El pasado 18 de diciembre había una carta en La Vanguardia que decía así: «La Navidad ha dejado de existir en Barcelona, donde tan sólo queda aquello relacionado con la comida: los galets, los turrones, el cava».
Luego la autora de la misiva se alegraba de que en su localidad, en Cabrera de Mar, un pueblo del Maresme, todavía hubiera a la entrada del municipio un gran cartel deseando una «Feliz Navidad», no el más aséptico «felices fiestas», además de un pesebre con los tres Reyes Magos. No es la única queja. El día 10 había otra en el mismo periódico, en la que una lectora se lamentaba de que paseando por Barcelona «en ninguna calle con iluminación navideña hay un ‘Bon Nadal’ ni un ‘Feliz Navidad'».
«El Ayuntamiento se ha propuesto que las Navidades pasen solo a ser unas fiestas —continuaba—, porque así nadie se ofende. No hace falta que pongan un belén en cada esquina, pero poner unos rótulos grandes en rojo con la palabra «Barcelona» no es necesario, ya que creo que las personas saben que han llegado o viven en la ciudad».
Personalmente, tuve los primeros indicios del asesinato de la Navidad hace unos años. Mis hijos han ido a una escuela pública. Incluso con mucha inmigración. Más del 40% porque cuando mi mujer y yo nos mudamos a Martorell (Barcelona) decidimos que sería lo mejor para ellos: era la Cataluña del futuro. No estoy seguro de haber acertado. Quizá sí en el pronóstico, pero no en la elección. En los primeros años, por estas fechas todavía montaban el pesebre, el árbol de Navidad y venía el paje de los Reyes Magos. Luego la cosa fue languideciendo. Seguramente por el elevado porcentaje de población de origen extranjero, la mayoría magrebí.
El último concierto al que asistí por estas fechas ya no era festival de Navidad, sino «festival de invierno». Ni siquiera sonaron villancicos, sino «canciones del mundo». Como, por ejemplo, una polka polaca. Fui a la directora y ya me quejé. «Mire —le dije—, yo soy agnóstico, pero la Navidad no es sólo una tradición religiosa, sino cultural. Y si ustedes no mantienen las tradiciones, mal asunto».
Me recomendó, muy amablemente, que llevara a mis hijos a la escuela privada. Que me había equivocado de sitio. «Mal asunto —pensé—, por uno que cree en la escuela pública». Aunque, desde luego, ya me hubiera gustado poder llevaros a la privada como Artur Mar, que fue al Liceo Francés. O José Montilla, que llevó a sus trillizas al Colegio Alemán. Y Oriol Junqueras, que fue el Liceo Italiano. Pero su nivel adquisitivo era muy superior al mío.
La moda la empezó Colau con esos belenes infumables donde a duras penas se podía reconocer al niño Jesús. Sin embargo, al menos, había belén. Luego, con Collboni, la cosa ha empeorado todavía más. En las navidades del año pasado ya sustituyó el pesebre por una estrella gigante que más bien parecía un meteorito.
Mientras que, en el Raval, sustituyeron las luces de Navidad por «luces inclusivas». Seguramente para no molestar al elevado porcentaje de población islámica. Collboni no debe olvidar que le debe su victoria en las primarias del PSC, que al final le llevó a la alcaldía, al voto pakistaní. Pero sí, están matando la Navidad entre todos.
E, insisto, lo dice un agnóstico. Pese a que yo no negaré jamás la influencia del cristianismo en la formación del Viejo Continente. Sólo en Cataluña hay más de un centenar de nombres de localidades que empiezan por San o Santa. Incluida, por cierto, la de la que fue alcalde el líder de ERC: Sant Vicenç dels Horts. Sin olvidar otras en el área metropolitana de Barcelona: San Cugat, Sant Boi, Sant Andreu de la Barca, Sant Adrià del Besòs, Sant Feliu de Llobregat. Ni la historia ni la religión pueden borrarse de un plumazo.