«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Quince años en el diario líder de información económica EXPANSIÓN, entonces del Grupo Recoletos, los tres últimos años como responsable de Servicios Interactivos en la página web del medio. Luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico ALBA, escribió opinión en ÉPOCA, donde cubrió también la sección de Internacional, de la que fue responsable cuando nació (como diario generalista) LA GACETA. Desde hace unos años se desempeña como freelance, colaborando para distintos medios.

Diversidad

23 de febrero de 2026

Como ese comediante que al final reconocía que él fingía los goles cuando estaba con los colegas, porque en el fondo de su corazón le dejaban frío las idas y venidas del balón sobre el césped del estadio, yo me veo obligado a confesar algo que parece darse de bofetadas con tanto de lo que he escrito a lo largo de años: amo la diversidad.

No es broma, me encanta la variación de los pueblos y las razas, las tribus, las civilizaciones y las culturas. No he encontrado aún sociedad o etnia en la que no haya encontrado algo que me interese, intrigue o atraiga. Bendigo diaria e interiormente la multiplicidad de colores, de idiomas y de formas de organizarse de los seres humanos bajo el cielo.

Y si el discurso dominante fuera otro, si la palabra «diversidad» no hubiera acabado secuestrada por el pensamiento único, sería capaz de cantar incontables odas al concepto. Desgraciadamente, las palabras a menudo no han dejado meramente de significar lo que solían, sino que han llegado a representar el sentido opuesto.

Porque el globalismo imperante, porque Ursula y Sánchez, dicen querernos diversos cuando, en realidad, están empeñados en un proyecto para acabar con toda diversidad real. Si multiculturalidad significa, como parece desprenderse de la palabra, muchas culturas, es necesario que estas se mantengan distintas, enraizadas en su propio suelo, con una sana separación que no implique aislamiento ni enfrentamiento.

Pero la diversidad que nos venden sólo es tal en la espuma de las culturas, en lo superficial y anecdótico y, con frecuencia, convertido en marketing como esos viajes guiados de las agencias baratas. Es una diversidad disneyficada, prêt-à-porter, construida para el consumo masivo y ejemplificada en el kebab de la esquina o el chino de aquí al lado. Es, en definitiva, un insulto a esa cosa hecha de incontables generaciones, de adaptación al medio y sesgos raciales que es la verdadera cultura.

Hace no tanto, uno iba a capitales de países lejanos y veía en ellas el país. La gente traía de sus viajes, para repartir entre amigos y familiares, productos exóticos que aquí no se encontraban y que ahora encuentras en todas las grandes superficies. La arquitectura era distinta, la comida era una sorpresa, las marcas eran otras, las formas de la gente por la calle eran sorprendentemente distintas.

Hoy uno puede recorrer grandes ciudades de todo el mundo encontrando los mismos rascacielos, las mismas tiendas, el Starbucks en la esquina, el McDonalds. Porque si lo que nos vende el globalismo en la teoría es falso —que todas las culturas son iguales—, lo que nos llega en la práctica es aún peor: todas las culturas son la misma. Y, si no lo son, deben serlo a la fuerza.

A principios del siglo XX surgió una crítica generalizada al misionero, que pretendía llevar la fe a los salvajes. Los puristas eran hijos del delirio rousseaniano y veían en la figura del sacerdote que se internaba en las sociedades lejanas para predicar el Evangelio a un filisteo provinciano que venía a romper la armonía de comunidades que ni siquiera entendía.

Hoy los misioneros que quedan son, en su mayor parte, más modestos en sus fines y parecen no querer otra cosa que abrir pozos y repartir paquetes de Unicef. Pero el papel lo ha heredado el globalista, que tiene detrás a los bancos y los tanques para imponer la nueva, cuestionablemente buena, del feminismo, la ecología climática, la ideología de género y otras locuras recién salidas de los laboratorios del pensamiento occidental.

Pero para que el mundo pueda mantenerse verdaderamente diverso, las culturas y las etnias, como las plantas, deben permanecer en su propio suelo.

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