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Fernando Sánchez Dragó (Madrid, 1936) es escritor. Ha sido en dos ocasiones Premio Nacional de Literatura. Ha ganado el Planeta, el Fernando Lara y el Ondas. Como periodista de prensa, radio y televisión ha hecho de todo en medio mundo. Ha sido profesor de Lengua, Literatura e Historia en trece universidades de Europa, Asia y África. Sigue en la brecha.
Fernando Sánchez Dragó (Madrid, 1936) es escritor. Ha sido en dos ocasiones Premio Nacional de Literatura. Ha ganado el Planeta, el Fernando Lara y el Ondas. Como periodista de prensa, radio y televisión ha hecho de todo en medio mundo. Ha sido profesor de Lengua, Literatura e Historia en trece universidades de Europa, Asia y África. Sigue en la brecha.

Dos cabalgan juntos

25 de abril de 2022

Hoy incrustaré en el fuste de esta columna algunos nombres propios. Suelo evitarlos como medida cautelar para no caer en la pecaminosa tentación de que mis argumentos lo sean ad hominem

Creo que fue hace seis o siete años, quizá alguno más, quizá alguno menos, cuando Kiko Méndez-Monasterio, gran persona, buen escritor (y editor) y excelente periodista al que conocía desde la época en la que fui tertuliano díscolo en las emisiones televisivas de El gato al agua, me propuso compartir un almuerzo con Santiago Abascal

Acepté de inmediato. VOX era por aquel entonces un proyecto de regeneración política y moral que había saltado poco antes a la arena movediza del ruedo ibérico. Su ideario coincidía, grosso modo, con el que yo iba desgranando línea a línea en las columnas de El Lobo Feroz publicadas por el diario El Mundo. En algunas de ellas, bogando como siempre a contracorriente, me había hecho favorable eco de la formación política que estaba dando sus primeros y tímidos pasos y que da ahora zancadas de gigante en las encuestas y en las urnas. 

Aquel almuerzo se celebró en el siempre hospitalario mesón de Lucio y a él, además de Kiko y de Abascal, asistió Adolfo Prego, hijo de un reputado crítico teatral con el que yo había mantenido respetuosa relación de alevín de escritor en mis años mozos y ex magistrado del Tribunal Supremo. La conversación fue larga, intensa, enérgica, eléctrica, divertida, emotiva, impulsiva, ilustrada y cordial. Salí de ella convencido de que acababa de conocer a un líder que se disfrazaba de político, pero que nada tenía que ver con sus supuestos congéneres, y de que el partido por él fundado y capitaneado iba a llegar tan lejos como, en efecto, ha llegado, y lo que te rondaré, porque su espectacular cabalgata está aún en los primeros tramos y acaba de saltar en Castilla y León la primeras valla de un recorrido cuya meta natural y, a mi juicio, inevitable es la Moncloa. La segunda valla, que ya se acerca, está en Andalucía.

Con VOX no nace España, pero sí renace. No tendrá bautismo, pero sí confirmación

A partir de aquel almuerzo, al que siguieron otros, cambió el rumbo de mis columnas, en las que dejé de hablar de «Vox sin voto» para hacerlo de «Vox con voto», e intenté persuadir a mis amigos, que mayormente eran de mi cuerda y votaban al PP, nunca al PSOE y menos aún a Podemos ni a los separatistas, de que más les valdría apostar por el único partido español que no está inmerso en la mugre socialdemócrata, que planta cara a los delirios de la progresía Woke y que entiende la patria, a la manera de Ortega, como un proyecto sugestivo de vida en común.

Grande fue, sin embargo, mi sorpresa, no exenta de cierta decepción, al comprobar que todos aquellos amigos (Federico Jiménez Losantos, Luis Herrero, Luis Alberto de Cuenca, Fernando Rodríguez Lafuente, Luis Racionero, que ya no puede rectificar, et alii) e incluso quien a la sazón era mi novia ‒Anna Grau‒ se pitorreaban de mí, pese al paralelismo de nuestros respectivos idearios y preferencias, decían que si me había vuelto loco y sostenían que VOX nunca llegaría más allá de la punta de la nariz de su jefe de filas. Hoy, casi todos ellos, si no todos, se toman muy en serio, en público y en privado, lo que a tanta risa socarrona, vulgo cachondeo, los movía cuando yo intentaba convencerlos de que VOX llegaría más allá de la punta de la nariz del mismísimo Pinocho y de que Santi Abascal sería algún día Presidente del Gobierno. 

Aquella tarde, la del día del almuerzo en Casa Lucio, sugerí a Luis Herrero, bajo cuya batuta intervenía yo en su programa vespertino de Es.Radio junto a Luis Alberto de Cuenca, José Luis Garci y Elia Rodríguez, de que los cowboys de medianoche dedicaran una de sus sabrosas tertulias a la película de John Ford Dos cabalgan juntos. Lo decía, megalómano que soy, por Santi Abascal y por mí, aunque fuera salvando todas las distancias existentes entre un escritor de a pie y un futuro jefe de gobierno. 

Sobra añadir que Luis Herrero no me hizo caso, que yo sepa, y sobra también decir que todas las personas citadas siguen siendo amigas mías y yo de ellas

Pero algo ha cambiado: ya no somos dos quienes cabalgan juntos, aunque ya entonces lo hacían Rocío Monasterio, Iván Espinosa de los Monteros, Kiko, Hermann Tertsch, Morante, Macarena… Somos millones. 

Luis Herrero, para resarcirme, debería dedicar ahora un capítulo de los Cowboys de Medianoche a El nacimiento de una nación, de Griffith. Con esa película nació el cine. Con VOX no nace España, pero sí renace. No tendrá bautismo, pero sí confirmación, y tras ella no necesitará extremaunción.

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