Como un signo otoñal, ha aparecido la primera mujer cruzada de brazos. No ha llegado el frío helador todavía (igual ya no llega nunca), pero a la mínima bajada de las temperaturas, ahí estaba ella: la mujer cruzada de brazos. Caminaba a lo lejos, con una rebequita que le debía de parecer insuficiente y que ella completaba con un abrazo que a sí misma se daba. Aterida y rauda, delicada y moderna, esa mujer siempre de espaldas, siempre dada a la imaginación, anunciaba como El Corte Inglés la campaña otoño-invierno.
Cuando llegan los fríos, ningún hombre se abraza, ni el más amanerado se abraza, pero la mujer sí. Como un complemento, como una bufanda, hay prendas y estilos que se llevan con los brazos cruzados, como estirando y completando el gesto de recogerse un chal. Y la mujer así se nos hace misteriosa, porque ese abrazo que se da tiene algo de cierre en sí misma, como todos los abrazos, pero también un rastro de delicadeza, casi una fragilidad.
El cruce de brazos de la mujer que camina en la calle tiene un fantaseo como parisino y evocador que nada tiene que ver con el cruce de brazos de la mujer que tenemos en casa, con unos codos que ni Rudiger, gesto amenazante y bunkerizado, temible donde los haya.
En la mujer que camina con los brazos cruzados, sin embargo, hay un pequeñísimo, ligerísimo contoneo romántico, una introspección tocada de desdén y una cualidad suspirante que parece decirnos «estoy helada, siempre estoy helada», pero que no tiene que ver del todo con el frío, porque incluso tapadas con abrigos o con esas batamantas que ahora se estilan, siguen ellas cruzando así los brazos, como en un mohín corporal, una pose o la declaración de un estado de ánimo.
En el varón trasnochado, esa estampa de feminidad subyuga. El cruce de brazos es una de las elegancias del invierno y despierta un lirismo viril que relaciona al hombre machucho con su yo adolescente. ¡Remonta un poco el declinar! No cometeremos la vulgaridad de decir que esas mujeres van pidiendo un abrazo, ¡porque no es verdad! Pero su talle tronchado de frío nos parece el vestido más bello y nuestros ojos las despiden al alejarse como pájaros que se van con la estación.