Persiguiendo la inspiración, me he tumbado en el sofá. La postura, en el pasado, me sirvió para dar ejemplo y algunas orientaciones profesionales. Mi hijo, sin ir más lejos, decidió que quería ser columnista. Cuando le preguntaron por qué, contestó que era un trabajo que se hacía echado en el sofá. No me parece la peor de las razones, aunque a veces cueste entenderla desde fuera. Un amigo escritor estaba en ello cuando llegó su mujer deslomada de la oficina. Al verlo tan plácidamente tendido le gritó: «¡¿Qué haces?!». Él respondió: «Trabajando, ¿no lo ves?».
En el sofá de enfrente está tendida mi perra Aspa (Aspa de Borgoña). La miro con cierta envidia. Está igual de tumbada que yo, pero su tranquilidad de espíritu demuestra que no la inquieta la inspiración que no llega. Ella inspira y expira a intervalos regulares sin hacer de eso una cuestión metaliteraria. ¡Y luego hablan de «vida de perros»! Es muy halagador que mi hijo haya preferido ser escritor que un teckel, la verdad.
Aprovechando mi inactividad, caigo en la cuenta de que detrás del sofá de mi perra hay un radiador. Es un aparato doméstico, pero que, ahora, en pleno verano, con todas las ventanas abiertas, tiene una incoherencia sobrevenida, casi surrealista, duchampiana. Me da una ligerísima envidia. Tan acomodado en su rincón, se pasa veraneando sus buenos ocho meses al año. Lo del «núcleo irradiador» de Errejón le trae al fresco. Cuando llegue el crudo invierno, dará su do de pecho, sí, «afirmación-apertura» en términos errejonianos, pero serán cuatro meses a lo sumo. Hay que ver la buena vida burguesa que se pega el radiador.
Por las ventanas abiertas entran las risas de una pandilla de adolescentes que pasan por la calle. Se les nota en el cascabeleo que no tienen que escribir un artículo para mañana. Como mi barrio da poca opción al pluralismo político, supongo que serán muy contrarios en teoría al gobierno; pero no se les oye mohínos por el desastre de Pedro Sánchez en absoluto.
Me retrotraigo, en alas de mi nostalgia y de mi pereza, a mi propia adolescencia, casi prehistórica. Y recuerdo la preocupación de nuestros padres y abuelos con el gobierno de Felipe González y Alfonso Guerra. Nosotros les oíamos asintiendo, pero enseguida salíamos a dar una vuelta y sonaba —¿debajo de qué balcones?— el cascabeleo de nuestras risas apolíticas. Sabíamos que España estaba gobernada por quien no quería que la reconociera ni la madre que la parió, y nos parecía una pena, porque nos gustaba reconocer a España; pero seguíamos saliendo y entrando.
Eso harán mis adolescentes risueños de debajo del balcón. Seguro que tienen una opinión definida y contundente acerca de Pedro Sánchez, que tal vez hayan coreado este verano en más de una ocasión, pero no pierden ni el sueño ni una noche de verano en hacer mala sangre. Para eso estamos los mayores, pensarán, con buen criterio, aunque es probable que yo hoy les fallé, y que, al final, me acomode al ritmo respiratorio de mi perra o a la radiante inactividad de mi radiador o incluso a su evocador cascabeleo. Ya llegará el invierno y se encenderán las calderas. Por otra parte, que Sánchez es un estropicio se lo huele hasta casi mi perra. Porque vuelva a decirlo yo en un artículo tampoco va a cambiar nada. Si ahora me preguntase con un grito mi mujer qué hago, me costaría mucho decirle que, naturalmente, estoy trabajando. Hoy me he dado el comodín del vago estío. Como mi hijo se entere, ya nadie le va a quitar de la cabeza su propósito de hacerse columnista.