El algoritmo de la eternidad
El algoritmo de la eternidad
Por Jesús García-Conde
15 de noviembre de 2025

Los días 12 y 13 de noviembre se celebraba en los pabellones de IFEMA de Madrid, el World Business Forum 2025. Nueve ponentes en los dos días de congreso con discursos sobre temas empresariales, y espacio para hacer networking con el intercambio preceptivo de tarjetas en los cofee breaks. Junto a los puestos de café, un mostrador con los libros de los autores de las conferencias que hacían parecer el puesto una librería de aeropuerto. Pero he aquí que apareció la Inteligencia artificial, asunto crucial ahora, y cómo va a cambiar el mundo en palabras del primer ponente del miércoles, Peter Diamandis.

Diamandis animaba a la audiencia a despedirse del mundo que conocemos. Nada será igual. La IA será el motor de la productividad. Y no sólo, en sentido económico, según el ponente, la IA es “el profesor más paciente del mundo” que no va a decir un ¡hombre Ya! Después de la pregunta número 200 de un niño, seguirá contestando. Los ministerios de sanidad no son tales para Diamandis, son ministerios de enfermedad porque no cuentan contigo hasta que te pones enfermo. Pero, siendo la enfermedad un evento caro e improductivo para los estados ¿Por qué no destinar los motores de cálculo de la IA a calcular cuando te vas a poner enfermo y evitarlo? Y encima no tenemos que preocuparnos por sacar los datos y pagarlos, los datos los aportará el propio contribuyente estando sano. Por esto y por otros desarrollos, podríamos vivir 50 años más. Fantástico. Y encima no habría que hacer esfuerzo ninguno por nada porque para eso puedes alquilar unos robots que te lo hagan todo. No tienes que pagar los 20.000 dólares que cuestan algunos, los alquilas. Todo es fantástico. O sea, que una sociedad que permite la eutanasia por ‘aburrimiento de vivir’ se va a preocupar de que vivas 50 años más. ¿Pero no es maravilloso?

No todo. Unas horas más tarde, cogía el puntero del videowall Nathalie Nahai para decirnos que no. Nathalie había sido estudiante de Bellas Artes en Barcelona y esa sensibilidad se nota. Para descansar de una charla de estadísticas, algoritmos y porcentajes, comparte en su Power Point algunas pinturas propias, de estilo hiperrealista, de un talento descomunal. También canta y termina la hora haciendo al público poner las voces del coro de lo que parece es una canción popular normanda que podíamos haber oído en BraveHeart. Su identidad. Antes de eso, sus advertencias: la IA usada sin control hace a sus usuarios más lentos. Los móviles han sustituido la experiencia y disfrute de los sucesos por la grabación eterna y la acumulación de megas. Añado yo, que los móviles han destruido el pudor de la conversación privada y los efectos salutíferos del silencio. Finalmente, Nahai señalaba que los motores de cálculo de la IA exigen el concurso de unos materiales muy contaminantes y, por ello animaba a no utilizar excesivamente la IA por el daño al planeta que se le causa.

Aún con alguna pega de fondo que tenía las cautelas de Hana, se aprecia una visión algo más humana de esta ponente respecto al primero de los intervinientes. Incluso creo que hubiera arrancado algún aplauso al autor del libro-discurso Un mundo que agoniza de Miguel Delibes, en el que se recoge el texto del discurso de ingreso de Miguel Delibes en la Real Academia Española en 1972. El discurso de Delibes resume su pensamiento ecológico y su denuncia de un mundo y una sociedad que han dado la espalda a la naturaleza y de un falso sentido del progreso que «ha venido a calentar el estómago del hombre, pero ha enfriado su corazón».

Una sociedad con unos líderes políticos que afirman que el valle que les interesa es Silicon Valley antes que el Valle donde se deposita la identidad de España, tiene frío el corazón y ha perdido la humanidad. Necesitará mano de obra barata para que cebe el caldero de su progreso, y para que limpie sus casas, y en su desvergüenza, no tendrá recato en decir ambas cosas con luz y taquígrafos. No hay algoritmo que te diga quién eres y por qué merece la pena luchar. En España el depósito de la identidad está en el Valle de Los Caídos, una finca sin linde clara entre la trascendencia y el patriotismo, porque en el español ambas cosas se mezclan. No hay cálculo mejor hecho que el descuadre que lleva a la Eternidad. No hay lucha más digna que la que se hace sin más rentabilidad que la dignidad. No hay trinchera igual de honorable que la de cerrar la grieta del Valle de los Caídos abierta por el odio. No hay inteligencia más real que la conciencia.

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