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Abogado. Columnista y analista político en radio y televisión.
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Abogado. Columnista y analista político en radio y televisión.

Yo no fui a Viva21, pero parece que me perdí una fiesta tremenda. He leído en varios sitios que era como la boda de un familiar “del pueblo”. A mí estas afirmaciones siempre me parecen sospechosas por el tono despectivo que desprenden… y porque, en España, casi todo el mundo tiene raíces en algún pueblo. Ya, ya sé que los más jóvenes y sus padres nacieron en las grandes ciudades después del éxodo rural y del progresivo vaciamiento de la España interior, pero si uno se remonta a los abuelos o a los bisabuelos, hay muchos castellanos, andaluces, extremeños de pueblo e incluso de pedanía. Eso debería ser motivo de legítimo orgullo, pero para algunos es causa de vergüenza. Parece que, si uno no ha nacido en Malasaña, es menos que los demás.

En realidad, ese proceso de estigmatización de la España rural empezó hace mucho tiempo. El “paleto” del cine de Paco Martínez Soria contenía un mensaje terrible bajo la aparente gracia de su humor costumbrista. La gente de los pueblos era ignorante, atrasada, tacaña… Era, en suma, “paleta”. La ciudad no era para ellos. No. Madrid, Barcelona y las demás capitales eran el espacio de la sofisticación, la alta cultura, las élites intelectuales que leían a los autores europeos y celebraban el “boom” de la literatura hispanoamericana. Si uno era de García Márquez, no podían gustarle las jotas ni beber de un botijo. Se podía ser comunista o simpatizar con las Brigadas Rojas, la Baader Meinhof o Eta, pero ser “provinciano” era imperdonable.

El mayor daño es el intento de deslegitimar la forma de vida tradicional de los pueblos de España

Así, venimos asistiendo a un proceso de destrucción sostenida e inmisericorde de la vida tradicional de los pueblos de España. La guerra declarada contra la pesca, la ganadería, la caza, la tauromaquia y otras tantas ofensivas contra el campo forman parte de ese esfuerzo de acabar con las tradiciones. El ecologismo de ciudad ha impuesto al campo normas jurídicas y prácticas administrativas devastadoras. Por ejemplo, las indemnizaciones por el ganado que matan los lobos son ridículas y sólo cubren una pequeña parte del daño que causa el animal.

Sin embargo, el mayor daño es el intento de deslegitimar una forma de vida. Vivir en un pueblo sería una especie de sinrazón, una decisión contraria a los más elementales principios de la vida moderna, una pérdida de oportunidades y una obstinación frente al progreso. Se cierran las sucursales bancarias y las oficinas de correos. Languidece el comercio local. Escasean los autobuses entre ellos. En la Comunidad de Madrid, la más rica de España, hay pueblos que no tienen transporte público al hospital los fines de semana. Las reivindicaciones de mejoras en los servicios se responden con un encogimiento de hombros. Es lo que hay. Si uno se empecina en vivir en el campo, parecen decirle, tiene que pagar el precio.

El Estado de las Autonomías creó un doble centralismo porque impuso, al de Madrid, el de la capital autonómica

Si no fuese por las diputaciones provinciales, las cosas serían incluso peores. Muchos pueblos no podrían costear ni la recogida de basuras ni los servicios de bomberos, por poner dos ejemplos. El Estado de las Autonomías creó un doble centralismo porque impuso, al de Madrid, el de la capital autonómica. Para colmo de males, se ha sellado el destino de esa España llamándola “vacía” como si su situación fuese irreversible y, por lo tanto, lo más sensato fuese abandonarla.

De ese abandono se aprovecharon los nacionalista vascos, catalanes y gallegos. El secuestro de las tradiciones auténticas ha ido parejo a la invención de otras con fines políticos. Desde el “Olentzero” hasta la “llingua” -no dejen de seguir a Javier Jove y su denuncia de ese negocio en Asturias- todo servía mientras diluyese la identidad española. El rescate de la música, los bailes y las fiestas populares de manos de los enemigos de España es un frente tan importante como el de contener a los urbanitas que quieren un campo a su imagen y semejanza. Entre unos y otros, han dejado la España tradicional hecha unos zorros. 

Es reconfortante saber que el corazón del campo sigue latiendo.

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