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Rafael L. Bardají (Badajoz, 1959) es especialista en política internacional, seguridad y defensa. Asesor de tres ministros de Defensa y la OTAN, en la actualidad es director de la consultora World Wide Strategy.
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Rafael L. Bardají (Badajoz, 1959) es especialista en política internacional, seguridad y defensa. Asesor de tres ministros de Defensa y la OTAN, en la actualidad es director de la consultora World Wide Strategy.

Días de convenciones y rosas

Acabamos de vivir la convención del PP y la fiesta Viva21 organizada por Vox. En breve sufriremos el conciliábulo del PSOE de Sánchez. De este último ya hablaremos cuando se produzca, ahora prefiero centrarme en los dos grandes acontecimientos del centroderecha español. Primero, porque es interesante notar la enorme diferencia de cómo ve España cada una de las dos formaciones políticas. Para Casado, la unidad de España se resuelve organizando una convención itinerante, cual circo, a fin de recalcar la diversidad de nuestra nación. Para Vox, por el contrario, esa riqueza de los pueblos de España se manifestó en un recinto de Madrid, nuestra capital, por mucho que la quiera descafeinar Pedro Sánchez. Puede parecer una insignificancia, pero teniendo en cuenta que el PP sostiene un discurso distinto según la comunidad autónoma de la que se trate, el paseíto del equipo de Casado resulta inquietante. Y eso sin hacer leña de que sus estrellas internacionales invitadas, Sarko y Kurtz, se vieran implicadas en sendos casos de corrupción mientras hablaban del brillante futuro del presidente del PP. Más gafe no se puede ser.

Lo que ambos actos sí han tenido en común es la convicción de que, en las próximas elecciones, la izquierda pierde y habrá un Gobierno no de izquierdas. Las encuestas lo pronostican y muchos comentaristas políticos dan por hecho el sorpasso del PP al PSOE tanto en votos como en escaños, un ligero crecimiento de Vox y el apoyo directo o indirecto de la formación de Abascal para investir presidente del Gobierno a Pablo casado.

Si algún líder a lo Feijóo se hiciera con las riendas, escoraría aún más al PP hacia una socialdemocracia federalista

Yo no soy quien para arrojar un jarro de agua fría a los deseos de millones de españoles. Pero con cierta perspectiva se me ocurre pensar que los votantes españoles no suelen echar de La Moncloa a un presidente tras su primer mandato. Incluso con el desastre manifiesto de José Luis Rodríguez Zapatero, se le concedió más tiempo para acabar de hundirnos. También se me ocurre imaginar que, con una izquierda nada democrática como la que padecemos, confiar en que el proceso electoral va a ser limpio, es una ingenuidad y que PSOE/UP harán cuanto esté en sus manos para perpetuarse en el poder. Del cheque para jueguecitos a acciones legales de incapacitación.

O sea, que yo no descartaría a priori un escenario en el cual, Sánchez y sus socios comunistas pierdan terreno, pero no tanto como para que sus alianzas con el resto de indeseables que ahora les sostienen, lo sigan haciendo.

Por lógica, esto conllevaría que el liderazgo del llamado “líder de la oposición” sería cuestionado desde sus filas y que, tras perder tres cartuchos seguidos, fuera forzado a dimitir. Si algún líder a lo Feijóo se hiciera con las riendas -y hoy por hoy es el único capaz de reemplazar al actual equipo de Génova- escoraría aún más al PP hacia una socialdemocracia federalista y, presumiblemente, eso impulsara a muchos, cargos y votantes, a acercarse a Vox. De esa forma, con total seguridad, el partido de Abascal sería la oposición real de cara a los siguientes comicios, allá por 2027 o 2028. Problema, que para entonces España ya no existiría. No aguantamos una segunda legislatura de Sánchez, comunistas y separatistas.

Cada día hay más gente que pone sus esperanzas en Vox. Y con razón. Pero la esperanza nunca ha asido la base de una buena estrategia

Segundo escenario, el PP obtiene un mayor apoyo electoral que Sánchez y le supera tanto en votos como en escaños, pero se queda muy lejos de la mayoría absoluta para poder gobernar en solitario. Este es el escenario que muchos ven y en el que predicen un apoyo de Vox en la investidura. Yo, sinceramente, creo que ese no va a ser el caso. Estoy convencido de que Casado intentará llegar a un pacto con el PSOE. Primero pedirá la cabeza de Sánchez y, luego, la abstención de la bancada socialista a cambio de no apoyarse en la temida “ultraderecha” de Vox. Al fin y al cabo, como muy bien ha expresado Santiago Abascal, “el PP es el recambio del PSOE, no su alternativa”.  Pero esa jugada le permitiría a Casado a quitarse a su enemigo de en medio y marginar a su adversario político de un solo plumazo. Sólo si el PSOE le cerrara sus puertas, el PP correría a suplicar el apoyo indirecto de Vox, pero tal vez fuera ya demasiado tarde. Su primera opción exige romper aún más puentes con Vox.

El tercer escenario es que todos se hunden menos Vox, por expresarlo muy rápidamente. Vamos, que Santi Abascal llega a La Moncloa aupado por un tsunami harto de la izquierda y asqueado con un PP tímido, débil y entregado a la socialdemocracia. Posiblemente sólo fueran necesario tres millones más de votos en su apoyo. Pero ¿de dónde saldrían? Ni PSOE ni PP ahora mismo están sumidos en una crisis interna tan grave como para que se produzca ese trasvase de votos. No es fácil pasar de ser un partido del 15 o 16% a convertirse en el líder indiscutible. Y si lo lograra, no creo que le permitieran llegar a gobernar pacíficamente, hablando con sinceridad. 

Es verdad, cada día hay más gente que pone sus esperanzas en Vox. Y con razón. Pero la esperanza nunca ha asido la base de una buena estrategia. Y aunque siempre hay una primera vez para todo, entre el deber ser y el ser media mucha distancia.

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