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Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

El discurso ‘indecente’ del Rey

27 de diciembre de 2015

Las delicadas circunstancias en que se encuentra España a nivel identitario, debido a comportamientos pusilánimes por parte de los representantes del bipartidismo, me mantuvo expectante días atrás respecto del sentido del tradicional discurso de Nochebuena del rey Felipe VI. Partiendo de la base de que las funciones de que fue dotada la institución monárquica por los resquebrajados partidos del consenso del 78 fueron las que son, tengo que decir que si el mantenimiento de la corona tiene como finalidad alocuciones como la de la pasada víspera de Navidad, daré por buena su estabilidad.

Felipe VI dotó a su intervención de la solemnidad e importancia que hoy precisa nuestra nación, demostrando que conoce perfectamente el principal problema político que nadie ha sido capaz de resolver desde hace décadas, siempre por conveniencias mutuas de los mismos partidos que se desangraron en las recientes elecciones y de las parásitas bisagras que vieron tiempos mejores. Ni los partidos nacionalistas ni los comunistas de Alberto Garzón, serán representativos a la hora de consolidar investiduras. 

No era necesaria más pomposidad que la del propio emplazamiento (no siendo éste cosa menor): el salón del trono del Palacio Real y el simbolismo de la bandera de España. Fueron éstos mensajes tácitamente inequívocos de la pretensión del sentido nuclear del discurso. Incluso su atuendo pasaba pretendidamente desapercibido: un traje sobrio y camisa blanca de fondo. Algo del todo sencillo que hacía resaltar aún más si cabe el propósito que se perseguía. Acertada también la ausencia de la barba. Desprovisto de ella, la observancia en la contundencia de cada uno de sus enérgicos pero comedidos gestos era perfectamente apreciable.  

Del total del discurso, Felipe VI empleó dos terceras partes del mismo a poner de manifiesto los motivos por los cuales España debe permanecer unida, en una auténtica lección respecto de la cual los políticos timoratos que sufrimos deberían tomar buena nota. Si bien es cierto que el sentimiento de patria tiene un componente emocional fuera de toda duda, no lo es menos que éste se genera a partir de la grandeza  que el entorno y nuestra historia nos informa desde hace siglos. 

Se trató de un discurso impecable, capaz de conjugar la tradición con la necesidad de dinamizar formas de hacer política con el límite de no desvirtuar la ley, mostrándose decididamente contrario a la imposición de criterios, anhelos y deseos que supongan el sometimiento de aquellos que no los comparten. No cabe duda de que el rey estuvo en su sitio cuando, en palabras del candidato de ERC al congreso, se dijo que el discurso había sido indecente. Llamó la atención, no cabe duda, la contundencia en la defensa de los postulados favorables al entendimiento y al diálogo pero siempre dentro del marco jurídico-político vigente. 

La indecencia a la que se refirió Rufián dista mucho de la nobleza que encierra la defensa de la nación española. Realidad con siglos de historia y bajo cuyo paraguas disfrutamos de cierta libertad de la que otros pretenden despojarnos. La indecencia tiene mucho más que ver con la pretendida imposición por parte grupúsculos insignificantes en el conjunto de España, generadores en gran medida de singulares discordias. No obstante seguiré soñando pues las funciones ejecutivas y de gobierno no está en manos de personas con discursos como el llevado a cabo del Felipe VI.

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