta pararse frente a la mesa del detective. “¿Es usted José Manuel Rebolledo?”. El detective dio una calada larga al cigarrillo y sonrió de medio lado: “Mis amigos me llaman Joe”. Ella se retiró el velo negro que le cubría la cara y dejó ver una boca perfecta con unos labios de un rojo intenso. “Dicen que es usted un tipo discreto”. El detective Rebolledo se subió los tirantes del pantalón y susurró con la voz tomada por el bourbon: “Discreción es mi segundo apellido”.
La mujer sonrió sin mirarle, sacó un teléfono móvil de un pequeño bolso metálico, pulsó un botón y dijo: “Que suba”.

 

Dos minutos después, entró un hombre embozado que miró nervioso a todas partes y caminó despacio hasta sentarse en una silla frente a la mesa de Rebolledo mientras la mujer enlutada se retiraba a un rincón. El hombre balbuceó unos segundos y al fin habló con un cierto siseo familiar: “Buenas noches, eh, señor, uh, Rebolledo… Dicen que es usted un hombre discreto”. Rebolledo sonrió, dio la última calada a su cigarrillo, lo aplastó contra la suela de su zapato y dijo: “Discreción es el nombre de soltera de mi madre”. El hombre embozado asintió con la cabeza: “ Me parece bien, mire usted, déjeme que le diga, lo que yo quiero que haga, eh, bueno, es, eh, tengo la sospecha de que hay un socialdemócrata oculto en mi Gobierno, eh, sí, eso, socialdemócrata, y quiero que lo encuentre”.

 

Rebolledo sacó del cajón la botella de bourbon y se la tendió al hombre embozado, que la rechazó con un gesto rápido. El detective se rascó la barbilla con un gesto ensayado y dijo: “Cobro cincuenta pavos al día, más gastos”. La mujer perfecta dijo: “Eso no es problema”. Rebolledo se levantó, se acercó al hombre embozado y a la distancia de un susurro le dijo: “¿Por qué no me dice lo que de verdad le preocupa, señor presidente?”. El hombre embozado miró a la mujer. Ella asintió con la cabeza y el presidente respondió: “Sí, eh, bueno, es mi hijo menor, que, bueno, eh, sin más rodeos, detective, lo que quiero es que encuentre al malnacido que ha convencido a mi hijo para que sea del Atleti”.

 

Rebolledo caminó hasta su silla, se sentó, miró al hombre embozado y a la mujer, se recostó y dijo: “Eso le costará un poco más caro”. La mujer sonrió y al hacerlo enseñó una dentadura perfecta: “Eso no es problema… Joe”.

 

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